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sábado, 17 de octubre de 2026

La transición energética necesita un pensamiento descentralizado

 


La transición energética necesita un pensamiento descentralizado

Mientras sigamos pensando con la lógica de la era del carbón y del petróleo, el futuro continuará prisionero del pasado.

La transición energética suele presentarse como un desafío tecnológico: sustituir los combustibles fósiles por fuentes renovables, instalar más paneles solares, desarrollar parques eólicos, ampliar las redes eléctricas y almacenar energía. Todo ello es necesario, pero existe una pregunta anterior que pocas veces ocupa el centro del debate: ¿estamos intentando construir un nuevo sistema energético con una manera de pensar heredada del sistema que necesitamos transformar? Porque una civilización no cambia solamente cuando incorpora nuevas tecnologías; cambia de verdad cuando comienza a imaginar otras formas de producir, distribuir y utilizar sus recursos.

Durante más de un siglo, el carbón y el petróleo contribuyeron a configurar una economía basada en la extracción de recursos concentrados, grandes instalaciones industriales, infraestructuras extensas y cadenas de suministro que conectan territorios distantes. Esta organización permitió un extraordinario desarrollo industrial, pero también favoreció la concentración de capital, recursos energéticos y capacidad de decisión. Con el tiempo, sus estructuras se convirtieron no solo en una forma de producir energía, sino también en una manera de organizar la economía y de concebir el progreso. Por eso, incluso cuando reconocemos la necesidad de superar la dependencia de los combustibles fósiles, podemos continuar pensando desde la lógica que los convirtió en el centro de la civilización industrial.

El pensamiento centralizado aparece cuando suponemos que los problemas energéticos deben resolverse principalmente ampliando las mismas estructuras que conocemos. Ante una demanda creciente, pensamos en nuevas grandes instalaciones; ante las dificultades de suministro, en reforzar las redes existentes; ante una crisis, en recuperar la capacidad de los sistemas tradicionales. Algunas de estas respuestas son necesarias, pero se vuelven insuficientes cuando excluyen otras posibilidades antes de examinarlas. La transición energética no puede limitarse a cambiar el combustible que alimenta las estructuras existentes. También debe preguntarse si podemos distribuir de otra manera la capacidad de generar energía y ampliar la participación de quienes la necesitan.

La energía solar permite comprender esta transformación. A diferencia de los combustibles que deben extraerse de yacimientos y transportarse hasta las instalaciones donde serán utilizados, la radiación solar llega a numerosos lugares donde las personas viven y trabajan. Mediante paneles fotovoltaicos, una vivienda puede producir parte de su electricidad; un edificio puede aprovechar sus superficies disponibles; una comunidad puede desarrollar generación compartida y, con sistemas de almacenamiento cuando sean adecuados, utilizar una parte de esa energía en otros momentos. Esto no elimina la necesidad de grandes parques solares, redes eléctricas ni sistemas de coordinación. Lo que cambia es el horizonte de posibilidades: la generación deja de ser una actividad reservada exclusivamente a grandes instalaciones y puede distribuirse entre millones de productores, consumidores y comunidades.

Sin embargo, disponer de esta tecnología no garantiza que cambie nuestra manera de pensar. Si la energía solar se desarrolla únicamente mediante grandes proyectos, mientras se ignora la capacidad de los hogares, los edificios y las comunidades para participar en la generación, habremos incorporado una fuente renovable sin aprovechar todas sus posibilidades sociales. La energía puede ser solar y, aun así, permanecer concentrada en su propiedad y control. Por eso, la transición energética también exige revisar las reglas de acceso, los mecanismos de financiación, la organización de las redes y las decisiones que determinan quién puede beneficiarse de esta transformación. La descentralización no es una consecuencia automática de la tecnología: es una posibilidad que debe reconocerse y construirse.

Aquí aparece una cuestión fundamental para el Solarismo. Si la manera de producir y distribuir la energía influye en la organización del poder, cambiar la matriz energética también puede abrir la oportunidad de transformar las relaciones entre las personas, las comunidades y los sistemas que sostienen su vida cotidiana. La expresión «la geometría de la energía determina la geometría del poder» resume esta perspectiva: una sociedad que permite a millones de personas participar en la producción energética puede ampliar sus posibilidades de autonomía, siempre que existan condiciones reales de acceso y participación. La finalidad no es reemplazar una concentración por otra, sino evitar que la transición tecnológica reproduzca inevitablemente las mismas dependencias de la civilización fósil.

Para avanzar, necesitamos combinar la capacidad de coordinación de las grandes infraestructuras con la iniciativa distribuida de hogares, edificios, empresas y comunidades. Necesitamos redes modernas, almacenamiento, generación renovable a gran escala y sistemas de respaldo, pero también políticas que permitan la generación local, eliminen barreras injustificadas y faciliten que más personas participen en el nuevo sistema energético. Esto requiere un pensamiento capaz de integrar soluciones diferentes, en lugar de obligar a todas a encajar en un único modelo. El pensamiento descentralizado no rechaza la planificación ni la cooperación; cuestiona que la planificación deba proceder siempre de un solo centro y que las soluciones deban reproducir una arquitectura heredada.

La transición energética será, en definitiva, mucho más que el reemplazo del carbón, el petróleo y el gas por fuentes de menor impacto climático. Será también una oportunidad para revisar la manera en que la humanidad organiza sus recursos, distribuye sus capacidades y concibe su futuro. Mientras sigamos pensando que los problemas de una civilización centralizada solo pueden resolverse mediante las mismas estructuras que la hicieron posible, nuestra imaginación continuará atada al pasado, incluso cuando instalemos tecnologías nuevas. El desafío consiste en comprender que la transformación energética requiere también una transformación intelectual: atrevernos a explorar un sistema en el que la generación pueda ser grande y pequeña, pública, privada, comunitaria y doméstica, coordinada sin ser monopolizada por una única forma de organización. La transición energética necesita un pensamiento descentralizado porque no podemos construir una civilización verdaderamente nueva si seguimos imaginando el futuro con las categorías exclusivas de la civilización que intentamos superar.

Lubio Lenin Cardozo


2 comentarios:

  1. ¿Qué se entiende exactamente por "pensamiento descentralizado" en el contexto de la energía?

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  2. ¿Cuáles son los pilares fundamentales de una infraestructura energética descentralizada?

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