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miércoles, 30 de septiembre de 2026

Venezuela a oscuras: no resiste un mediano plazo

 


Venezuela a oscuras: no resiste un mediano plazo

Una estrategia eléctrica de emergencia no puede esperar

Venezuela está a oscuras y el país no puede permitirse enfrentar esta emergencia con soluciones que solo comiencen a dar resultados dentro de meses o años. Los cortes eléctricos, que en numerosos estados ocupan una parte considerable de cada jornada, ya no representan una interrupción ocasional del servicio: significan que millones de venezolanos viven diariamente con menos horas de electricidad de las que una sociedad moderna necesita para funcionar. La conservación de alimentos, los medicamentos que requieren refrigeración, el descanso, la comunicación, el trabajo, la educación, el comercio y la seguridad familiar dependen de una electricidad que hoy no está garantizada. Por supuesto que Venezuela necesita reconstruir su Sistema Eléctrico Nacional; necesita recuperar la generación, la transmisión y la distribución, reparar centrales, turbinas, subestaciones y redes, incorporar nuevas tecnologías y concretar grandes inversiones. Pero esa es una estrategia de mediano y largo plazo. El problema inmediato es otro: ¿cómo soportará la ciudadanía los meses y años que esa reconstrucción necesariamente va a requerir?


Aquí está el punto que debe ocupar el centro de cualquier discusión seria sobre la crisis energética: una cosa es recuperar el sistema y otra muy distinta es proteger a la población mientras el sistema se recupera. Ambas estrategias son necesarias, pero no deben confundirse. Las grandes obras eléctricas requieren ingeniería, financiamiento, equipos, transporte, instalación, pruebas y, sobre todo, tiempo. No existe una reconstrucción seria que pueda lograrse de un día para otro, pero una familia que permanece diez o doce horas sin electricidad tampoco puede recibir como respuesta que dentro de dos o tres años habrá un sistema recuperado. La ciudadanía no puede esperar el tiempo que requiere la infraestructura. Por eso el país necesita una estrategia de emergencia de corto plazo, paralela a la reconstrucción nacional, destinada a reducir de inmediato la vulnerabilidad de los hogares. Y esa estrategia tiene que comenzar allí donde ocurre directamente la crisis: en cada casa, en cada apartamento, en cada comunidad.


La propuesta es concreta y no requiere esperar la reconstrucción completa del sistema: instalar al menos dos paneles solares en cada casa venezolana, integrados a un sistema de respaldo fotovoltaico compuesto por generación solar, inversor híbrido y almacenamiento en baterías. Dos paneles de aproximadamente 550 vatios representan unos 1,1 kW de potencia fotovoltaica instalada. Su producción dependerá de la radiación solar, la orientación, las pérdidas y las condiciones particulares de cada lugar, pero el objetivo no es prometer una autonomía absoluta de 24 horas. El objetivo es mucho más inmediato y realista: disponer de cuatro, cinco o seis horas de respaldo para las funciones esenciales de una vivienda como iluminación, refrigeración, comunicaciones, carga de dispositivos y ventilación. No se trata de mantener funcionando toda la casa durante un apagón; se trata de impedir que una familia quede completamente indefensa frente a él.


Esta propuesta transforma la relación tradicional entre la vivienda y el sistema eléctrico. Hasta ahora hemos concebido la electricidad como un flujo unidireccional: Sistema Eléctrico Nacional → vivienda → consumidor. La emergencia obliga a incorporar una segunda vía: Sol → vivienda → generación → almacenamiento → consumo → red. La casa continúa conectada al Sistema Eléctrico Nacional, pero comienza a disponer de una capacidad propia de respaldo. Cuando hay electricidad de la red, la utiliza normalmente; cuando ocurre una interrupción, el sistema fotovoltaico y la batería mantienen operativas las cargas esenciales. Allí aparece la verdadera dimensión de la propuesta: dos paneles en una casa son una ayuda doméstica, pero dos paneles multiplicados por cientos de miles o millones de techos se convierten en una estrategia energética nacional distribuida. No sustituyen a las grandes centrales ni a las líneas de transmisión, pero reducen drásticamente la vulnerabilidad residencial y, progresivamente, alivian parte de la presión que el sector doméstico ejerce sobre una infraestructura colapsada.


Lo mismo debe hacerse en los edificios. Venezuela no puede diseñar una estrategia solar residencial pensando únicamente en viviendas unifamiliares. Millones de ciudadanos viven en conjuntos residenciales y allí será necesario desarrollar sistemas colectivos: paneles en techos, baterías comunitarias, circuitos de respaldo, generación compartida y, donde las condiciones técnicas lo permitan, pequeñas microrredes. El principio es el mismo: llevar la capacidad energética hasta el lugar donde la energía es consumida. Y esto no significa abandonar el Sistema Eléctrico Nacional. El objetivo no es desconectar a las familias de la red, sino conseguir que dejen de depender exclusivamente de ella para conservar las condiciones esenciales de vida. No es independencia absoluta: es resiliencia. No es aislamiento: es autonomía parcial. No es sustituir al sistema nacional: es darle a la ciudadanía una segunda capa de protección mientras el sistema se reconstruye.


Además, esta propuesta tiene una dimensión social determinante. Quien posee recursos económicos puede adquirir una planta eléctrica, combustible, baterías o un sistema privado de respaldo, pero la mayoría de las familias no tiene esa capacidad. Por eso el respaldo fotovoltaico no debe concebirse únicamente como una oportunidad de mercado, sino como una política pública de emergencia y protección social. Los hogares más vulnerables y las comunidades que sufren los cortes más prolongados deberían tener prioridad. Escuelas, centros de salud, comunidades populares y viviendas donde la electricidad sea indispensable para conservar medicamentos o atender personas dependientes deben formar parte de las primeras etapas. De esta manera, la energía solar residencial deja de ser simplemente una tecnología para quien pueda pagarla y pasa a ser una infraestructura básica de resiliencia ciudadana.


Esta es la razón fundamental por la cual esta propuesta debe ejecutarse ahora y no dentro de dos o tres años: Venezuela necesita comprar tiempo. Mientras se recuperan las grandes centrales, se reparan turbinas, se reconstruyen líneas y subestaciones, se moderniza la red y se consiguen las inversiones necesarias, millones de pequeños sistemas pueden comenzar a proteger a millones de familias. No se trata de reemplazar la central del Guri con paneles solares, ni de abandonar las plantas termoeléctricas, ni de pretender que dos paneles resolverán por sí solos el colapso del sistema. El planteamiento es mucho más concreto: si la reconstrucción nacional requiere tiempo, ese tiempo no puede seguir siendo pagado por la ciudadanía con diez o doce horas diarias de oscuridad. La estrategia de mediano plazo debe reconstruir el sistema; la estrategia de corto plazo debe proteger a la población. Una no excluye a la otra. Una permite que la otra pueda realizarse sin condenar a millones de personas a la desesperanza.


Por eso la discusión energética venezolana debe replantearse. No se trata de escoger entre reconstruir el Sistema Eléctrico Nacional o instalar energía solar residencial. Venezuela necesita hacer ambas cosas. Necesita recuperar sus grandes centrales y sus redes, pero necesita simultáneamente crear una red distribuida de respaldo que permita a las familias enfrentar la emergencia desde hoy. Dos paneles solares no van a reparar una turbina ni a reconstruir una línea de transmisión, pero pueden mantener encendida una casa, conservar los alimentos, cargar un teléfono y mantener la iluminación y la ventilación durante un apagón. Cuando esos dos paneles se multiplican por cientos de miles de viviendas, la escala deja de ser doméstica y pasa a ser nacional. La reconstrucción del sistema eléctrico tomará años, pero la protección de una familia frente al próximo apagón no puede esperar. Venezuela no resiste un mediano plazo; por eso la respuesta debe comenzar ahora: dos paneles solares, un sistema de respaldo fotovoltaico y una ciudadanía que deje de estar indefensa frente a la oscuridad.


Lubio Lenin Cardozo

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