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sábado, 3 de octubre de 2026

Soy del siglo pasado

 


Me llamo Lubio Lenín Cardozo, soy del siglo pasado. Lo digo así, deliberadamente, sin precisar el día, el mes ni el año en que nací; mucho menos necesito acudir a un signo zodiacal para explicar quién soy. Decir que soy del siglo pasado es suficiente. Una manera sencilla de reconocer un origen temporal, pero también de abrir una reflexión sobre el tiempo que me ha tocado vivir. Nací en un siglo que terminó, pero mi vida continúa en otro. Y quizá esa condición sea una de las circunstancias más valorada de mi existencia: haber sido formado por un siglo y tener la responsabilidad de pensar el siguiente.

Desde que adquirí conciencia política me autoproclamé ambientalista. No lo entendí nunca como una profesión, una especialidad académica ni como una etiqueta destinada a diferenciarme de los demás. Para mí fue, fundamentalmente, una manera de asumir una responsabilidad frente a la vida. Significaba comprender que el planeta no es un escenario construido exclusivamente para satisfacer las necesidades humanas, sino una totalidad viva en la que compartimos existencia con millones de otras formas de vida. Desde entonces he querido dedicar mi energía, mi pensamiento y mi creatividad a defender el derecho a existir de todos: de los seres humanos, pero también de la flora, de la fauna, de los ecosistemas y de esa extraordinaria diversidad de formas de vida que hacen posible la propia existencia humana.

Con el paso de los años, esa conciencia ambientalista no permaneció estática. Las ideas también tienen derecho a evolucionar. La experiencia, la observación del mundo y las transformaciones de la civilización me llevaron a ampliar mi reflexión. Y en ese recorrido apareció el Solarismo. Hoy me reconozco en una expresión que resume esa evolución: ambientalista solarista. No porque haya abandonado el ambientalismo, sino porque considero que la humanidad necesita incorporar una nueva dimensión a su manera de pensar el futuro: la dimensión energética.

Cuando hablo de Solarismo no estoy hablando de una religión, de una creencia mística ni de una espiritualidad asociada al culto al Sol. Tampoco pretendo convertir al Sol en un objeto de veneración. Hablo de algo mucho más concreto: una reflexión sobre el devenir de la humanidad y una estrategia civilizatoria frente al futuro. El Sol representa para mí una extraordinaria oportunidad porque es la fuente energética que llega continuamente a la superficie del planeta y que puede ser captada de manera cada vez más distribuida. El Solarismo nace, entonces, de una pregunta: ¿qué ocurriría si la humanidad organizara una parte fundamental de su civilización alrededor de una energía abundante, renovable, distribuida y disponible en prácticamente todos los territorios?

Esa pregunta me conduce a pensar que la transición energética no debería reducirse a cambiar petróleo, gas o carbón por paneles solares y otras tecnologías renovables. Hay algo mucho más profundo en juego. La forma en que una sociedad obtiene su energía también influye en la forma en que organiza su poder. Una energía concentrada puede favorecer estructuras concentradas; una energía que puede captarse de manera distribuida abre la posibilidad de una sociedad energética diferente. Por eso mi reflexión sobre el Solarismo está vinculada a la libertad, a la autonomía, a la participación ciudadana y a una nueva relación entre el territorio y la energía. No afirmo que la energía solar sea la única respuesta para todos los problemas de la humanidad. Afirmo que puede constituir una de las grandes vías de transformación civilizatoria que tenemos delante.

Pero hay algo que considero todavía más importante. Si el Solarismo pretende tener sentido, no puede estar pensado únicamente para que los seres humanos vivamos mejor. La Tierra no nos pertenece en exclusividad. Compartimos este planeta con otras especies y dependemos de ecosistemas cuya existencia precede por millones de años a nuestra propia civilización. Una transición energética que simplemente permita continuar consumiendo más, produciendo más y destruyendo más, pero utilizando electricidad solar, sería una transformación tecnológica y no necesariamente una transformación civilizatoria. El desafío consiste en utilizar nuevas capacidades energéticas para disminuir nuestra presión sobre la naturaleza y ampliar las posibilidades de supervivencia y coexistencia de la vida.

Por eso considero que el Solarismo debe ser entendido como una vía hacia el futuro, no como una receta única para el futuro. La humanidad tendrá que encontrar múltiples caminos, tecnologías, culturas y formas de organización para enfrentar su devenir. Pero entre esas posibilidades existe una que considero especialmente poderosa: construir una civilización capaz de aprovechar la energía solar de manera distribuida, responsable y democrática, reduciendo su dependencia de la extracción de reservas fósiles y modificando progresivamente su relación con la naturaleza. El objetivo no debería ser simplemente disponer de más energía, sino preguntarnos para qué queremos esa energía y qué clase de mundo queremos construir con ella.

Quizás por eso me gusta decir que soy del siglo pasado. No lo digo con nostalgia. Lo digo como quien reconoce que pertenece a una generación que recibió un mundo determinado y que, sin embargo, tiene la obligación de imaginar otro. Soy del siglo pasado, pero pienso en el futuro. Ambientalista porque decidí colocar mi pensamiento al servicio de la vida. Y ahora, ambientalista solarista porque creo que la humanidad necesita encontrar nuevas formas de relacionarse con la energía, con el planeta y consigo misma. No sé exactamente cómo será el siglo que viene. Pero sí creo que tenemos la responsabilidad de ayudar a construirlo.

Y si algún día alguien me pregunta nuevamente quién soy, quizá mi respuesta siga siendo la misma:

Alguien, del siglo pasado.

Intentando llegar al futuro.

jueves, 1 de octubre de 2026

El silencioso Solarismo: una idea que cabe en un techo

 


En la historia de las ideas sobre energía y sociedad ocurre algo curioso: muchas de las grandes intuiciones que necesitamos para comprender nuestro presente fueron formuladas hace décadas, pero no siempre lograron salir del ámbito académico para convertirse en herramientas capaces de orientar la acción cotidiana. Frederick Cottrell reflexionó sobre la relación entre energía y estructura social; Iván Illich cuestionó los efectos sociales de la concentración energética; Nikolái Kardashov propuso pensar las civilizaciones desde su capacidad de aprovechamiento energético; y distintas corrientes del decrecimiento, el ecosocialismo y la justicia energética han vinculado durante décadas la transformación energética con la transformación social. Todas estas aproximaciones han aportado elementos importantes. Mi pregunta, sin embargo, comenzó a ser otra: ¿qué ocurre si llevamos la discusión energética fuera de los libros y la convertimos en una idea que pueda ser comprendida por un ciudadano, una familia o una comunidad? Es desde esa pregunta que fui construyendo lo que hoy denomino Solarismo.

La intención no ha sido afirmar que antes del Solarismo nadie hubiera relacionado energía, sociedad y poder. Esa relación está presente en múltiples tradiciones del pensamiento contemporáneo. Lo que si he hecho, es articular esas intuiciones dentro de una narrativa civilizatoria propia, colocando la energía en el centro de la pregunta sobre el futuro humano. Desde mi perspectiva, la historia de la civilización también puede leerse como una historia de las formas mediante las cuales la humanidad ha capturado, concentrado, transformado y distribuido la energía: del fuego al carbón, del carbón al petróleo y, potencialmente, de la era de los depósitos energéticos concentrados a una era de flujos renovables y distribuidos. De allí surge una distinción que considero fundamental: las economías de depósito, construidas alrededor de recursos almacenados y territorialmente concentrados, y las economías de flujo, basadas en fuentes que llegan continuamente, como la radiación solar. No se trata de una división absoluta ni de una ley histórica, sino de una herramienta para observar cómo distintas arquitecturas energéticas pueden producir distintas condiciones económicas, territoriales y sociales.

De esa reflexión nació también lo que he llamado Geometría Cósmica de la Energía. Esta tesis expresa de manera sencilla que la geometría de la energía determina, en buena medida, las condiciones de la geometría del poder. No estoy diciendo que una fuente energética determine automáticamente una sociedad. Sería un determinismo tecnológico que no comparto. Una sociedad puede utilizar energía solar y mantener estructuras profundamente centralizadas; puede instalar millones de paneles y concentrar la propiedad, los datos, los algoritmos y las decisiones en muy pocos actores. Por eso mi preocupación no está solamente en cambiar petróleo por sol, sino en preguntarnos cómo captamos, quién posee, quién administra y quién decide sobre la energía que sostiene nuestra existencia. La verdadera transformación no consiste únicamente en cambiar el combustible: consiste en modificar, cuando sea posible, la arquitectura de dependencia que hemos construido alrededor de la energía.

Por eso el Solarismo no pretende quedarse en una teoría sobre la energía. Desde el principio he buscado que sus conceptos puedan descender hasta la vida cotidiana. Una de las ideas que considero fundamentales es la del Sujeto Energético: la persona, familia, organización o comunidad que deja de ser exclusivamente consumidora y adquiere capacidad para captar, producir, administrar, compartir y participar en las decisiones relacionadas con la energía que sostiene su vida. El Solariano, en este sentido, no es simplemente alguien que posee un panel solar. Es una expresión cultural de ese nuevo ciudadano energético. Puede formar parte de una cooperativa, de una comunidad energética, de una microrred o de un sistema compartido. No se define por tener un panel; se define por haber adquirido capacidad y conciencia sobre la energía. Por eso una idea que comienza en la filosofía puede terminar en algo extraordinariamente concreto: un techo, una batería, una comunidad y una persona que descubre que también puede participar en la producción y administración de la energía que necesita.

Quizás allí se encuentre una de las razones por las cuales insisto tanto en llevar estas ideas al lenguaje cotidiano. Una teoría puede ser intelectualmente sofisticada y, sin embargo, permanecer encerrada en el ámbito de quienes ya conocen el lenguaje especializado. Yo quiero recorrer el camino contrario: partir de una pregunta compleja y tratar de convertirla en una pregunta que pueda hacerse cualquier ciudadano. ¿Quién produce la energía que utilizo? ¿Quién la controla? ¿Qué ocurriría si pudiera producir una parte? ¿Qué cambiaría si mi comunidad pudiera administrarla? Cuando una idea consigue llegar hasta esas preguntas, deja de ser únicamente una reflexión filosófica y comienza a convertirse en una posibilidad social.

Esto también me ha llevado a cuestionar una idea que considero profundamente arraigada en nuestra cultura energética: que la abundancia necesariamente conduce al desperdicio. La energía solar me permite formular una pregunta diferente. Si la humanidad consigue acceder a cantidades crecientes de energía renovable, ¿tenemos que reproducir con ella la misma cultura de extracción y consumo que construimos durante la era fósil? Mi respuesta es no. La abundancia energética debe estar acompañada por una ética de suficiencia. No se trata simplemente de producir más para consumir más, sino de utilizar una mayor disponibilidad energética para liberar tiempo, reducir vulnerabilidades, restaurar ecosistemas, ampliar la autonomía y mejorar las condiciones de vida. Por eso el Solarismo no termina realmente hablando de paneles solares. Comienza hablando de energía, pero termina hablando de libertad, de tiempo y del sentido que queremos darle a la vida.

Naturalmente, el Solarismo tiene que aceptar la crítica. No considero que una teoría deba protegerse de las preguntas difíciles. La energía distribuida no elimina automáticamente las desigualdades; los paneles requieren minerales, tecnología, capital, cadenas industriales y conocimientos; las baterías tienen impactos materiales; las redes continúan siendo necesarias; y la propiedad de la infraestructura puede reproducir formas de concentración aunque la generación sea técnicamente distribuida. Precisamente por eso sostengo que la transición energética no puede reducirse a instalar tecnologías renovables. Tenemos que discutir también la propiedad, el control, la participación, los datos, los algoritmos, las reglas y la capacidad de decisión de las comunidades. El Solarismo no pretende cerrar esas discusiones; pretende abrirlas desde otra pregunta: qué tipo de sociedad queremos construir alrededor de la nueva arquitectura energética.

Por eso considero que el mérito silencioso del Solarismo no está en haber descubierto que la energía es importante. Eso ya lo sabíamos. Tampoco está en afirmar que la energía solar será fundamental para el futuro. Eso pertenece al debate energético contemporáneo. Lo que he intentado hacer es construir un puente entre la filosofía de la energía y la vida cotidiana, entre la pregunta sobre el destino de la civilización y la posibilidad concreta de que una familia, una comunidad o una ciudad participe en la energía que sostiene su existencia. Una idea puede comenzar hablando de civilizaciones y terminar cabiendo en un techo. Puede comenzar preguntando por el poder y terminar preguntando quién puede encender la luz. Puede comenzar con la energía y terminar con la libertad. Ese es, en definitiva, el sentido que le encuentro al Solarismo: no solamente imaginar una nueva fuente de energía para la humanidad, sino preguntarnos qué nueva humanidad podríamos construir si cambiara también nuestra relación con la energía.

Lubio Lenin Cardozo