Me llamo Lubio Lenín Cardozo, soy del siglo pasado. Lo digo así, deliberadamente, sin precisar el día, el mes ni el año en que nací; mucho menos necesito acudir a un signo zodiacal para explicar quién soy. Decir que soy del siglo pasado es suficiente. Una manera sencilla de reconocer un origen temporal, pero también de abrir una reflexión sobre el tiempo que me ha tocado vivir. Nací en un siglo que terminó, pero mi vida continúa en otro. Y quizá esa condición sea una de las circunstancias más valorada de mi existencia: haber sido formado por un siglo y tener la responsabilidad de pensar el siguiente.
Desde que adquirí conciencia política me autoproclamé ambientalista. No lo entendí nunca como una profesión, una especialidad académica ni como una etiqueta destinada a diferenciarme de los demás. Para mí fue, fundamentalmente, una manera de asumir una responsabilidad frente a la vida. Significaba comprender que el planeta no es un escenario construido exclusivamente para satisfacer las necesidades humanas, sino una totalidad viva en la que compartimos existencia con millones de otras formas de vida. Desde entonces he querido dedicar mi energía, mi pensamiento y mi creatividad a defender el derecho a existir de todos: de los seres humanos, pero también de la flora, de la fauna, de los ecosistemas y de esa extraordinaria diversidad de formas de vida que hacen posible la propia existencia humana.
Con el paso de los años, esa conciencia ambientalista no permaneció estática. Las ideas también tienen derecho a evolucionar. La experiencia, la observación del mundo y las transformaciones de la civilización me llevaron a ampliar mi reflexión. Y en ese recorrido apareció el Solarismo. Hoy me reconozco en una expresión que resume esa evolución: ambientalista solarista. No porque haya abandonado el ambientalismo, sino porque considero que la humanidad necesita incorporar una nueva dimensión a su manera de pensar el futuro: la dimensión energética.
Cuando hablo de Solarismo no estoy hablando de una religión, de una creencia mística ni de una espiritualidad asociada al culto al Sol. Tampoco pretendo convertir al Sol en un objeto de veneración. Hablo de algo mucho más concreto: una reflexión sobre el devenir de la humanidad y una estrategia civilizatoria frente al futuro. El Sol representa para mí una extraordinaria oportunidad porque es la fuente energética que llega continuamente a la superficie del planeta y que puede ser captada de manera cada vez más distribuida. El Solarismo nace, entonces, de una pregunta: ¿qué ocurriría si la humanidad organizara una parte fundamental de su civilización alrededor de una energía abundante, renovable, distribuida y disponible en prácticamente todos los territorios?
Esa pregunta me conduce a pensar que la transición energética no debería reducirse a cambiar petróleo, gas o carbón por paneles solares y otras tecnologías renovables. Hay algo mucho más profundo en juego. La forma en que una sociedad obtiene su energía también influye en la forma en que organiza su poder. Una energía concentrada puede favorecer estructuras concentradas; una energía que puede captarse de manera distribuida abre la posibilidad de una sociedad energética diferente. Por eso mi reflexión sobre el Solarismo está vinculada a la libertad, a la autonomía, a la participación ciudadana y a una nueva relación entre el territorio y la energía. No afirmo que la energía solar sea la única respuesta para todos los problemas de la humanidad. Afirmo que puede constituir una de las grandes vías de transformación civilizatoria que tenemos delante.
Pero hay algo que considero todavía más importante. Si el Solarismo pretende tener sentido, no puede estar pensado únicamente para que los seres humanos vivamos mejor. La Tierra no nos pertenece en exclusividad. Compartimos este planeta con otras especies y dependemos de ecosistemas cuya existencia precede por millones de años a nuestra propia civilización. Una transición energética que simplemente permita continuar consumiendo más, produciendo más y destruyendo más, pero utilizando electricidad solar, sería una transformación tecnológica y no necesariamente una transformación civilizatoria. El desafío consiste en utilizar nuevas capacidades energéticas para disminuir nuestra presión sobre la naturaleza y ampliar las posibilidades de supervivencia y coexistencia de la vida.
Por eso considero que el Solarismo debe ser entendido como una vía hacia el futuro, no como una receta única para el futuro. La humanidad tendrá que encontrar múltiples caminos, tecnologías, culturas y formas de organización para enfrentar su devenir. Pero entre esas posibilidades existe una que considero especialmente poderosa: construir una civilización capaz de aprovechar la energía solar de manera distribuida, responsable y democrática, reduciendo su dependencia de la extracción de reservas fósiles y modificando progresivamente su relación con la naturaleza. El objetivo no debería ser simplemente disponer de más energía, sino preguntarnos para qué queremos esa energía y qué clase de mundo queremos construir con ella.
Quizás por eso me gusta decir que soy del siglo pasado. No lo digo con nostalgia. Lo digo como quien reconoce que pertenece a una generación que recibió un mundo determinado y que, sin embargo, tiene la obligación de imaginar otro. Soy del siglo pasado, pero pienso en el futuro. Ambientalista porque decidí colocar mi pensamiento al servicio de la vida. Y ahora, ambientalista solarista porque creo que la humanidad necesita encontrar nuevas formas de relacionarse con la energía, con el planeta y consigo misma. No sé exactamente cómo será el siglo que viene. Pero sí creo que tenemos la responsabilidad de ayudar a construirlo.
Y si algún día alguien me pregunta nuevamente quién soy, quizá mi respuesta siga siendo la misma:
Alguien, del siglo pasado.
Intentando llegar al futuro.

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