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sábado, 17 de octubre de 2026

La humanidad no solo debe preguntarse qué es capaz de hacer; debe comprender qué sucede con ella misma cuando lo hace

 


La historia de la humanidad puede leerse como una sucesión de descubrimientos que ampliaron su capacidad para transformar el mundo. Aprendimos a dominar el fuego, a cultivar la tierra, a construir ciudades, a utilizar máquinas y a aprovechar fuentes de energía que multiplicaron nuestra fuerza física. Más recientemente, desarrollamos tecnologías capaces de conectar continentes, procesar cantidades inmensas de información y modificar procesos biológicos. Cada avance amplía lo que podemos hacer. Sin embargo, existe una pregunta que no siempre recibe la misma atención: ¿qué sucede con nosotros, con nuestras relaciones y con nuestra manera de vivir cuando incorporamos esas nuevas capacidades a la civilización?

Una innovación puede resolver un problema y, al mismo tiempo, modificar las condiciones en las que surgen otros. La industrialización multiplicó la producción de bienes, transformó el trabajo y aceleró el crecimiento de las ciudades, pero también generó nuevas formas de explotación y una presión ambiental de dimensiones históricas. Las tecnologías digitales facilitaron la comunicación y el acceso al conocimiento, mientras abrieron interrogantes sobre la privacidad, la concentración de poder y la dependencia de plataformas. Estos resultados no convierten automáticamente las innovaciones en errores. Nos recuerdan que una tecnología no debe evaluarse únicamente por lo que permite realizar, sino también por las consecuencias que produce cuando pasa a formar parte de la vida colectiva.

El problema aparece cuando confundimos la capacidad de hacer algo con la certeza de que hacerlo representa un progreso. La eficiencia, la velocidad, la productividad y la potencia son indicadores importantes, pero no responden por sí solos a todas las preguntas humanas. Una sociedad puede producir más y distribuir de manera desigual los beneficios; puede comunicarse constantemente y, sin embargo, perder espacios para la reflexión; puede disponer de instrumentos cada vez más sofisticados sin comprender suficientemente sus efectos sobre la naturaleza. El progreso tecnológico amplía nuestras posibilidades, pero el significado humano de ese progreso depende también de sus consecuencias sociales, ambientales y culturales.

Por eso necesitamos una reflexión que acompañe a la innovación desde sus primeras etapas. Antes de introducir una tecnología, podemos preguntarnos quién tendrá acceso a ella, quién controlará su funcionamiento, qué actividades modificará y qué grupos podrían resultar perjudicados. Después de incorporarla, debemos observar sus efectos reales y corregir aquello que produzca daños evitables. No se trata de exigir una previsión perfecta, imposible ante sistemas complejos, sino de reconocer que la responsabilidad no termina cuando una invención funciona. Comienza también cuando comprendemos que sus efectos pueden extenderse mucho más allá de su propósito inicial.

La transformación energética permite apreciar esta responsabilidad con especial claridad. Cambiar los combustibles fósiles por fuentes renovables es fundamental para avanzar hacia una matriz energética menos contaminante. Pero la pregunta no termina en la fuente que utilizamos. También debemos examinar cómo se organiza la producción eléctrica, quién puede participar en ella, cómo se distribuyen sus beneficios y qué consecuencias tiene sobre los territorios y los ecosistemas. La energía solar distribuida, por ejemplo, puede ampliar la capacidad de los hogares y las comunidades para producir parte de la electricidad que necesitan. Esa posibilidad, sin embargo, depende del acceso, la financiación, las normas y las condiciones materiales. La tecnología abre una oportunidad; las decisiones humanas determinan en buena medida cómo se desarrolla.

Desde la perspectiva del Solarismo, comprender la energía significa examinar también su relación con la organización de la civilización. La forma en que producimos y distribuimos la energía influye en nuestras posibilidades materiales, en la autonomía de las personas y en la distribución de determinadas capacidades de decisión. Pero ninguna tecnología garantiza por sí misma una sociedad más libre, justa o responsable. Una innovación puede ampliar las opciones disponibles y, al mismo tiempo, reproducir estructuras de dependencia. Por eso, la transformación energética debe acompañarse de una reflexión sobre el tipo de sociedad que deseamos construir y sobre las decisiones necesarias para acercarnos a ella.

Esta tarea exige una manera de pensar capaz de cuestionar sus propias certezas. El pensamiento descentralizado propone ampliar las perspectivas desde las cuales examinamos los problemas, escuchar a quienes experimentan las consecuencias de las decisiones y evitar que los modelos heredados determinen de antemano todas las respuestas. No significa rechazar la ciencia, la experiencia ni las instituciones, sino reconocer que ninguna de ellas elimina la necesidad de deliberar y revisar nuestras decisiones. Una humanidad madura no es aquella que renuncia a su poder de transformar el mundo, sino aquella que aprende a utilizarlo sin convertir cada posibilidad técnica en una obligación ni cada innovación en una promesa incuestionable.

La pregunta que debe acompañar nuestro desarrollo no es solamente qué nuevas capacidades podremos adquirir, sino qué tipo de humanidad surgirá de su utilización. ¿Seremos más autónomos o más dependientes? ¿Ampliaremos la cooperación o profundizaremos las desigualdades? ¿Utilizaremos nuestros conocimientos para proteger las condiciones que sostienen la vida o seguiremos tratando la naturaleza como un recurso sin límites? No existen respuestas automáticas, pero sí una responsabilidad ineludible: examinar nuestras decisiones, comprender sus consecuencias y corregir el rumbo cuando sea necesario. La grandeza de la humanidad no se mide únicamente por todo lo que es capaz de hacer, sino también por la lucidez con la que comprende lo que sus acciones hacen de ella misma.

Lubio Lenin Cardozo



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