Durante siglos, la humanidad ha vivido bajo el espejismo de las ideologías. Izquierdas, derechas, centros, extremos y nuevas corrientes políticas se disputan el poder con discursos elaborados, promesas de transformación y guerras culturales que entretienen al pensamiento crítico. Pero si algo ha quedado en evidencia en los últimos tiempos —y en realidad, a lo largo de la historia— es que lo que realmente mueve al mundo no son las ideas, sino los intereses: el saqueo de recursos, la piratería económica y el comercio como religión suprema.
Las potencias no actúan por convicciones éticas o visiones de justicia global. Actúan por negocio. Por petróleo, por oro, por litio, por agua, por control geopolítico. Detrás de las guerras, de los tratados, de las invasiones y de los bloqueos, se oculta una maquinaria comercial voraz que devora territorios y vidas humanas, que explota a los más débiles y destruye a la naturaleza sin piedad.
En este contexto, la acción verdaderamente revolucionaria, la más subversiva y urgente, no es ideológica, sino ética y planetaria: asumir el pensamiento ambientalista como una forma de liberación. No se trata solo de reciclar, sembrar árboles o hablar del cambio climático en términos tibios. Se trata de una toma de conciencia profunda, de un compromiso con la vida en todas sus formas y de un rechazo frontal a la lógica de destrucción que domina la civilización actual.
El pensamiento ambientalista debe ser entendido como una opción libertaria, porque libera a la humanidad de las cadenas del consumo desenfrenado, del extractivismo salvaje, de la alienación tecnológica y de la economía del desperdicio. Libera a las comunidades, devuelve el sentido al territorio, defiende la dignidad de los pueblos originarios y protege la existencia de las especies no humanas que también habitan este planeta.
Hoy más que nunca, la buena humanidad —aquella que todavía cree en la justicia, en la belleza, en la vida— necesita un nuevo pacto consigo misma y con la Tierra. Y ese pacto no vendrá de partidos ni de caudillos, sino de un despertar colectivo, de una sensibilidad nueva que reconozca que sin planeta no hay futuro, que sin biodiversidad no hay humanidad.
La lucha ya no es entre izquierdas y derechas. La verdadera lucha es entre quienes destruyen y quienes protegen. Entre quienes saquean y quienes siembran. Entre quienes matan y quienes cuidan. En esa elección, el pensamiento ambientalista no es una moda ni un lujo:
es resistencia, es rebeldía, es amor radical por la vida.
Lubio Lenin Cardozo