En la historia de las ideas sobre energía y sociedad ocurre algo curioso: muchas de las grandes intuiciones que necesitamos para comprender nuestro presente fueron formuladas hace décadas, pero no siempre lograron salir del ámbito académico para convertirse en herramientas capaces de orientar la acción cotidiana. Frederick Cottrell reflexionó sobre la relación entre energía y estructura social; Iván Illich cuestionó los efectos sociales de la concentración energética; Nikolái Kardashov propuso pensar las civilizaciones desde su capacidad de aprovechamiento energético; y distintas corrientes del decrecimiento, el ecosocialismo y la justicia energética han vinculado durante décadas la transformación energética con la transformación social. Todas estas aproximaciones han aportado elementos importantes. Mi pregunta, sin embargo, comenzó a ser otra: ¿qué ocurre si llevamos la discusión energética fuera de los libros y la convertimos en una idea que pueda ser comprendida por un ciudadano, una familia o una comunidad? Es desde esa pregunta que fui construyendo lo que hoy denomino Solarismo.
La intención no ha sido afirmar que antes del Solarismo nadie hubiera relacionado energía, sociedad y poder. Esa relación está presente en múltiples tradiciones del pensamiento contemporáneo. Lo que si he hecho, es articular esas intuiciones dentro de una narrativa civilizatoria propia, colocando la energía en el centro de la pregunta sobre el futuro humano. Desde mi perspectiva, la historia de la civilización también puede leerse como una historia de las formas mediante las cuales la humanidad ha capturado, concentrado, transformado y distribuido la energía: del fuego al carbón, del carbón al petróleo y, potencialmente, de la era de los depósitos energéticos concentrados a una era de flujos renovables y distribuidos. De allí surge una distinción que considero fundamental: las economías de depósito, construidas alrededor de recursos almacenados y territorialmente concentrados, y las economías de flujo, basadas en fuentes que llegan continuamente, como la radiación solar. No se trata de una división absoluta ni de una ley histórica, sino de una herramienta para observar cómo distintas arquitecturas energéticas pueden producir distintas condiciones económicas, territoriales y sociales.
De esa reflexión nació también lo que he llamado Geometría Cósmica de la Energía. Esta tesis expresa de manera sencilla que la geometría de la energía determina, en buena medida, las condiciones de la geometría del poder. No estoy diciendo que una fuente energética determine automáticamente una sociedad. Sería un determinismo tecnológico que no comparto. Una sociedad puede utilizar energía solar y mantener estructuras profundamente centralizadas; puede instalar millones de paneles y concentrar la propiedad, los datos, los algoritmos y las decisiones en muy pocos actores. Por eso mi preocupación no está solamente en cambiar petróleo por sol, sino en preguntarnos cómo captamos, quién posee, quién administra y quién decide sobre la energía que sostiene nuestra existencia. La verdadera transformación no consiste únicamente en cambiar el combustible: consiste en modificar, cuando sea posible, la arquitectura de dependencia que hemos construido alrededor de la energía.
Por eso el Solarismo no pretende quedarse en una teoría sobre la energía. Desde el principio he buscado que sus conceptos puedan descender hasta la vida cotidiana. Una de las ideas que considero fundamentales es la del Sujeto Energético: la persona, familia, organización o comunidad que deja de ser exclusivamente consumidora y adquiere capacidad para captar, producir, administrar, compartir y participar en las decisiones relacionadas con la energía que sostiene su vida. El Solariano, en este sentido, no es simplemente alguien que posee un panel solar. Es una expresión cultural de ese nuevo ciudadano energético. Puede formar parte de una cooperativa, de una comunidad energética, de una microrred o de un sistema compartido. No se define por tener un panel; se define por haber adquirido capacidad y conciencia sobre la energía. Por eso una idea que comienza en la filosofía puede terminar en algo extraordinariamente concreto: un techo, una batería, una comunidad y una persona que descubre que también puede participar en la producción y administración de la energía que necesita.
Quizás allí se encuentre una de las razones por las cuales insisto tanto en llevar estas ideas al lenguaje cotidiano. Una teoría puede ser intelectualmente sofisticada y, sin embargo, permanecer encerrada en el ámbito de quienes ya conocen el lenguaje especializado. Yo quiero recorrer el camino contrario: partir de una pregunta compleja y tratar de convertirla en una pregunta que pueda hacerse cualquier ciudadano. ¿Quién produce la energía que utilizo? ¿Quién la controla? ¿Qué ocurriría si pudiera producir una parte? ¿Qué cambiaría si mi comunidad pudiera administrarla? Cuando una idea consigue llegar hasta esas preguntas, deja de ser únicamente una reflexión filosófica y comienza a convertirse en una posibilidad social.
Esto también me ha llevado a cuestionar una idea que considero profundamente arraigada en nuestra cultura energética: que la abundancia necesariamente conduce al desperdicio. La energía solar me permite formular una pregunta diferente. Si la humanidad consigue acceder a cantidades crecientes de energía renovable, ¿tenemos que reproducir con ella la misma cultura de extracción y consumo que construimos durante la era fósil? Mi respuesta es no. La abundancia energética debe estar acompañada por una ética de suficiencia. No se trata simplemente de producir más para consumir más, sino de utilizar una mayor disponibilidad energética para liberar tiempo, reducir vulnerabilidades, restaurar ecosistemas, ampliar la autonomía y mejorar las condiciones de vida. Por eso el Solarismo no termina realmente hablando de paneles solares. Comienza hablando de energía, pero termina hablando de libertad, de tiempo y del sentido que queremos darle a la vida.
Naturalmente, el Solarismo tiene que aceptar la crítica. No considero que una teoría deba protegerse de las preguntas difíciles. La energía distribuida no elimina automáticamente las desigualdades; los paneles requieren minerales, tecnología, capital, cadenas industriales y conocimientos; las baterías tienen impactos materiales; las redes continúan siendo necesarias; y la propiedad de la infraestructura puede reproducir formas de concentración aunque la generación sea técnicamente distribuida. Precisamente por eso sostengo que la transición energética no puede reducirse a instalar tecnologías renovables. Tenemos que discutir también la propiedad, el control, la participación, los datos, los algoritmos, las reglas y la capacidad de decisión de las comunidades. El Solarismo no pretende cerrar esas discusiones; pretende abrirlas desde otra pregunta: qué tipo de sociedad queremos construir alrededor de la nueva arquitectura energética.
Por eso considero que el mérito silencioso del Solarismo no está en haber descubierto que la energía es importante. Eso ya lo sabíamos. Tampoco está en afirmar que la energía solar será fundamental para el futuro. Eso pertenece al debate energético contemporáneo. Lo que he intentado hacer es construir un puente entre la filosofía de la energía y la vida cotidiana, entre la pregunta sobre el destino de la civilización y la posibilidad concreta de que una familia, una comunidad o una ciudad participe en la energía que sostiene su existencia. Una idea puede comenzar hablando de civilizaciones y terminar cabiendo en un techo. Puede comenzar preguntando por el poder y terminar preguntando quién puede encender la luz. Puede comenzar con la energía y terminar con la libertad. Ese es, en definitiva, el sentido que le encuentro al Solarismo: no solamente imaginar una nueva fuente de energía para la humanidad, sino preguntarnos qué nueva humanidad podríamos construir si cambiara también nuestra relación con la energía.
Lubio Lenin Cardozo

















