Durante toda su historia, la humanidad ha buscado energía para hacer posible aquello que sus propias fuerzas no podían realizar. El fuego permitió transformar la materia; los animales de trabajo multiplicaron la capacidad física; el carbón impulsó las máquinas; el petróleo movilizó ciudades enteras; la electricidad hizo posible una sociedad conectada; y ahora el Sol, la automatización, la inteligencia artificial y la robótica anuncian una capacidad energética y productiva que apenas comenzamos a comprender.
Pero existe una pregunta que pocas veces colocamos en el centro de esta extraordinaria historia:
¿Crea la energía la posibilidad de liberar tiempo?
La pregunta parece sencilla, pero contiene una de las interrogantes más profundas sobre el futuro de la humanidad. Porque si la energía permite producir más con menos esfuerzo, si las máquinas pueden realizar una parte creciente del trabajo que durante siglos ocupó nuestras vidas y si la tecnología multiplica nuestra capacidad de transformar la naturaleza, entonces deberíamos estar acercándonos a una condición largamente soñada: disponer de más tiempo para vivir.
Sin embargo, la historia no ha seguido necesariamente ese camino.
La humanidad ha multiplicado su capacidad energética hasta niveles inimaginables para sus antepasados, pero millones de personas continúan organizando su existencia alrededor de la necesidad de trabajar para sobrevivir. Hemos producido más riqueza, más mercancías y más servicios, pero no necesariamente hemos producido proporcionalmente más tiempo libre, más tranquilidad, más convivencia o más vida.
Aquí aparece una paradoja de la civilización moderna: hemos aprendido a producir cada vez más, pero todavía no hemos aprendido a convertir esa productividad en libertad.
La Revolución Industrial representó una ruptura gigantesca. El ser humano dejó de depender exclusivamente de la fuerza de sus músculos, de los animales y de los ciclos naturales para comenzar a utilizar enormes cantidades de energía concentrada. El carbón, y posteriormente el petróleo y el gas, permitieron multiplicar la productividad y transformar radicalmente la economía, el transporte, la agricultura, las ciudades y la industria.
Pero aquella abundancia energética tuvo un precio. La civilización fósil no solamente modificó la atmósfera y los ecosistemas; también construyó una determinada organización del poder. La energía se encontraba concentrada en depósitos geográficos específicos, requería grandes inversiones para ser extraída y transformada y necesitaba complejas infraestructuras para llegar hasta el consumidor.
La energía se convirtió así en una fuerza extraordinaria de producción, pero también en una fuerza de dependencia.
El ciudadano podía utilizar electricidad sin conocer su origen, conducir un automóvil sin conocer el lugar donde se extraía el petróleo y consumir productos fabricados a miles de kilómetros sin percibir la gigantesca infraestructura energética que hacía posible su existencia cotidiana.
La energía se volvió invisible.
Y aquello que se vuelve invisible puede terminar convirtiéndose en una forma de dependencia que dejamos de cuestionar.
El siglo XXI introduce, sin embargo, una posibilidad diferente. La energía solar llega diariamente a prácticamente todos los territorios habitados del planeta. No está encerrada en un pozo determinado ni pertenece naturalmente a una nación, una corporación o un propietario particular. La tecnología permite comenzar a captarla directamente en los lugares donde transcurre la vida: viviendas, escuelas, edificios, granjas, industrias y comunidades.
Aquí comienza una transformación que no es solamente tecnológica.
Cuando la fuente energética se aproxima al ciudadano, cambia también la relación entre energía, propiedad y poder.
El techo de una casa puede convertirse en una pequeña central energética. Una comunidad puede producir parte de la electricidad que consume. Una granja puede convertirse simultáneamente en espacio agrícola y energético. Un edificio puede pasar de ser consumidor de energía a convertirse en productor y administrador de ella.
El ciudadano comienza entonces a dejar de ser únicamente consumidor.
Puede convertirse en ciudadano energético.
Y esta transformación contiene una pregunta todavía mayor: ¿qué hacemos con el tiempo que esa nueva productividad puede liberar?
Porque aquí se encuentra, quizás, el verdadero sentido de la transición energética.
No queremos energía simplemente para tener más electricidad.
No queremos energía únicamente para producir más mercancías.
No queremos tecnología para acelerar indefinidamente nuestras vidas.
Queremos energía porque puede permitirnos necesitar menos tiempo obligatorio para garantizar nuestra supervivencia material.
Esta idea cambia completamente la conversación sobre el progreso.
Durante siglos hemos medido el desarrollo mediante la producción. Después aprendimos a medirlo mediante el crecimiento económico. Más tarde incorporamos indicadores de bienestar, salud, educación y calidad ambiental.
Pero casi nunca preguntamos:
¿Cuánto tiempo de vida libre produce una sociedad para sus habitantes?
Tal vez haya llegado el momento de hacerlo.
Una civilización verdaderamente avanzada podría ser aquella que consigue que sus ciudadanos necesiten dedicar cada vez menos tiempo obligatorio a producir las condiciones básicas de su existencia y puedan disponer de más tiempo para aquellas actividades que no pueden reducirse a una mercancía: pensar, crear, aprender, cuidar, amar, investigar, contemplar, conversar, participar, jugar y simplemente vivir.
Aquí podemos formular una nueva ecuación. No pertenece a la física ni pretende sustituir sus leyes. Es una ecuación civilizatoria:
Más tiempo = energía × libertad.
La energía crea la posibilidad material de liberar tiempo.
Pero la energía, por sí sola, no garantiza que ese tiempo sea liberado.
Una sociedad puede disponer de enormes cantidades de energía y continuar sometiendo a sus ciudadanos a jornadas interminables, desigualdad, precariedad y consumo compulsivo. Puede utilizar la automatización para producir más y, al mismo tiempo, exigir más velocidad, más rendimiento y mayor disponibilidad permanente.
Por eso debemos distinguir dos conceptos que frecuentemente confundimos:
energía disponible no significa necesariamente tiempo liberado.
La energía crea la posibilidad.
La libertad decide para quién y para qué se utiliza esa posibilidad.
Esta distinción será decisiva en la nueva civilización.
La inteligencia artificial y la robótica pueden multiplicar nuevamente la productividad humana. Las energías renovables pueden ampliar la disponibilidad energética. El almacenamiento puede permitir administrar mejor esa energía. Las redes distribuidas pueden acercar la producción al consumidor.
Pero ninguna de esas tecnologías contiene por sí misma una ética.
Pueden ser utilizadas para producir una humanidad más libre o una humanidad todavía más sometida.
Podemos automatizar el trabajo para liberar a las personas.
O podemos automatizarlo para exigirles que trabajen todavía más rápido.
Podemos utilizar la abundancia energética para reducir la jornada humana.
O podemos utilizarla para alimentar una maquinaria infinita de producción y consumo.
Podemos convertir la tecnología en un instrumento de emancipación.
O podemos construir una nueva forma de servidumbre, ahora mucho más sofisticada y digital.
Por eso el desafío del Solarismo no consiste únicamente en sustituir el petróleo por el Sol. Su desafío consiste en cambiar el significado mismo de la energía dentro de la civilización.
La pregunta ya no sería solamente:
¿Cuánta energía podemos producir?
Sino:
¿Cuánta vida podemos liberar con ella?
Esta podría ser una de las grandes preguntas políticas, económicas y filosóficas de la nueva era.
Porque si la energía fue una de las fuerzas que construyeron la civilización fósil, también puede convertirse en una de las fuerzas que permitan superarla.
Pero para ello tendremos que abandonar una antigua idea de progreso: aquella que identifica producir más con vivir mejor.
La nueva civilización tendrá que descubrir otra categoría de riqueza.
El tiempo humano.
Tiempo para la infancia.
Tiempo para los padres.
Tiempo para la amistad.
Tiempo para la naturaleza.
Tiempo para la ciencia.
Tiempo para el arte.
Tiempo para pensar.
Tiempo para cuidar.
Tiempo para comprender quiénes somos.
Tiempo, sencillamente, para vivir.
Quizás la verdadera productividad del futuro no consista en producir más mercancías utilizando menos horas de trabajo.
Quizás consista en producir las condiciones necesarias para vivir utilizando cada vez menos tiempo humano obligatorio.
Podríamos llamar a esto productividad vital.
Y entonces la gran pregunta de la nueva era dejará de ser cuánto poder energético puede acumular una civilización.
Será mucho más humana:
¿Cuánta vida es capaz de liberar?
Una civilización no debería medirse únicamente por la energía que consigue dominar, sino por la vida que consigue liberar.
Ese podría ser el verdadero propósito de la abundancia energética.
Que la energía libere el tiempo.
Que el tiempo libere la vida.
Y que la vida liberada encuentre finalmente espacio para crear, cuidar, amar, pensar y desarrollar la conciencia.
La humanidad ha pasado siglos buscando energía para conquistar la naturaleza. Tal vez haya llegado el momento de buscar energía para conquistar algo mucho más difícil: el tiempo perdido de nuestra propia existencia.
Porque quizá el destino superior de la energía no sea hacer que la humanidad produzca más. Quizá sea permitirle, finalmente, vivir más plenamente.
Lubio Lenin Cardozo