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domingo, 12 de abril de 2026

FORO FILOSÓFICO. El Sol local y la aldea global: ¿Puede el Solarismo ser cosmopolita?

 


Participantes:

· Kwame Anthony Appiah (filósofo británico-ghanés, autor de Cosmopolitismo y La ética de la identidad)

· Lubio Lenin Cardozo (creador del Solarismo)


Moderador: 

Una de las tensiones más profundas de nuestro tiempo es la que existe entre la lealtad a lo local y la responsabilidad hacia lo global. Kwame Anthony Appiah ha defendido el cosmopolitismo: la idea de que cada ser humano tiene obligaciones morales con todos los demás, más allá de las fronteras nacionales, culturales o religiosas. Pero también reconoce el valor de las identidades particulares, de los vínculos locales que nos dan sentido. Frente a él, Lubio Lenin Cardozo propone el Solarismo: una filosofía de la luz, la transparencia y la comunidad regenerativa que enfatiza la descentralización, lo comunitario y la soberanía energética local. 

¿Son compatibles el Solarismo y el cosmopolitismo? ¿Puede una filosofía de la luz local ser también universal? ¿O el énfasis en la comunidad cerrada termina reproduciendo las viejas exclusiones que el cosmopolitismo quiere superar? 

Comienzan el debate.


Ronda 1: Dos formas de entender la pertenencia

Appiah:

Mi madre inglesa y mi padre ghanés me enseñaron desde niño que se puede pertenecer a muchos mundos a la vez. El cosmopolitismo que defiendo no exige que abandonemos nuestras raíces. Al contrario, celebra la diversidad. Pero insiste en una idea fundamental: cada ser humano tiene un valor intrínseco, independientemente del lugar donde haya nacido o de la comunidad a la que pertenezca. Tenemos obligaciones morales con los extraños, no solo con los nuestros.

Usted, Cardozo, habla de "comunidad luminosa", de "descentralización", de "soberanía energética local". Me pregunto: ¿dónde queda el extraño en su filosofía? ¿El que no pertenece a su comunidad solar? ¿El migrante que llega de otra región? ¿El habitante de una aldea que no tiene paneles? El peligro del localismo —por bien intencionado que sea— es que se convierta en un nuevo particularismo: "primero los míos". Y eso, aunque se vista de luz, sigue siendo una forma de exclusión.

Cardozo:

Appiah, no me acuse de insular antes de escucharme. El Solarismo no es un llamado al aislamiento. Es un llamado a la autonomía responsable. Una comunidad que genera su propia energía no se cierra al mundo; al contrario, deja de depender de las grandes corporaciones energéticas que cruzan fronteras para saquear recursos. La descentralización no es una muralla. Es una condición para el intercambio no jerárquico.

Usted habla de obligaciones con los extraños. Yo le pregunto: ¿cómo cumple un pueblo sin electricidad sus obligaciones con nadie? Primero hay que encender la luz local para poder ver al otro. El Solarismo no dice "primero los míos". Dice "la luz empieza en casa, pero no termina en la puerta". Una comunidad solar que tiene excedente de energía puede compartirlo con la aldea vecina. Puede ayudar a instalar paneles en comunidades más pobres. Eso es cosmopolitismo desde abajo, no desde los manuales de las ONG internacionales.


Ronda 2: Identidad, universalismo y la tentación del localismo cerrado

Appiah:

Me gusta su idea del excedente compartido. Pero permítame ser escéptico. La historia nos muestra que el localismo, incluso el bien intencionado, tiende a volverse excluyente. Las comunidades que se definen por un territorio, una cultura o una tecnología suelen desarrollar un "nosotros" que inevitablemente deja afuera a un "ellos". Usted habla de "comunidad luminosa". ¿Qué pasa con quien no tiene panel? ¿Con quien llega después? ¿Con quien no comparte sus valores? ¿El Solarismo tiene un lugar para el disidente, para el que no quiere brillar de la misma manera?

Pongo un ejemplo concreto:

Imagínese una cooperativa solar en una región pobre. Funciona bien, todos cooperan. Pero un día llega un migrante de otra etnia, otra religión, otra lengua. ¿La comunidad solar lo acepta automáticamente? ¿O hay mecanismos de exclusión silenciosa? El cosmopolitismo no exige que todas las comunidades sean perfectamente abiertas. Pero exige que ningún ser humano sea tratado como menos valioso por no pertenecer. ¿Su Solarismo tiene esa exigencia incorporada?»

Cardozo:

Usted tiene razón en que el localismo puede degenerar en exclusión. Por eso el Solarismo no es solo una tecnología ni una economía. Es una ética. Y esa ética incluye un principio fundamental: la luz no se merece, se recibe. No hay mérito para estar dentro de la comunidad solar. No hay examen de pureza étnica ni cultural. El único requisito es ser humano y necesitar luz.

¿Qué pasa con el migrante que llega? La respuesta solarista es: se le integra. Porque la energía solar no es un recurso escaso que haya que racionar entre los "nuestros". El Sol brilla para todos. La tecnología solar puede expandirse. Una comunidad luminosa auténtica no dice "no hay lugar para otro". Dice "¿cómo hacemos para que este otro también tenga su panel?" Eso es lo opuesto al localismo cerrado. Es localismo abierto: arraigo en un lugar, pero con las puertas sin llave.


Ronda 3: ¿Puede el Solarismo ser una escuela de cosmopolitismo?

Appiah reflexiona:

Usted habla de localismo abierto. Me recuerda a las tradiciones africanas del ubuntu: "yo soy porque nosotros somos". Eso es hermoso. Pero mi pregunta es más práctica: 

¿Cómo evita que su comunidad luminosa se convierta en una secta de la luz? 

Porque toda comunidad necesita reglas, necesita criterios de pertenencia. Y esos criterios, por benignos que sean, siempre generan un afuera. El cosmopolitismo no niega la necesidad de comunidades concretas. Pero insiste en que debemos tener doble lealtad: a lo local y a la humanidad entera. 

¿El Solarismo puede enseñar esa doble lealtad?

Cardozo:

El Solarismo puede ser una escuela de doble lealtad. Porque funciona así: primero, aprendes a cooperar con tus vecinos inmediatos. Instalas el panel, pagas la cuota, resuelves conflictos en asamblea. Eso te enseña que la cooperación es posible. Luego, cuando tu comunidad tiene excedente, te enfrentas a una decisión: ¿lo guardamos para nosotros o lo compartimos con la aldea de la montaña que aún está a oscuras? Esa decisión es un acto cosmopolita concreto. No abstracto. No se trata de sentir compasión por la humanidad desde el sofá. Se trata de enviar un técnico con paneles a la montaña.

Y concluye con una imagen potente:

El cosmopolitismo de Appiah es una gran conversación global. El Solarismo aporta la energía para que esa conversación no sea solo de palabras, sino de hechos. Porque sin luz, no hay biblioteca. Sin biblioteca, no hay educación. Sin educación, no hay cosmopolitismo posible. No estamos reñidos. Somos complementarios. Usted nos recuerda que debemos amar al extraño. Yo recuerdo que el extraño necesita luz para ser visto y para vernos.

-Conclusión: El Sol local y la aldea global

Moderador: 

Kwame Anthony Appiah y Lubio Lenin Cardozo han explorado la tensión entre lo local y lo universal. Appiah ha advertido sobre los peligros del localismo cerrado, pero ha reconocido el valor de las comunidades concretas como espacio de aprendizaje moral. Cardozo ha defendido un Solarismo de puertas abiertas, donde la generación local de energía es el primer paso para una solidaridad global concreta.

Appiah concede un punto final:

No me ha convencido del todo, Cardozo. Sospecho que su "localismo abierto" es más difícil de sostener en la práctica de lo que usted cree. Pero me ha dado algo valioso: la idea de que la energía —la luz literal— puede ser un vehículo para la obligación cosmopolita. Eso no es menor. Si logra que las comunidades solares se vean a sí mismas como nodos de una red global de cuidado, entonces quizás el Solarismo sea no solo una filosofía energética, sino una escuela de ciudadanía mundial. Eso sería un logro extraordinario.

Cardozo:

El Sol que calienta mi techo es el mismo que calienta el techo de un niño en una aldea de Malawi. No hay dos Soles. El Solarismo nos enseña que lo local y lo global no son opuestos: son dos escalas de una misma responsabilidad. Cuidar mi comunidad no es olvidar el mundo. Es la condición para poder ayudar al mundo sin hipocresía. Por eso digo: seamos locales con los pies y cosmopolitas con el corazón. Y sobre todo, seamos prácticos: instalemos paneles aquí y también allá. Porque la luz no entiende de fronteras, y el derecho a ella tampoco debería entenderlas.

Moderador: 

La pregunta queda en el aire: ¿puede una filosofía de la luz local ser verdaderamente universal sin diluirse? Cardozo apuesta por un cosmopolitismo desde abajo, hecho de paneles y cooperativas. Appiah le recuerda que el peligro del localismo siempre acecha. El debate sigue abierto.

El Sol local y la aldea global: por un Solarismo de puertas abiertas

 


Una de las tensiones más profundas de nuestro tiempo es la que existe entre la lealtad a lo local y la responsabilidad hacia lo global. ¿Podemos cuidar nuestra propia comunidad sin olvidar al extraño? ¿Podemos instalar paneles solares en nuestro tejado sin preguntarnos por la aldea que aún vive a oscuras en la otra punta del mundo? El filósofo Kwame Anthony Appiah ha defendido el cosmopolitismo: la idea de que cada ser humano tiene obligaciones morales con todos los demás, más allá de fronteras, culturas o religiones. Pero también reconoce el valor de los vínculos locales, de las identidades particulares que nos dan sentido.

Frente a él, el Solarismo que defiendo —una filosofía de la luz, la transparencia y la comunidad regenerativa— parece correr el riesgo de caer en un localismo cerrado. Porque cuando insisto en la descentralización, en la soberanía energética local, en la comunidad luminosa, ¿no estoy construyendo una muralla en lugar de un puente?

Appiah me ha obligado a enfrentar esa pregunta. Y mi respuesta es esta: el Solarismo no es un llamado al aislamiento, sino a la autonomía responsable. Una comunidad que genera su propia energía no se cierra al mundo; al contrario, deja de depender de las grandes corporaciones energéticas que cruzan fronteras para saquear recursos. La descentralización no es una muralla. Es la condición para un intercambio no jerárquico, para una solidaridad que no pase por los intermediarios del capital.

El peligro del localismo es real. Appiah tiene razón: la historia está llena de comunidades que se definieron por un territorio, una cultura o una tecnología, y que terminaron excluyendo al diferente. Por eso el Solarismo no puede ser solo una tecnología o una economía. Debe ser una ética. Y esa ética incluye un principio fundamental: la luz no se merece, se recibe. No hay examen de pureza étnica o cultural para acceder a un panel comunitario. El único requisito es ser humano y necesitar luz.

¿Qué pasa entonces con el migrante que llega a una comunidad solar? La respuesta solarista es: se le integra. Porque la energía solar no es un recurso escaso que haya que racionar entre los «nuestros». El Sol brilla para todos. La tecnología solar puede expandirse. Una comunidad luminosa auténtica no dice «no hay lugar para otro». Dice «¿cómo hacemos para que este otro también tenga su panel?». Eso es lo opuesto al localismo cerrado. Es localismo abierto: arraigo en un lugar, pero con las puertas sin llave.

El Solarismo puede ser una escuela de doble lealtad. Funciona así: primero, aprendes a cooperar con tus vecinos inmediatos. Instalas el panel, pagas la cuota, resuelves conflictos en asamblea. Eso te enseña que la cooperación es posible. Luego, cuando tu comunidad tiene excedente de energía, te enfrentas a una decisión: ¿lo guardamos para nosotros o lo compartimos con la aldea de la montaña que aún está a oscuras? Esa decisión es un acto cosmopolita concreto. No abstracto. No se trata de sentir compasión por la humanidad desde el sofá. Se trata de enviar un técnico con paneles a la montaña.

Appiah defiende una gran conversación global. El Solarismo aporta la energía para que esa conversación no sea solo de palabras, sino de hechos. Porque sin luz, no hay biblioteca. Sin biblioteca, no hay educación. Sin educación, no hay cosmopolitismo posible. No estamos reñidos. Somos complementarios. El cosmopolitismo nos recuerda que debemos amar al extraño. El Solarismo recuerda que el extraño necesita luz para ser visto y para vernos.

El Sol que calienta mi techo es el mismo que calienta el techo de un niño en una aldea de Malawi. No hay dos Soles. El Solarismo nos enseña que lo local y lo global no son opuestos: son dos escalas de una misma responsabilidad. Cuidar mi comunidad no es olvidar el mundo. Es la condición para poder ayudar al mundo sin hipocresía. Por eso digo: seamos locales con los pies y cosmopolitas con el corazón. Y sobre todo, seamos prácticos: instalemos paneles aquí y también allá. Porque la luz no entiende de fronteras, y el derecho a ella tampoco debería entenderlas.

El Solarismo que quiero no es una secta de la luz. Es una red de pequeñas estrellas que saben que su brillo solo tiene sentido si otras pueden también encenderse. No se trata de acumular energía para uno mismo, sino de irradiarla. Y la irradiación, por definición, no conoce límites. Ese es nuestro cosmopolitismo: no el de las declaraciones vacías, sino el de los paneles compartidos, las cooperativas solidarias, los excedentes que no se acaparan sino que se distribuyen.

Appiah me ha enseñado que el peligro del localismo siempre acecha. Pero yo le he mostrado que el Solarismo, bien entendido, lleva dentro de sí el antídoto: la convicción de que la luz es un bien común, y que ningún bien común es verdadero si se acapara. Por eso el Solarismo no teme al mundo. Al contrario: lo abraza. Un panel a la vez.

Lubio Lenin Cardozo

sábado, 11 de abril de 2026

La luz contra la excepción: por un Solarismo que no abandone al homo sacer

 


Hay vidas que pueden ser eliminadas sin que su muerte cuente como homicidio. Personas que habitan una tierra de nadie entre el derecho y la violencia. Espacios —campos de refugiados, centros de detención, fronteras— donde la ley se suspende y el poder soberano decide quién puede vivir y quién debe morir. El filósofo Giorgio Agamben ha dedicado su obra a desentrañar esta estructura que llama homo sacer: la vida desnuda, reducida a su pura biología, despojada de toda cualidad política. En esas zonas grises, la luz no entra. O entra solo como reflector de vigilancia.

Frente a este diagnóstico, el Solarismo que defiendo —una filosofía de la luz, la transparencia y la comunidad regenerativa— parece correr el riesgo de ser ingenua. Porque ¿qué puede decirle una ética solar a quien espera en la intemperie de una valla fronteriza? ¿Qué luz puede llegar a quien ni siquiera tiene derecho a tener derechos?

Agamben me ha obligado a enfrentar esa pregunta. Y mi respuesta es esta: el Solarismo no puede resolver de un plumazo la lógica de la excepción soberana, pero sí puede negarse a aceptarla como destino. Puede insistir en que el acceso a la energía —a la luz literal— es un derecho humano fundamental. Y que sin ese derecho, la vida políticamente cualificada, la bios, no puede siquiera empezar a reconstruirse.

Toda comunidad se define por lo que excluye. Agamben tiene razón: no hay frontera sin exterior. Pero el problema del homo sacer no es que existan límites, sino que esos límites sean opacos, arbitrarios, decididos por un soberano que nadie elige. La transparencia que propone el Solarismo no es la de la vigilancia masiva, sino la de la visibilidad democrática: la posibilidad de que la comunidad sepa quién está dentro, quién fuera y por qué. No para perpetuar la exclusión, sino para hacerla políticamente disputable. Un centro de detención secreto es el paraíso del poder arbitrario. Un centro de detención fotografiado por satélites, con paneles solares en sus techos, ya es un espacio donde la excepción empieza a resquebrajarse.

El estado de excepción se ha convertido en norma. Vivimos en un permanente «estado de emergencia» donde las garantías se suspenden en nombre de la seguridad, la crisis o la pandemia. En ese contexto, la transparencia es la primera víctima. Hay decretos secretos, detenciones sin juicio, centros que no figuran en los mapas. ¿Cómo ilumina el Solarismo una zona de excepción que se ha vuelto invisible por diseño?

No pretendo tener una respuesta mágica. Sería una arrogancia imperdonable. Pero el Solarismo aporta una convicción: la resistencia a la excepción también puede volverse norma. Instalar un panel solar en un campo de refugiados —aunque el soberano lo prohíba— es un acto político. Formar una cooperativa energética que incluya a personas sin papeles es una práctica de inclusión radical. Exigir que los centros de detención tengan techos transparentes para que la luz del sol entre, aunque las puertas estén cerradas, es una forma de hacer visible lo que el poder quiere ocultar. No son soluciones definitivas. Son tácticas. Pero las tácticas, acumuladas, pueden cambiar la estrategia.

¿Puede la comunidad luminosa incluir al homo sacer? Agamben me ha preguntado si el Solarismo está preparado para una comunidad que realmente no expulse a nadie, que no necesite un exterior para definirse. Esa es precisamente su prueba de fuego. El Solarismo no será verdadero mientras haya un solo ser humano en la oscuridad forzada. No mientras haya un solo refugiado que no pueda encender una lámpara. No mientras haya una sola persona encerrada sin acceso a la luz del día.

Por eso el Solarismo no es una ética de la pureza, sino una ética de la responsabilidad incondicional. No decimos «primero los nuestros». Decimos: la luz es para todos o no es para nadie. El homo sacer no necesita que le regalemos una filosofía. Necesita luz. Literalmente. El Solarismo se ocupa de esa literalidad. Y de paso, va transformando la metáfora.

Agamben me ha recordado que el poder soberano también puede instalar reflectores para vigilar mejor. La luz puede ser jaula o puede ser libertad. Depende de quién la controle. Por eso el Solarismo no es solo una tecnología, sino una política de la visibilidad contra la excepción invisible. Un panel en un techo comunitario no es la revolución. Pero es algo. Y algo es mejor que nada. Sobre todo cuando ese algo permite que un niño estudie de noche, que un hospital guarde vacunas, que una mujer dé a luz sin temor a la oscuridad.

El homo sacer es aquel cuya muerte no cuenta. El Solarismo dice: toda muerte cuenta, y toda vida merece luz. No pretendemos resolver la paradoja de la soberanía con un golpe de magia. Pretendemos, eso sí, que ningún ser humano sea abandonado en la oscuridad total. Porque la oscuridad es el cómplice del poder arbitrario. La luz, en cambio, es la condición de posibilidad de la mirada, del testimonio, del reclamo.

No es poco. Y es, sobre todo, un comienzo.

Lubio Lenin Cardozo

FORO FILOSÓFICO. Luz y excepción: ¿Puede el Solarismo iluminar al homo sacer?

 


Participantes

· Giorgio Agamben (filósofo italiano, autor de Homo sacer y Estado de excepción)

· Lubio Lenin Cardozo (proponente del Solarismo)

Moderador: La filosofía del siglo XXI se ha visto obligada a pensar lo que antes permanecía en los márgenes: la vida que puede ser eliminada sin que ello constituya un homicidio, los espacios donde el derecho se suspende, las figuras humanas reducidas a su mera existencia biológica. Giorgio Agamben ha dedicado décadas a desentrañar estas estructuras: el homo sacer, la vida desnuda, el estado de excepción como norma. Frente a él, Lubio Lenin Cardozo propone el Solarismo: una filosofía de la luz, la transparencia y la comunidad regenerativa que aspira a construir una polis de la vida compartida. 

¿Puede una ética de la luz responder a la lógica de la excepción soberana? 

¿O el Solarismo corre el riesgo de ignorar las zonas grises donde la ley se suspende y la vida queda desprotegida? 

Comienzan el debate.


Ronda 1: La vida desnuda y la luz que no llega

Agamben:

La política occidental se ha construido sobre una división fundamental: la que separa la zoe (la vida meramente biológica) de la bios (la vida políticamente cualificada). El homo sacer es aquel que puede ser muerto sin que su muerte cuente como homicidio, pero tampoco puede ser sacrificado ritualmente. Vive en una tierra de nadie entre el derecho y la violencia. Los campos de concentración, los centros de detención, las fronteras donde se apila a los refugiados son los espacios paradigmáticos de nuestra época. Allí la luz no entra o entra como reflector de vigilancia.

Usted, Cardozo, habla de "comunidad luminosa" y de "transparencia". Pero ¿qué puede decirle su filosofía al hombre o la mujer que espera en la intemperie de una valla fronteriza? ¿Qué luz puede llegar a quien ha sido reducido a homo sacer, a quien ni siquiera tiene derecho a tener derechos? Me temo que su Solarismo, tan atento a la energía y a la ecología, olvida la pregunta fundamental: ¿quién decide quién entra en la comunidad y quién queda afuera? Porque toda comunidad se define por su exterior, por lo que excluye.

Cardozo:

Es verdad no hay comunidad sin frontera. Pero el Solarismo no propone una frontera fija y violenta, sino una frontera luminosa: aquella que se hace visible para que pueda ser cuestionada. El problema del homo sacer no es que existan límites, sino que esos límites sean opacos, arbitrarios, decididos por un soberano que nadie elige. La transparencia que defiendo es precisamente la posibilidad de que la comunidad sepa quién está dentro, quién fuera y por qué. No para perpetuar la exclusión, sino para hacerla políticamente disputable.»

Tu hablas de la vida desnuda. Yo hablo de la vida irradiante: aquella que, incluso en la desnudez, conserva la capacidad de recibir y dar luz. Un refugiado en una frontera no es solo un cuerpo biológico. Es también alguien que sueña con encender una lámpara para sus hijos. El Solarismo no puede resolver de un plumazo la soberanía excluyente, pero puede insistir en que el acceso a la energía —a la luz— es un derecho humano fundamental. Y que sin ese derecho, la bios no puede siquiera empezar a reconstruirse.


Ronda 2: El estado de excepción como norma

Agamben:

Cardozo confía en la transparencia y en la disputa política. Yo he mostrado que el estado de excepción —la suspensión del orden jurídico— se ha convertido en la regla. Vivimos en un permanente "estado de emergencia" donde las garantías se suspenden en nombre de la seguridad, la crisis, la pandemia o el terrorismo. En ese espacio, la transparencia es la primera víctima. Los decretos secretos, las detenciones sin juicio, los centros que no figuran en los mapas. ¿Cómo ilumina su Solarismo una zona de excepción que se ha vuelto invisible por diseño?»

Por ejemplo:

Piense en los llamados "centros de migrantes" en Libia o en las fronteras de Europa. No hay transparencia. No hay comunidad. Solo hay vidas reducidas a su pura facticidad biológica. Allí ni siquiera hay paneles solares que instalar, porque la excepción soberana ha decidido que esas vidas no merecen ni siquiera la energía mínima para sobrevivir. ¿Qué hace el Solarismo ante eso?

Cardozo:

No pretendo que el Solarismo tenga una respuesta mágica para los campos de concentración. Sería una arrogancia imperdonable. Pero sí creo que la filosofía de la luz puede aportar algo: la exigencia de que la excepción no pueda permanecer en la sombra. El primer paso para desmontar un estado de excepción es hacerlo visible. Los satélites que fotografían los centros clandestinos, los testimonios que se filtran, los paneles solares que alguien instala clandestinamente para que haya un mínimo de luz donde el soberano ha decretado la oscuridad. Eso también es Solarismo: la convicción de que la luz es un derecho, y que ese derecho no se negocia.

Tu dices que la excepción se ha vuelto norma. Yo le respondo que la resistencia a la excepción también puede volverse norma. El Solarismo no se resigna a que haya espacios sin luz. No se resigna a que haya vidas que no puedan ser lloradas. Por eso propone comunidades descentralizadas: porque un poder central que declara la excepción es más difícil de controlar que mil pequeños núcleos luminosos que se niegan a apagarse. No es una solución definitiva. Es una táctica. Pero las tácticas, acumuladas, pueden cambiar la estrategia.


Ronda 3: ¿Puede la comunidad luminosa incluir al homo sacer?

Agamben:

Usted habla de resistencia, de tácticas. Me recuerda a los movimientos que, en los márgenes, construyen formas de vida que escapan al poder soberano. Pero mi pregunta es más radical: ¿puede su comunidad luminosa aceptar al homo sacer sin expulsarlo? Porque la estructura de la comunidad occidental siempre ha necesitado un exterior, una vida desnuda que la funde y la amenace al mismo tiempo. Si su Solarismo lograra realmente incluir a todos, sin residuo, sin resto, entonces ya no sería una comunidad política en el sentido occidental. Sería algo nuevo. ¿Está preparado para eso?»

Cardozo:

Tu me preguntas si el Solarismo puede incluir al que ha sido excluido por la soberanía. Y yo le respondo: esa es precisamente su prueba de fuego. El Solarismo no será verdadero mientras haya un solo ser humano en la oscuridad forzada. No mientras haya un solo refugiado que no pueda encender una lámpara. No mientras haya una sola persona encerrada en un centro de detención sin acceso a la luz del día. Por eso el Solarismo no es una ética de la pureza, sino una ética de la responsabilidad incondicional. No decimos "primero los nuestros". Decimos: la luz es para todos o no es para nadie.

¿Cómo se hace eso? No con discursos. Con hechos: instalando paneles solares en los campos de refugiados, aunque el soberano lo prohíba. Formando cooperativas energéticas que incluyan a los sin papeles. Exigiendo que los centros de detención tengan techos transparentes para que la luz del sol entre, aunque las puertas estén cerradas. Son pequeñas victorias. Pero cada victoria es un agujero en la lógica de la excepción. El homo sacer no necesita que le regalemos una filosofía. Necesita luz. Literalmente. El Solarismo se ocupa de esa literalidad. Y de paso, va transformando la metáfora.


Conclusión: La luz como resistencia a la excepción

Moderador: Giorgio Agamben y Lubio Lenin Cardozo han confrontado dos miradas sobre la política contemporánea. Agamben nos ha recordado que la soberanía moderna se define por su capacidad de suspender el derecho y reducir vidas a su pura materialidad biológica. Cardozo ha aceptado la dureza del diagnóstico, pero ha insistido en que la luz —incluso en los espacios de excepción— puede ser una forma de resistencia, una exigencia de visibilidad, una práctica concreta de inclusión.

Agamben concede un punto final:

No me convencerá de que el Solarismo pueda abolir el estado de excepción. Eso requeriría una transformación más profunda de la política occidental. Pero reconozco que su insistencia en la luz literal tiene una fuerza que muchas filosofías críticas han perdido: la fuerza de lo concreto. Instalar un panel en un campo de refugiados no es la revolución. Pero es algo. Y algo es mejor que nada. Sólo le pido que no olvide que el poder soberano también puede instalar reflectores para vigilar mejor. La luz puede ser jaula o puede ser libertad. Depende de quién la controle.

Cardozo:

El homo sacer es aquel cuya muerte no cuenta. El Solarismo dice: toda muerte cuenta, y toda vida merece luz. No pretendemos resolver la paradoja de la soberanía con un golpe de magia. Pretendemos, eso sí, que ningún ser humano sea abandonado en la oscuridad total. Porque la oscuridad es el cómplice del poder arbitrario. La luz, en cambio, es la condición de posibilidad de la mirada, del testimonio, del reclamo. Por eso el Solarismo es, ante todo, una política de la visibilidad contra la excepción invisible. No es poco. Y es, sobre todo, un comienzo.

Moderador: Este diálogo cierra el quinto foro. La serie continúa. La pregunta queda abierta: ¿puede una filosofía de la luz transformar los espacios donde el poder soberano ha decretado la muerte en vida? Cardozo dice que sí, paso a paso. Agamben dice que quizás, pero sin olvidar la estructura profunda que reproduce la exclusión. El debate sigue su curso.

Italia e le Comunità Energetiche Rinnovabili: un’opportunità storica per il Sud

 


L’Italia si trova in un momento decisivo della sua transizione energetica.

Al di là dei grandi progetti industriali, il Paese sta puntando su un modello innovativo, decentralizzato e profondamente sociale: le Comunità Energetiche Rinnovabili (CER).

Questo modello non rappresenta solo un cambiamento tecnologico, ma una vera trasformazione nel modo in cui l’energia viene prodotta, condivisa e gestita dai cittadini.

Cosa sono le Comunità Energetiche Rinnovabili?

Le CER sono associazioni di cittadini, imprese o enti locali che si organizzano per: produrre energia rinnovabile (principalmente solare),  condividerla a livello locale,  ridurre i costi energetici e  generare benefici economici e sociali

Questo modello trasforma i consumatori in veri e propri protagonisti del sistema energetico.

L’Italia, grazie alla sua posizione geografica e al suo elevato livello di irraggiamento solare, possiede un vantaggio competitivo naturale nello sviluppo del fotovoltaico.

Tuttavia, il vero valore delle CER non risiede solo nella produzione di energia, ma nella loro capacità di: decentralizzare il sistema elettrico, ridurre la dipendenza energetica dall’estero, rafforzare la resilienza delle comunità, democratizzare l’accesso all’energia.

In questo senso, le CER rappresentano un’evoluzione naturale verso un modello energetico più equilibrato e sostenibile.

Se esiste un territorio dove questo modello può esprimere tutto il suo potenziale, è il Sud Italia.

Regioni come la Puglia, la Calabria, la Sicilia e la Basilicata offrono condizioni eccezionali: alta irradiazione solare,  ampi spazi disponibili,  comunità che possono beneficiare direttamente di questo modello.

In queste aree, le CER non sono solo una soluzione energetica, ma uno strumento concreto di sviluppo territoriale.

Uno degli aspetti più interessanti delle CER è il loro impatto sociale.

Questo modello consente di: ridurre la povertà energetica, generare valore economico a livello locale, favorire la cooperazione tra cittadini,  valorizzare territori storicamente svantaggiati.

Nel Sud Italia, questo può rappresentare una vera trasformazione strutturale.

Lo sviluppo delle Comunità Energetiche Rinnovabili solleva una domanda fondamentale:

L’energia può diventare il motore di una nuova coesione sociale e territoriale?

Nel caso italiano, la risposta sembra essere positiva.

Ma il successo dipenderà da:capacità di implementazione, partecipazione attiva dei cittadini,  integrazione con le politiche pubbliche, e visione strategica a lungo termine.

Riflessione finale

L’Italia non sta solo avanzando nella transizione energetica. Sta sperimentando un modello capace di ridefinire il rapporto tra energia, territorio e società.

E in questo processo, il Sud ha l’opportunità di trasformarsi da area storicamente periferica a epicentro della nuova economia solare europea.

Lubio Lenin Cardozo

viernes, 10 de abril de 2026

FORO FILOSÓFICO. La comunidad luminosa frente a la razón neoliberal

 


Participantes:

· Wendy Brown (filósofa política estadounidense, autora de El pueblo sin atributos y En las ruinas del neoliberalismo)

· Lubio Lenin Cardozo (proponente del Solarismo)

Moderador:  Wendy Brown ha demostrado que el neoliberalismo no es solo un conjunto de políticas de desregulación y privatización. Es una racionalidad —una forma de razonar, de subjetivar, de vivir— que convierte cada esfera de la existencia en un mercado, cada acción en una inversión, cada ser humano en un capital humano. Frente a ella, Lubio Lenin Cardozo defiende el Solarismo: una filosofía de la luz, la transparencia, la comunidad descentralizada y la cooperación luminosa.

 ¿Puede el Solarismo resistir la disolución neoliberal? 

¿O la lógica del capital acabará devorando también la promesa solar? 

El debate comienza.


Ronda 1: Dos diagnósticos del presente

Wendy Brown:

El neoliberalismo no es el retorno del liberalismo clásico. Es algo mucho más sutil y total: una racionalidad que extiende la lógica del mercado a todas las dimensiones de la vida. Ya no hay “fuera” del mercado. El amor, la crianza, la educación, la salud, la vejez, incluso la imaginación política —todo se vuelve capital humano, inversión, competencia.

Desarrolla su diagnóstico mirando de frente al Solarismo:

Usted, Cardozo, habla de “comunidad luminosa”. Pero el neoliberalismo ha destruido la comunidad como espacio de solidaridad incondicional. La ha transformado en “red de contactos”, en “capital social”, en “colaboración para la empleabilidad”. Su transparencia —tan querida por el Solarismo— puede ser fácilmente capturada por la lógica neoliberal: transparencia de datos, transparencia de rendimiento, transparencia como vigilancia. 

¿Su ética de la luz no es, acaso, el sueño húmedo de un gerente de recursos humanos que quiere trabajadores “comprometidos” pero no sindicalizados?

Cardozo:

Wendy, el Solarismo nace precisamente en un país —Venezuela— donde el neoliberalismo salvaje fue impuesto a sangre y fuego, y donde luego vimos cómo incluso las políticas supuestamente “anti-neoliberales” podían reproducir lógicas de competencia y exclusión. El Solarismo no es ingenuo frente al capital.

Cuando hablo de comunidad luminosa, no hablo de “red de contactos”. Hablo de vínculo gratuito —de dar sin esperar retorno, como da el Sol. El Solarismo se opone radicalmente a la lógica de la inversión. Un panel solar comunitario no se instala para que cada quien saque su rentabilidad; se instala para que todos tengan luz, y especialmente los que menos tienen. Eso es antineoliberal en su médula.

 ¿Puede el neoliberalismo cooptar esa lógica? 

Claro que lo intenta. Por eso el Solarismo no es solo una tecnología: es una pedagogía de la gratuidad y la reciprocidad no mercantil.


Ronda 2: La trampa de la transparencia y el individualismo

Brown:

Me gusta eso de “vínculo gratuito”. Pero déjeme preguntarle: 

¿Cómo se sostiene ese vínculo sin instituciones fuertes? 

Porque el neoliberalismo no solo mercantiliza; también desmantela el Estado —al menos el Estado que protege, regula y redistribuye. Lo reemplaza por la “responsabilidad individual”, la “resiliencia”, el “empoderamiento”. 

¿Su Solarismo no corre el riesgo de caer en ese mismo lenguaje? 

Usted habla de “comunidad descentralizada”, de “pequeños soles”. Pero sin un Estado que garantice que nadie quede fuera, la descentralización puede significar simplemente que los ricos tienen sus paneles y los pobres siguen a oscuras.»

Pone un ejemplo concreto:

Piense en los programas de “energía comunitaria” en Estados Unidos. Suenan hermosos. Pero a menudo terminan siendo cooperativas donde los vecinos con ingresos medios se asocian, mientras los más pobres no pueden pagar la cuota inicial. Eso no es anti-neoliberal: es neoliberalismo con rostro verde. La transparencia que usted defiende puede ser usada para medir el “rendimiento solar” de cada hogar, creando nuevos rankings, nuevas jerarquías. ¿Dónde queda la gratuidad incondicional en ese esquema?

Cardozo:

Usted tiene toda la razón en el diagnóstico de la trampa. Por eso el Solarismo insiste en que no puede haber transición energética justa sin Estado comunitario —no el Estado neoliberal que se retira, ni el Estado autoritario que controla, sino un Estado que garantiza el derecho universal a la luz como derecho humano básico. Eso significa: paneles solares gratuitos para los más pobres, financiados con impuestos progresivos a las grandes corporaciones energéticas. Significa: tarifas escalonadas donde quien más consume más paga, y quien menos consume recibe un bono solar. Significa: que ninguna cooperativa puede excluir a un vecino por falta de pago inicial.

Usted habla de la transparencia como posible herramienta de vigilancia. Y tiene razón. Por eso el Solarismo no propone una transparencia ingenua, sino una transparencia democrática: aquella que permite que la comunidad audite a sus representantes, pero que también protege la intimidad de las personas. No se trata de que todo sea visible, sino de que las cadenas de poder —quién decide, quién instala, quién cobra— sean visibles. Eso es lo opuesto a la opacidad corporativa que el neoliberalismo adora.


Ronda 3: ¿Puede el Solarismo reconstruir lo común?

Brown:

«Usted propone un Estado comunitario. Suena hermoso. Pero ¿de dónde sacamos la voluntad política para construirlo? El neoliberalismo no solo ha desmantelado instituciones; ha producido subjetividades. Nos ha enseñado a desconfiar de lo colectivo, a ver al vecino como competidor, a pensar que la solidaridad es una pérdida de tiempo. 

¿Cómo desaprende el Solarismo esa lección?

¿Cómo convence a un individuo neoliberal —que solo confía en su cuenta bancaria y en su capacidad de “emprender”— de que entregue parte de su energía a una comunidad que no sabe si le devolverá algo?

Cardozo:

No tengo una receta mágica. Pero sí tengo una convicción: las subjetividades que el neoliberalismo produce no son eternas. También pueden ser desproducidas. Y el Solarismo es, ante todo, una práctica: instalas un panel colectivo, y de pronto los vecinos tienen que acordar horarios, repartir tareas, resolver conflictos. Eso es pedagogía política. Aprenden a confiar, no porque sean buenos, sino porque la necesidad los obliga a cooperar. Y en esa cooperación, algo cambia en el alma.

El neoliberalismo nos hizo creer que éramos islas. El Solarismo nos recuerda que, sin la luz del Sol, ninguna isla sobrevive. Y que esa luz es un bien común por naturaleza —el Sol no le cobra a nadie por brillar. La tecnología solar es solo una mediación. Lo importante es que, al compartirla, aprendemos a compartir otras cosas: el agua, el cuidado, el conocimiento. No digo que sea fácil. Digo que es posible. Y que ya está ocurriendo en miles de comunidades cooperativas en el mundo, desde Bangladesh hasta Andalucía, desde Chiapas hasta mi Venezuela.

Usted, Wendy, ha escrito sobre las ruinas del neoliberalismo. Yo leo sus ruinas y veo también brotes.

¿No será el Solarismo uno de esos brotes? 

¿Una filosofía que nace precisamente de la necesidad de reconstruir lo común allí donde el mercado lo había arrasado todo?


Conclusión: La luz como bien común

Moderador: Wendy Brown y Lubio Lenin Cardozo  confrontan dos diagnósticos del presente. Ella nos ha recordado que el neoliberalismo no es una tormenta pasajera, sino una transformación profunda de nuestra subjetividad y nuestras instituciones. Él ha aceptado la dureza del diagnóstico, pero ha insistido en que hay prácticas —la cooperación solar, la comunidad energética, la transparencia democrática— que pueden sembrar alternativas concretas.

Brown:

El neoliberalismo es más resistente de lo que usted cree. Pero reconozco que su Solarismo tiene algo que muchos discursos críticos han perdido: una utopía concreta. No se queda en la denuncia. Propone. Y eso es raro y valioso. Solo le pido que no subestime la capacidad del capital de cooptarlo todo —incluso la gratuidad, incluso el Sol. Si su comunidad luminosa no construye poder político real, si no lucha por un Estado que garantice lo común, entonces sus paneles serán apenas un consuelo ecológico para los que ya tienen todo.»

Cardozo:

El neoliberalismo nos dijo: “Usted es su propia empresa”. El Solarismo responde: “Usted es su propia estrella, pero una estrella no brilla sola; brilla en una galaxia, en una constelación, en un cielo compartido”. No subestimo al capital. Pero tampoco subestimo la capacidad de la luz de abrirse paso entre las grietas. Construyamos esas grietas, Wendy. Instalemos paneles, sí, pero también asambleas, también presupuestos participativos, también escuelas donde se aprenda a cooperar en lugar de competir. Ese es el Solarismo que quiero: ni ingenuo ni derrotado. Simplemente luminoso y terco.

Moderador: Este diálogo deja una pregunta en el aire: ¿puede una filosofía de la luz sobrevivir a la noche neoliberal? Cardozo dice que sí, pero no sin lucha. Brown dice que tal vez, pero no sin sospecha. El debate sigue abierto.

La comunidad luminosa contra la razón neoliberal

 


El neoliberalismo no es solo una política económica. No se agota en privatizaciones, desregulaciones o recortes del gasto público. Como nos ha enseñado Wendy Brown, es algo mucho más profundo y silencioso: una racionalidad, una forma de razonar y de vivir que convierte cada rincón de la existencia en un mercado, cada acción en una inversión, cada ser humano en un capital humano.

Esta lógica no se detiene en las fronteras de lo económico. Penetra el amor, la amistad, la crianza, la vejez, la salud, la educación. Nos enseña a vernos a nosotros mismos como pequeñas empresas, a nuestros vecinos como competidores, a la solidaridad como una pérdida de tiempo. Y lo más inquietante: nos hace creer que no hay alternativa.

Frente a este diagnóstico —que comparto en lo esencial—, el Solarismo que propongo se presenta como una filosofía de la luz, la transparencia y la comunidad regenerativa. Pero Brown  ha lanzado una advertencia que no se puede ignorar: ¿no corre el Solarismo el riesgo de ser cooptado por esa misma racionalidad neoliberal? 

¿No puede la “comunidad luminosa” convertirse en una “red de contactos”, la “transparencia” en vigilancia, la “descentralización” en abandono estatal?

La pregunta es legítima y  obliga a afinar la propuesta.

En primer lugar, el Solarismo no es una red de contactos. Cuando hablo de comunidad luminosa, no me refiero al capital social que mide el Banco Mundial. Me refiero al vínculo gratuito: dar sin esperar retorno, como da el Sol. Un panel solar comunitario no se instala para maximizar la rentabilidad individual; se instala para que todos tengan luz, especialmente los que menos tienen. Esa lógica de la gratuidad es radicalmente antineoliberal. El problema, como señala Brown, es que el neoliberalismo es experto en disfrazarse: puede vestirse de cooperativa, de economía verde, de empoderamiento comunitario, y seguir vaciando lo común.

Por eso el Solarismo no puede ser solo una tecnología ni una ética blanda. Debe ser una política. Y una política con instituciones fuertes.

En segundo lugar, la transparencia que defiendo no es la de los datos abiertos para el mercado. No es la que permite a una corporación medir el “rendimiento solar” de cada hogar y crear nuevos rankings de eficiencia. Es la transparencia democrática: aquella que permite a la comunidad auditar a sus representantes, conocer quién decide, quién instala, quién cobra, pero que al mismo tiempo protege la intimidad de las personas. No se trata de que todo sea visible, sino de que las cadenas de poder sean visibles. Eso es lo opuesto a la opacidad corporativa que el neoliberalismo adora.

En tercer lugar, la descentralización no puede ser una excusa para desmantelar el Estado. Brown tiene razón cuando advierte que el neoliberalismo ha reemplazado la protección estatal por la “responsabilidad individual” y la “resiliencia”. Un Solarismo ingenuo que dijera “cada comunidad que se las arregle” sería cómplice de ese abandono. Por eso el Solarismo que propongo incluye la exigencia de un Estado comunitario: un Estado que garantice el derecho universal a la luz como derecho humano básico. Eso significa paneles gratuitos para los más pobres, financiados con impuestos progresivos. Significa tarifas escalonadas donde quien más consume más paga. Significa que ninguna cooperativa pueda excluir a un vecino por falta de pago inicial.

¿De dónde sacamos la voluntad política para construir algo así? Brown  recuerda que el neoliberalismo no solo ha desmantelado instituciones; ha producido subjetividades. Ha sembrado desconfianza en lo colectivo. ¿Cómo se desaprende esa lección?

Tengo esta convicción: las subjetividades neoliberales no son eternas. Pueden ser desproducidas. Y el Solarismo es, ante todo, una práctica. Cuando un grupo de vecinos instala un panel colectivo, tiene que acordar horarios, repartir tareas, resolver conflictos. Esa pequeña pedagogía política puede cambiar algo en el alma. Aprenden a confiar, no porque sean virtuosos, sino porque la necesidad los obliga a cooperar. Y en esa cooperación, germina lo común.

El neoliberalismo nos dijo que éramos islas. El Solarismo responde que ninguna isla sobrevive sin la luz del Sol, y que esa luz es un bien común por naturaleza —el Sol no le cobra a nadie por brillar. La tecnología solar es solo una mediación. Lo importante es que, al compartirla, aprendemos a compartir otras cosas: el agua, el cuidado, el conocimiento.

No subestimo al capital. Es astuto, flexible, capaz de cooptar incluso la gratuidad. Pero tampoco subestimo la capacidad de la luz de abrirse paso entre las grietas. Construyamos esas grietas. Instalemos paneles, sí, pero también asambleas, presupuestos participativos, escuelas donde se aprenda a cooperar en lugar de competir.

Ese es el Solarismo que se propone: ni ingenuo ni derrotado. Simplemente luminoso y terco. Porque la noche neoliberal es larga, pero el Sol —bien administrado, comunitariamente gestionado, políticamente defendido— sigue siendo la mejor metáfora de la esperanza.

Lubio Lenin Cardozo

jueves, 9 de abril de 2026

FORO FILOSÓFICO. Luz Solar vs. Lodo Cyborg: ¿Un parentesco limpio para un planeta sucio?

 


Donna Haraway (filósofa y bióloga estadounidense, autora del Manifiesto Cyborg y Seguir con el problema),  Vs. Lubio Lenin Cardozo (proponente del Solarismo)


Moderador: 

Donna Haraway nos ha enseñado que no hay criaturas puras, que todos somos cyborgs —híbridos de máquina y organismo— y que la única manera de habitar el Antropoceno es seguir con el problema, hacer parentesco con las criaturas más extrañas y aprender a vivir en el lodo, el compost y la basura. Frente a ella, Lubio Lenin Cardozo defiende el Solarismo: una filosofía de la luz, la transparencia y la comunidad regenerativa. 

¿Son compatibles la limpieza solar y la suciedad cyborg? 

¿Puede el Solarismo hacer parentesco con los monstruos? 

El debate comienza.


Ronda 1: Dos formas de imaginar el futuro

Haraway:

Lubio! Tu lenguaje está lleno de palabras que me ponen nerviosa: transparencia, pureza, luz, regeneración. Suenan como un anuncio de jabón. Y ya sabemos lo que pasa con la limpieza obsesiva: siempre termina echando a alguien a la basura. Yo, en cambio, propongo que aprendamos a ser basura. No en el sentido de desecho, sino en el sentido de compost: materia que se descompone para dar vida nueva.

Tu Solarismo habla de 'comunidad luminosa'. Pero las comunidades reales son cyborgs: mezclas de humanos, perros, bacterias, paneles solares, cables, algoritmos, virus. No hay luz sin sombra, ni pureza sin contaminación. Mi pregunta es: ¿tu ética de la transparencia puede aceptar la opacidad radical de los otros? Porque un cyborg no es transparente. Un cyborg es un nudo de relaciones parciales, de conexiones que nunca se terminan de entender. ¿Puede el Solarismo hacer parentesco con lo monstruoso?

Cardozo:

Donna, las mezclas no deben asustar. El Solarismo no es una religión de la pureza. Es una ética de la responsabilidad luminosa. Cuando hablo de transparencia, no me refiero a una limpieza aséptica. Me refiero a que las cadenas de poder sean visibles, a que la comunidad sepa quién decide, a que la energía no sea un secreto de Estado. Eso no es incompatible con reconocer que estamos hechos de barro, bacterias y electrones.

Tu habla de cyborgs. Yo hablo de soles humanos: criaturas que no son ni ángeles ni bestias, sino seres capaces de irradiar cuidado. Un panel solar es una máquina, sí. Pero también es una metáfora de la reciprocidad: recibe luz y la devuelve como energía. Eso no es limpieza: es ciclo. El Solarismo no teme a la descomposición. Al contrario, entiende que la muerte es parte de la vida. Pero cree que podemos orientar ese ciclo hacia la vida, no hacia la muerte masiva.


Ronda 2: La crítica del "solucionismo solar"

Haraway:

Lubio, espero que el Solarismo no caiga en lo que yo llamo el solucionismo: la idea de que un solo elemento (la luz, la tecnología, la energía limpia) va a resolver todos los problemas. Eso es una trampa. El Antropoceno —o mejor, el Capitaloceno— no se resuelve con paneles. Se resuelve con parentesco: aprender a vivir con las criaturas que hemos dañado, con los residuos que hemos creado, con los monstruos que hemos engendrado.

Ye pongo un ejemplo concreto:

"Tú dices 'comunidad solar'. Pero, ¿qué pasa con los pájaros que chocan contra los espejos de las plantas termosolares? ¿Qué pasa con los ecosistemas arrasados para instalar megaplantas en el desierto? ¿Qué pasa con los trabajadores que reciclan paneles rotos sin protección? El Solarismo parece querer un mundo limpio, ordenado, luminoso. Yo quiero un mundo sucia y hermosamente cyborg: donde los paneles convivan con líquenes, donde las baterías sean también hogar de hongos, donde la energía no sea un flujo unidireccional sino una danza de actantes.

Cardozo:

Tienes razón en algo importante: el Solarismo no puede ser un solucionismo. No creemos que la energía solar, por sí sola, vaya a salvar el mundo. Lo que salva el mundo es una política de la luz que incluya la reparación, el cuidado y la humildad. Por eso el Solarismo insiste en la descentralización: no megaplantas en el desierto, sino miles de pequeños techos solares. No espejos que matan pájaros, sino integración con la biodiversidad.

Tu habla de cyborgs y de parentesco con lo monstruoso. Yo  pregunto: ¿ese parentesco incluye el derecho a la luz? Porque hoy hay millones de personas que viven en la oscuridad energética. Sus hijos no pueden estudiar de noche, sus hospitales no pueden guardar vacunas, sus mujeres dan a luz a la luz de velas. Eso no es cyborg. Eso es abandono. El Solarismo no busca pureza; busca que nadie quede a oscuras. Y si para eso necesitamos paneles, cables, baterías y sí, también algo de suciedad industrial, lo asumimos. Pero siempre con transparencia y justicia.


Ronda 3: ¿Puede la luz hacer parentesco con la basura?

Haraway:

Tienes razón en lo de la oscuridad. No quiero romantizar la penuria. Pero cuidado: la solución no es 'luz para todos' a cualquier precio. La solución es hacer parentesco con los problemas. Aceptar que no hay respuestas limpias. Que cada panel solar tendrá una vida y una muerte. Que sus residuos serán nuestros compañeros durante siglos.

¿Estás dispuesto a hacer parentesco con los paneles rotos? ¿A sentarte con ellos, a aprender de ellos, a llorarlos cuando mueren?

Te descrivo una imagen:

Yo sueño con un mundo donde los paneles solares tengan atestados de nacimiento y defunción, donde sus materiales se devuelvan a la tierra como compost tecnológico. Donde las comunidades no solo 'usen' energía, sino que celebren la vida y la muerte de cada artefacto. Eso es cyborg. Eso es sucio, lento, difícil. 

¿Tu Solarismo está listo para eso?

Cardozo:

Donna, tu me está pidiendo que el Solarismo no sea una filosofía de la victoria, sino de la responsabilidad fúnebre. Y yo acepto. Porque el Solarismo verdadero no dice 'el Sol vence a la muerte'. Dice: 'el Sol nos recuerda que cada día termina, y que debemos preparar la noche'."

Así que sí: hagamos parentesco con los paneles rotos. Diseñemos tecnología para que sus materiales sean reutilizables. Creemos rituales comunitarios para desmantelar una batería agotada. Que cada instalación solar incluya un plan de entierro digno. Eso no es antitético al Solarismo; es su expresión más profunda. Porque la luz no es eterna, pero el ciclo sí. El Solarismo no teme a la basura; teme a la irresponsabilidad: a que la basura termine envenenando a los más débiles sin que nadie lo sepa.

Tu quieres un mundo cyborg, hecho de alianzas extrañas, de monstruos y compost. Yo quiero un mundo solar, hecho de ciclos luminosos, de transparencia y comunidad. Pero quizás no sean opuestos. Quizás un solarismo cyborg sea posible: una filosofía donde la luz se ensucie con el barro de la Tierra, y donde el cyborg recuerde que toda su energía viene de una estrella. 

¿No sería hermoso? ¿No sería, justamente, seguir con el problema?"


Conclusión: Hacia un solarismo cyborg

Moderador:  Donna Haraway nos ha recordado que no hay soluciones mágicas, que toda tecnología deja residuos y que debemos aprender a hacer parentesco incluso con lo que desechamos. Lubio Lenin Cardozo, por su parte, ha mostrado que el Solarismo puede ser flexible: no una religión de la pureza, sino una ética de la responsabilidad cíclica.

Haraway concede un punto final:

Lubio, acepto que tu Solarismo no es un lavado de cara verde. Tiene dientes. Y tiene humildad. Si logras que las comunidades solares también sean comunidades de compost, si tus paneles incluyen un ritual de despedida, si tu luz sabe convivir con la oscuridad, entonces quizás podamos caminar juntos. Pero no me pidas que abandone el lodo. El lodo es mi casa.

Cardozo:

El Solarismo no te pide que abandones el lodo. Te pide que el lodo reciba luz. Porque incluso el barro más oscuro necesita un rayo de sol para que la vida brote. Usted me ha enseñado que no hay luz sin sombra. Yo le enseño que no hay sombra que no pueda ser habitada por un poco de luz. Hagamos entonces un pacto: solarismo cyborg para un planeta herido. Ni limpio ni sucio, sino justo. Ni puro ni monstruoso, sino responsable.


Moderador: l

La invitación queda abierta: seguir con el problema, ensuciarse las manos, pero sin olvidar que la luz —bien administrada— sigue siendo la mejor metáfora de la esperanza.

Solarismo cyborg: aprender del lodo

 


Cuando hablo del Solarismo, como filosofía, se propone a la luz como principio ético, la transparencia como virtud y la comunidad regenerativa como horizonte—, a menudo recibo una objeción pero en este caso lo agradezco profundamente. Viene de una de las pensadoras más lúcidas de nuestro tiempo, Donna Haraway, quién me dice:

Lubio tu lenguaje está lleno de palabras que me ponen en alerta: transparencia, pureza, luz, regeneración. Suenan como un anuncio de jabón. Y ya sabemos lo que pasa con la limpieza obsesiva: siempre termina echando a alguien a la basura.

Haraway no defiende la mugre por la mugre. Lo que ella propone es que no hay criaturas puras. Todos somos cyborgs: híbridos de carne, máquinas, bacterias, cables, algoritmos, virus. Las comunidades reales no son luminarias celestiales; son nudos de relaciones parciales, opacas a veces, siempre inacabadas. Su metáfora no es el jabón, sino el compost: materia que se descompone para dar vida nueva.

¿Puede el Solarismo hacerle un lugar al lodo? 

¿O está condenado a ser una religión de la limpieza que termina desechando lo que no brilla?

La tentación del «solucionismo» es real. Haraway lo señala con ironía: la idea de que un solo elemento —la luz, la tecnología solar, la energía limpia— va a resolver todos los problemas. Y tiene razón al recordarnos que los espejos de las plantas termosolares matan pájaros, que las megaplantas arrasan ecosistemas, que los paneles rotos se acumulan en vertederos del Sur global mientras los trabajadores los reciclan sin protección. Un Solarismo que ignore estas sombras no sería una filosofía de la vida, sino una nueva máscara del extractivismo luminoso.

Pero el Solarismo no es eso. No es una fe en la tecnología como salvación, ni un optimismo ingenuo que borra los residuos bajo la alfombra. Por eso mismo insiste en la descentralización: no megaplantas en el desierto, sino miles de pequeños techos solares. No flujos unidireccionales de energía que reproducen las jerarquías del capital, sino cooperativas locales donde la comunidad decide. Y sobre todo, una ética que no teme a la descomposición, sino que la entiende como parte del ciclo.

Haraway me pregunta: «¿Estás dispuesto a hacer parentesco con los paneles rotos? ¿A sentarte con ellos, a aprender de ellos, a llorarlos cuando mueren?»

Mi respuesta es simple: El Solarismo no puede limitarse a celebrar la luz si no sabe qué hacer con la oscuridad de los residuos, con la muerte de los artefactos, con la basura que dejamos atrás. Por eso he llegado a aceptar que el Solarismo debe ser también una filosofía de la responsabilidad fúnebre. No dice «el Sol vence a la muerte». Dice: «el Sol nos recuerda que cada día termina, y que debemos preparar la noche».

Así que sí: hagamos parentesco con los paneles rotos. Diseñemos tecnología para que sus materiales sean reutilizables. Creemos rituales comunitarios para desmantelar una batería agotada. Que cada instalación solar incluya un plan de entierro digno. Eso no es antitético al Solarismo; es su expresión más profunda. Porque la luz no es eterna, pero el ciclo sí. El Solarismo no teme a la basura; teme a la irresponsabilidad: a que la basura termine envenenando a los más débiles sin que nadie lo sepa.

Haraway quiere un mundo cyborg, hecho de alianzas extrañas, de monstruos y compost. Yo quiero un mundo solar, hecho de ciclos luminosos, de transparencia y comunidad. Pero quizás no sean opuestos. Quizás un solarismo cyborg sea posible: una filosofía donde la luz se ensucie con el barro de la Tierra, y donde el cyborg recuerde que toda su energía viene de una estrella.

El Solarismo no le pide a Haraway que abandone el lodo. Le pide que el lodo reciba luz. Porque incluso el barro más oscuro necesita un rayo de sol para que la vida brote. Ella me ha enseñado que no hay luz sin sombra. Yo le enseño que no hay sombra que no pueda ser habitada por un poco de luz.

De lo que se trata entonces es hacer un pacto: ni limpio ni sucio, sino justo. Ni puro ni monstruoso, sino responsable. Y sigamos con el problema —como dice Haraway—, pero sin olvidar que la luz, bien administrada, sigue siendo la mejor metáfora de la esperanza.

Lubio Lenin Cardozo

FORO FILOSÓFICO . El Faro y la Sombra: Necropolítica frente a la ética de la transparencia

 


Achille Mbembe (filósofo camerunés, autor de Necropolítica) vs Lubio Lenin Cardozo (proponente del Solarismo)

Moderador: Achille Mbembe nos ha enseña que la soberanía política moderna consiste no solo en "dejar vivir", sino en decidir quién puede morir. Su concepto de necropolítica describe un mundo donde ciertas vidas son desechables: en fronteras, periferias, campos de refugiados, territorios neocoloniales. Frente a esto, Lubio Lenin Cardozo propone el Solarismo: una ética de la luz, la transparencia y la comunidad regenerativa.

¿Puede una filosofía solar responder a la lógica de la muerte? 

¿O el propio Solarismo corre el riesgo de ser una nueva máscara del extractivismo luminoso? 

El debate comienza.

Ronda 1: Dos formas de ver el mundo

Mbembe:

La historia del capitalismo es una historia de saqueo. Primero fue la sangre, luego el petróleo, ahora el litio y el silicio. Usted, Cardozo, habla de energía solar como salvación. Pero permítame preguntarle: 

¿de dónde vienen los paneles solares? ¿Quién extrae el coltán en el Congo? ¿Quién muere en las minas de litio en Bolivia para que los ricos del Norte puedan irradiar 'transparencia'? 

El Sol no quema por igual. El faro que alumbra el puerto deja en la sombra a los que naufragan.

La necropolítica es esa capacidad de decidir qué vidas importan y cuáles son abandonadas a la muerte. Cuando usted propone una 'comunidad luminosa', yo le pregunto: 

¿quién queda fuera de esa comunidad? 

Porque toda luz proyecta una sombra. Y en esa sombra es donde el poder soberano sigue ejerciendo su vieja violencia.

Cardozo:

No ignoro el horror que usted describe. Pero el Solarismo no es ingeniería tecnológica; es una ética. Precisamente porque sabemos que el extractivismo mata, proponemos una transición que no repita esas lógicas. La energía solar no es inherentemente limpia si su cadena de producción es sucia. Por eso el Solarismo insiste en la transparencia total de las cadenas de suministro, en la justicia energética, en la descentralización que impide que unos pocos controlen el flujo de la luz.

Usted dice que el faro deja sombras. Pero el Solarismo no es un faro que ilumina desde arriba. Es un pueblo de pequeños soles descentralizados: techos solares comunitarios, cooperativas energéticas, redes locales que no necesitan de un soberano que decida quién vive. Si hay necropolítica hoy, es porque seguimos atados al carbono, al petróleo, a las dictaduras petroleras. La energía solar, bien gestionada, puede ser el fin de esa geopolítica de la muerte.


Ronda 2: ¿El Solarismo como nuevo extractivismo luminoso?

Mbembe:

Usted confía en la descentralización. Yo confío en el poder. El capitalismo es un camaleón: se viste de verde, de solar, de ético, y sigue extrayendo. Ya vimos cómo las tierras raras para paneles solares se extraen con trabajo infantil. Ya vimos cómo los residuos de paneles fotovoltaicos se exportan a vertederos africanos. Su 'transparencia' es una ilusión si no hay un poder global que regule con dureza. 

¿Y quién tiene ese poder? Los mismos de siempre.

El Solarismo suena hermoso en un coloquio en Canada o en una ONG en Berlín. Pero en el Sahel, donde el sol quema la tierra y los agricultores mueren por la sequía mientras las multinacionales instalan megaplantas solares para exportar energía a Europa, allí el Sol no es vida: es muerte lenta. Usted habla de 'ética de la luz'. Yo hablo de necrosolarismo: un sistema donde la energía del Sur alimenta el lujo del Norte, y los cuerpos del Sur siguen siendo desechables.

Cardozo:

Usted tiene razón en el diagnóstico, Cuando dice  que ya existen formas de 'extractivismo solar'. Pero el Solarismo no es eso. El Solarismo es, ante todo, una crítica radical de la acumulación. Por eso se propone:

· Tecnología abierta y local: paneles fabricados en los mismos territorios donde se instalan.

· Reparación histórica: que las primeras comunidades beneficiadas sean aquellas que sufrieron el extractivismo fósil.

· Derecho a la opacidad energética: cada comunidad decide cuánto y cómo comparte su excedente, sin obligación de integrarse en redes globales extractivas.

Usted ve el Sol y ve un nuevo colonialismo. Yo veo la posibilidad de romper ese colonialismo. El problema no es la luz: es quién controla los rayos. El Solarismo no es una tecnología; es una política de la luz. Y esa política debe ser antinecropolítica por definición.


Ronda 3: El caso del litio y el derecho a decir que no

Mbembe:

La historia me ha enseñado que las éticas sin ejércitos, sin aduanas, sin tribunales internacionales, son canciones de cuna. Mientras haya Estados que decidan quién vive y quién muere, su 'comunidad luminosa' será una isla rodeada de cadáveres.

¿Cómo impide el Solarismo que una dictadura instale paneles solares para vigilar mejor a sus ciudadanos?

 ¿Cómo evita que una corporación compre tierras en el desierto para acaparar la luz? 

La transparencia no es un escudo: es una promesa que los poderosos nunca cumplen.

Pongamos un caso real: el litio en el salar de Atacama. Las comunidades indígenas llevan años pidiendo que no se extraiga más litio, ni siquiera para 'energía limpia'. Dicen: 'La tierra es sagrada, el agua es vida, no queremos que nos conviertan en proveedores del coche eléctrico europeo'. 

¿Qué dice su Solarismo?

¿Extraemos litio con 'transparencia' y 'justicia'? 

¿O respetamos el derecho absoluto de esas comunidades a decir no, aunque eso retrase la transición energética global?

Cardozo:

El Solarismo dice: la primera luz es la que la comunidad decide encender. Si una comunidad dice no, es no. No hay transición energética que valga si se construye sobre el sacrificio de los más débiles. Eso sería repetir la necropolítica, no superarla.

Usted me pregunta cómo evitamos que el Solarismo sea cooptado. La respuesta es: democracia radical energética. No basta con paneles solares; hay que cambiar quién decide. 

El Solarismo propone:

· Fondos de reparación: cada vez que se instala un sistema solar en un territorio históricamente extractivista, una parte de la energía generada se destina a un fondo comunitario inembargable.

· Veto comunitario vinculante: ninguna megaplanta solar puede construirse sin el consentimiento libre, previo e informado de la población local.

· Tecnología para la autonomía: no para la exportación. El objetivo no es vender energía al Norte, sino que el Sur deje de depender del Norte.

Usted habla de necropolítica como si el Sol fuera neutral. No lo es. El Sol ya está del lado de los que menos tienen. Un campesino en el Sahel con un panel de cincuenta vatios puede cargar su teléfono, bombear agua, tener luz para estudiar. Eso no es necropolítica: es bio-política de la luz, la política de la vida. El problema es que hoy ese campesino no tiene el panel porque las multinacionales le han cerrado el acceso. El Solarismo lucha por abrirlo.

¿No es eso también una forma de resistir a la muerte?

Moderador: Mbembe nos ha recordado que ninguna tecnología es inocente y que el optimismo solarista puede convertirse en una nueva máscara del extractivismo si no va acompañado de una transformación radical del poder. Cardozo, por su parte, ha aceptado el desafío y ha esbozado un Solarismo que no es ingenuo: incluye reparación histórica, veto comunitario y una política explícitamente antinecropolítica.

Mbembe:

No le pido que abandone el Solarismo. Le pido que nunca olvide la sombra. Si su ética de la transparencia es capaz de mirar de frente las minas de coltán, los vertederos de paneles rotos en Ghana, las comunidades que dicen 'no queremos ser su faro', entonces quizás haya algo rescatable. Pero mantenga viva la sospecha, Cardozo. La historia nos ha enseñado que el entusiasmo luminoso suele terminar en sangre.

Cardozo:

El Solarismo no teme a la sombra. Por eso mismo habla de la luz. No hay luz verdadera sin la valentía de reconocer lo que oscurece. Usted me ha dado un regalo, Mbembe: me ha recordado que el Sol que quema no es el mismo que el Sol que nutre. Nuestra tarea es construir una filosofía y una práctica donde el Sol sea siempre del lado de la vida, nunca de la muerte. Por eso el Solarismo no es solo una ética: es una política de la luz contra la necropolítica. Y esa política recién comienza."

Moderador: Este diálogo quedará abierto. El Faro y la Sombra seguirán debatiéndose en cada territorio donde se instale un panel, en cada comunidad que decida si su sol es para vivir o para morir.