La saga de Gustavo Carrasquel Parra desde Azul Ambientalistas
Una vida dedicada a mirar, investigar y defender el mar venezolano
Hay personas que llegan a una organización para ocupar un cargo. Hay otras que, con el paso de los años, terminan convirtiéndose en parte inseparable de su historia. Gustavo Carrasquel Parra pertenece a esta segunda categoría.
Su nombre está asociado desde hace años a la Fundación Azul Ambientalistas y, particularmente, a una etapa en la que la organización amplió su presencia territorial y convirtió las costas venezolanas en uno de sus principales espacios de observación, investigación, educación y denuncia. Desde esa responsabilidad, Carrasquel ha contribuido a mantener viva una de las características esenciales de Azul Ambientalistas: estar cerca del territorio, observar sus transformaciones y convertirlas en conocimiento y conciencia ciudadana.
Hablar de Gustavo Carrasquel es, por eso, hablar de una saga. No de una trayectoria construida detrás de un escritorio, sino de una historia hecha de playas recorridas, comunidades visitadas, manglares observados, fondos marinos examinados, especies identificadas, residuos recogidos, fotografías tomadas, investigaciones realizadas y denuncias formuladas. Una historia que ha tenido como escenario privilegiado el extenso litoral venezolano, desde Oriente hasta Occidente.
Durante años, su trabajo ha tenido una característica particular: mirar aquello que normalmente pasa inadvertido. Una playa no es solamente arena y mar. Detrás de ella existe un sistema complejo de manglares, corales, peces, crustáceos, tortugas, aves, mamíferos marinos, microorganismos, corrientes y sedimentos, cuyas relaciones pueden alterarse silenciosamente mucho antes de que el deterioro sea evidente para el ciudadano común.
Esa mirada fue llevando a Carrasquel hacia una línea cada vez más definida de investigación y divulgación sobre la flora y fauna marina y costera venezolana. Su actividad ha transitado por diferentes especies y ecosistemas, desde los manglares y los arrecifes coralinos hasta tiburones, ballenas y medusas, construyendo con paciencia una especie de memoria viva de las transformaciones que experimenta el Mar Caribe frente a las costas de Venezuela.
Una de las expresiones más visibles de esa trayectoria ha sido el trabajo permanente sobre las playas. Azul Ambientalistas ha participado durante años en jornadas de recuperación, limpieza y monitoreo en distintos puntos del país, convirtiendo las costas en espacios de participación ciudadana y, simultáneamente, en escenarios de investigación. En Aragua, por ejemplo, la organización documentó importantes acumulaciones de residuos en los fondos marinos y realizó monitoreos en Ocumare, Cuyagua y Choroní, incluyendo muestreos de microplásticos y evaluaciones de la calidad del agua.
Pero para Carrasquel una jornada de limpieza nunca podía reducirse a recoger basura. Había que preguntarse de dónde venía, hacia dónde viajaba, qué especies afectaba y qué ocurría debajo de la superficie. Así, la recuperación de playas comenzó a convertirse también en una forma de investigación ambiental.
En Choroní, por ejemplo, esa actividad se extendió hacia la recuperación de los bosques costeros y la observación de los impactos producidos por aguas residuales, residuos sólidos y contaminación. Las acciones de restauración y educación ambiental desarrolladas en Playa Grande y en el entorno del río Tipire reflejaron esa visión de que una playa no puede ser separada del ecosistema terrestre que la alimenta.
La relación directa con el territorio también permitió que Carrasquel se convirtiera en una voz reconocible frente a fenómenos ambientales poco comprendidos por la opinión pública.
El episodio de las medusas carabelas es un buen ejemplo. Ante la aparición extraordinaria de estos organismos en diferentes costas venezolanas, Carrasquel aportó información y análisis sobre el fenómeno, procurando explicarlo dentro de una visión más amplia de los cambios que pueden producirse en los ecosistemas marinos. Las medusas no fueron observadas simplemente como una curiosidad natural, sino como una señal que obligaba a mirar el ecosistema completo: las especies que depredan sobre ellas, las condiciones del agua, la disponibilidad de alimento, la contaminación y las alteraciones producidas por las actividades humanas.
Algo semejante ocurre con su trabajo alrededor de los corales. La aparición y expansión de Unomia stolonifera, un octocoral invasor que ha generado preocupación por su capacidad de colonizar ecosistemas marinos venezolanos, llevó a Carrasquel a involucrarse en su investigación y documentación. La problemática adquirió especial relevancia en áreas como el Parque Nacional Mochima y fue objeto de investigaciones que documentaron la expansión de esta especie y sus posibles efectos sobre los ecosistemas coralinos venezolanos.
Aquí aparece una dimensión particularmente importante de su trayectoria: Carrasquel no se ha limitado a decir que existe un problema. Ha procurado identificarlo, documentarlo, investigarlo y explicarlo.
Y estudiar el mar también significa, algunas veces, exponerse a sus propios riesgos.
En una de esas experiencias que recuerdan que la investigación de campo no es una actividad exenta de peligros, Gustavo Carrasquel sufrió el ataque de un pez león, especie dotada de espinas venenosas capaces de provocar reacciones tóxicas importantes. El incidente obligó a mantenerlo bajo estricta observación médica durante un período. La experiencia quedó como una de esas anécdotas que terminan formando parte de la memoria de quienes han dedicado buena parte de su vida a internarse en el territorio que estudian. El mar, que tantas veces había sido para él objeto de observación, le recordó aquella vez que también podía ser una fuerza impredecible y peligrosa.
Pero el episodio no modificó su relación con el océano. Al contrario, puede entenderse como una expresión de ese respeto que caracteriza a quien conoce que la naturaleza no es un escenario decorativo, sino un sistema vivo, poderoso y complejo, que merece ser estudiado precisamente porque no puede ser reducido a las categorías simples con las que muchas veces se pretende explicar.
Esa misma vocación aparece en su preocupación por los tiburones y otras especies marinas. Durante años ha divulgado información sobre estos animales, la presión pesquera que enfrentan y las consecuencias ecológicas de su captura indiscriminada. El tiburón, dentro de esta perspectiva, deja de ser visto solamente como un depredador temido por el ser humano y comienza a ser comprendido como una pieza fundamental del equilibrio de los ecosistemas marinos.
Y junto a los tiburones aparecen también las ballenas, los manglares, los arrecifes, las tortugas y toda esa diversidad marina que convierte al Caribe venezolano en un territorio de extraordinario valor ecológico. No resulta casual que entre los programas históricos de Azul Ambientalistas apareciera “Ballenas de Venezuela”, junto con iniciativas destinadas al conocimiento de las costas, la biodiversidad y la protección de los ecosistemas.
La saga de Carrasquel también está marcada por una segunda característica: la denuncia.
El investigador de campo y el comunicador ambiental conviven en la misma persona. Cuando encuentra contaminación petrolera en el Lago de Maracaibo, habla. Cuando observa residuos acumulados en una playa, denuncia. Cuando aparece un organismo invasor, alerta. Cuando las medusas modifican las dinámicas de determinadas actividades pesqueras, investiga y explica. Cuando los escombros de una tragedia natural son arrojados al mar, vuelve a levantar la voz.
En 2026 esa característica volvió a hacerse evidente cuando Azul Ambientalistas denunció el vertido de escombros y residuos potencialmente peligrosos en las costas de La Guaira después de los terremotos. La organización alertó sobre la posibilidad de que materiales como metales, plásticos, transformadores y otros componentes terminaran afectando el ambiente marino y reclamó mecanismos adecuados para el acopio, clasificación, reciclaje y disposición segura de estos residuos.
Pero quizás sería injusto definir la trayectoria de Carrasquel únicamente por sus denuncias. Antes de denunciar existe una actividad mucho menos visible: observar.
Y observar la naturaleza durante años termina produciendo conocimiento.
Ese conocimiento es el que ha permitido que la Azul Ambientalistas de esta generación pase de la tradicional jornada ambiental a una concepción mucho más amplia: recuperación, monitoreo, investigación, educación, comunicación, participación comunitaria y denuncia.
En esa transformación también hay una continuidad profunda con la idea original de la Fundación. Aquella organización que nació en 1986 para convertir la defensa ambiental en una práctica ciudadana encontró, décadas después, en Gustavo Carrasquel y en quienes lo acompañan una nueva generación capaz de llevar esa ciudadanía hasta el mar.
Porque la costa venezolana se ha convertido, en buena medida, en el territorio donde esta generación de Azul Ambientalistas ha aprendido a leer el presente y anticipar el futuro.
Y allí está quizá el verdadero significado de la saga de Gustavo Carrasquel Parra: no haber trabajado solamente para limpiar las costas, sino para aprender a leerlas.
Leer una playa es saber qué residuos llegan a ella. Leer un manglar es entender qué está ocurriendo con el agua. Leer un coral es reconocer una transformación ecológica antes de que pueda ser irreversible. Leer la presencia de una medusa es preguntarse qué cambió en el ecosistema. Leer la llegada de un tiburón o una ballena es comprender que el mar tiene sus propias dinámicas y que la presencia humana forma parte de ellas, pero no puede pretender dominarlas.
Por eso su trabajo adquiere una dimensión que va más allá de una gestión administrativa. Gustavo Carrasquel ha contribuido a que Azul Ambientalistas conserve una de sus características esenciales: estar donde ocurre el problema ambiental.
Y no lo ha hecho solo.
Esta etapa de la Fundación es también la historia de quienes lo acompañan: investigadores, comunicadores, educadores, activistas, directores regionales, voluntarios y colaboradores que han convertido a Azul Ambientalistas en una red humana extendida por diferentes territorios del país. Son hombres y mujeres que han entendido que la defensa ambiental no puede depender de una sola persona, sino que necesita equipos, relevos, conocimiento compartido y participación ciudadana.
La saga, por tanto, no pertenece exclusivamente a Gustavo Carrasquel. Él representa uno de sus rostros más visibles, pero detrás existe un colectivo.
Y quizás allí reside una de las mayores virtudes de esta nueva generación: haber entendido que una organización ambientalista no puede depender de una sola persona. Su verdadera fortaleza está en la capacidad de formar relevos, multiplicar conocimientos, crear redes y convertir la preocupación individual en acción colectiva.
Cuarenta años después de la fundación de Azul Ambientalistas, aquella semilla plantada en Maracaibo continúa produciendo nuevas ramas.
La generación fundadora abrió el espacio ciudadano para defender la naturaleza. La generación que hoy acompaña a Gustavo Carrasquel ha llevado esa defensa hacia nuevos territorios, nuevas especies, nuevas amenazas y nuevas formas de investigación y comunicación.
La historia continúa.
Y mientras existan personas dispuestas a caminar una playa para recoger un residuo, sumergirse para observar un coral, mirar al horizonte buscando una ballena, estudiar una medusa, seguir el rastro de un tiburón, proteger un manglar o denunciar que el mar está siendo utilizado como vertedero, Azul Ambientalistas seguirá teniendo sentido.
Porque, en definitiva, la saga de Gustavo Carrasquel Parra no es solamente la historia de un ambientalista.
Es la historia de una generación que decidió mirar al mar para entender el futuro.
Y quizá allí esté su mayor legado: haber demostrado que el ambientalismo no consiste solamente en amar la naturaleza, sino en dedicar tiempo a conocerla, recorrerla, estudiarla, defenderla y, cuando sea necesario, levantar la voz por ella.
La historia de Azul Ambientalistas continúa escribiéndose.
Y en esa historia, Gustavo Carrasquel Parra y todos quienes hoy lo acompañan representan una nueva página de aquella misma semilla sembrada hace cuatro décadas: una semilla que nació en las aulas de la Universidad del Zulia, creció en las calles de Maracaibo, llegó a las costas venezolanas y hoy continúa mirando hacia el horizonte.
Porque defender el mar es, en definitiva, defender el futuro.
Yo dejaría exactamente el episodio del pez león donde está ahora. Funciona mucho mejor que colocarlo al final: viene después de las medusas y los corales y antes de tiburones y ballenas, es decir, en el momento en que el lector ya entiende que Gustavo ha hecho del mundo marino su campo de investigación. Entonces la anécdota adquiere significado: no es una aventura añadida al currículum; es la consecuencia de una vida de contacto directo con el mar.
Además, el cierre conecta muy bien con los 40 años de la Fundación sin quitarle protagonismo a Gustavo y a su generación.
Lubio Lenin Cardozo