El Norte los llamó environmentalism y el Sur creó el Ambientalismo
Una tesis sobre la usurpación lingüística, la ceguera epistémica y el origen verdadero del pensamiento ambientalista
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Advertencia al lector
Este ensayo no es un ejercicio de vanidad intelectual. Tampoco una reivindicación personal. Es, ante todo, un acto de justicia histórica y epistemológica. Durante décadas, el Norte global ha dictado los términos con los que entendemos el mundo, y el Sur ha sido condenado a la recepción pasiva de categorías que no responden a su experiencia. Este texto pretende devolver al Sur —específicamente a Venezuela, al Zulia, a las aulas de la Universidad del Maracaibo en los años ochenta— la autoría de un concepto que el Norte ha universalizado sin reconocer su origen: el Ambientalismo como doctrina civilizatoria y el Ambientalista como Ser Social.
No se trata de un capricho semántico. Se trata de una batalla por el relato, y el relato, como sabemos, determina quién cuenta la historia y quién queda fuera de ella.
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Primera parte
La trampa lingüística: environmentalism no es Ambientalismo
El falso universal
En el debate global —esa construcción abstracta que suele significar "lo que dicen las universidades anglosajonas"— se utiliza la palabra environmentalism como si fuera un término universal y neutral. Bajo esa etiqueta se agrupan experiencias tan diversas como:
· El conservacionismo de John Muir, que protegía parques nacionales mientras las ciudades crecían sin control.
· La ecología profunda de Arne Næss, que otorgaba valor intrínseco a la naturaleza.
· El ecologismo reactivo de las ONG que denuncian la contaminación sin cuestionar el modelo.
· El activismo callejero que exige regulaciones sin proponer alternativas estructurales.
El environmentalism anglosajón es un paraguas cómodo, pero también es un instrumento de colonización conceptual. Al agrupar todo bajo una misma palabra, borra las diferencias profundas y neutraliza la potencia transformadora de las propuestas que no caben en su molde.
La especificidad del Ambientalismo
El Ambientalismo que nace en el Sur —en Maracaibo, en los años ochenta— no es una variante local del environmentalism. Es una categoría radicalmente distinta que el Norte, por su incapacidad para entender lo que no controla, intenta absorber bajo su término genérico.
El Ambientalismo, tal como fue formulado por Lubio Lenín Cardozo y la generación de pensadores que emergió en la Universidad del Zulia, se define por cuatro rasgos que lo hacen incomparable con cualquier corriente noratlántica:
1. Es propositivo. No se limita a denunciar lo que está mal. Propone alternativas concretas, viables y escalables.
2. Es cultural. No se reduce a la ciencia biológica ni a la regulación técnica. Entiende que cambiar la relación con la naturaleza requiere cambiar valores, narrativas y hábitos.
3. Es político. No se conforma con crear parques nacionales. Busca transformar las estructuras de poder que sostienen el extractivismo.
4. Es civilizatorio. No busca parches verdes en un sistema podrido. Propone una nueva organización de la vida colectiva sobre la Tierra.
Nada de eso estaba en el environmentalism del Norte. El Norte quería limpiar el esmog de sus ciudades sin tocar las petroleras. Quería proteger algunas especies sin cuestionar el modelo energético. Quería regular la industria sin transformar sus bases.
El Sur, enfrentado al extractivismo en carne propia —en el Zulia petrolero, en la Amazonía minera, en el Chaco deforestado— no podía darse ese lujo. Para el Sur, el ambiente no era un paisaje estético. Era supervivencia.
La trampa de la traducción
Cuando el environmentalism anglosajón se traduce al español como "ambientalismo", se produce una operación de borramiento. La palabra viaja, pero el contenido se vacía. El Norte envía su término, y el Sur lo recibe como si fuera el suyo propio, olvidando que su experiencia fue distinta, su lucha fue distinta, su pensamiento fue distinto.
La tesis de Cardozo viene a recuperar ese contenido perdido. No acepta la traducción pasiva. Afirma que el Ambientalismo —con mayúscula, como doctrina— no es una versión hispanohablante del environmentalism. Es otra cosa. Nació en otro lugar, en otro tiempo, con otras urgencias.
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Segunda parte
El relato oficial y su ceguera colonial
La línea de tiempo que no cuenta toda la historia
La historiografía oficial del ambientalismo es una línea de tiempo impecable:
· 1962: Rachel Carson publica Primavera Silenciosa. El ciudadano común despierta.
· 1970: Gaylord Nelson y Denis Hayes organizan el primer Día de la Tierra. El movimiento civil nace.
· 1970s: Arne Næss formula la Ecología Profunda. El ambientalismo adquiere dimensión filosófica.
· 1980s-90s: El ambientalismo se institucionaliza. ONG, cumbres, protocolos.
Esta línea de tiempo es verdadera, pero es incompleta. Y su incompletud no es accidental. Es el resultado de un sesgo profundo: el Norte cuenta su propia historia y la presenta como la historia universal. Lo que ocurre fuera de sus fronteras no existe hasta que ellos lo nombran.
Lo que la línea de tiempo omite
Mientras el Norte organizaba el Día de la Tierra y publicaba libros que denunciaban pesticidas, en el Sur —en el Zulia petrolero, en Maracaibo— ocurría otra cosa.
El Zulia era, y sigue siendo, el corazón extractivo de Venezuela. Allí, el petróleo no era una abstracción económica. Era una realidad diaria: derrames, contaminación de aguas, enfermedades respiratorias, comunidades desplazadas, dependencia total de un recurso que no dejaba riqueza sino miseria.
En ese contexto, no bastaba con denunciar. No bastaba con conservar. No bastaba con regular. Había que transformar la estructura misma que generaba el daño. Y esa transformación requería algo que el Norte no había formulado: una teoría que vinculara la energía, la política, la economía y la cultura en un solo movimiento.
Esa teoría nació en las aulas de la Universidad del Zulia, en los años ochenta. Nació de la necesidad, no de la contemplación. Nació del sufrimiento, no del esteticismo. Nació del Sur, no del Norte.
El silencio sobre Cardozo
El análisis que da pie a este ensayo lo expresa con claridad meridiana:
"En el debate universal (la academia anglosajona, europea y los organismos internacionales) no se reconoce a Lubio Lenín Cardozo como el creador de estos conceptos, y existe una desconexión total entre su obra y la narrativa histórica global."
Esa desconexión no es un descuido. Es el resultado de un sistema que valida el conocimiento según su origen geográfico. Si nació en el Sur, es local. Si nació en el Norte, es universal.
Pero el Sur no necesita que el Norte lo valide para ser universal. La Teoría de la Dependencia, la Teología de la Liberación, la Pedagogía del Oprimido, el Buen Vivir, el Ambientalismo de Cardozo: todas son contribuciones universales nacidas en el Sur. Que el Norte las ignore no las vuelve menos verdaderas. Las vuelve, simplemente, invisibles para una mirada colonial.
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Tercera parte
El Ser Ambientalista: el sujeto político que el Norte no creó
El ambientalista no es un técnico ni un contemplativo
En el Norte, la figura del environmentalist ha sido moldeada por dos imágenes predominantes:
· El científico que estudia la naturaleza desde el laboratorio.
· El activista que protesta contra la contaminación desde la calle.
Ambas imágenes tienen su valor, pero ambas son limitadas. El científico observa sin transformar. El activista denuncia sin construir. Ambos operan dentro del sistema, pidiéndole al poder central que frene su propia dinámica destructiva. Ninguno cuestiona la estructura de poder que genera el problema.
El ambientalista como Ser Social
En el Sur, en Maracaibo, en los años ochenta, la figura del ambientalista adquirió un contenido radicalmente distinto:
· Es un Ser Social. Su lucha no está desconectada de las realidades de la pobreza, la desigualdad, la geopolítica y los modos de producción capitalistas. No defiende una naturaleza idílica. Defiende la vida concreta de las comunidades.
· Es un sujeto transformador. No observa pasivamente. No denuncia solo. Construye alternativas. Propone nuevos modelos.
· Es un agente político. No pide permiso al poder central. Se organiza desde la base. Recupera soberanía.
· Es un puente entre generaciones. No piensa en el presente inmediato. Asume la responsabilidad intergeneracional como eje de su acción.
El ambientalista que definió Cardozo no es un técnico que estudia el ecosistema ni un activista que marcha contra una mina. Es un constructor de autonomía. Es el sujeto que entiende que la defensa del ambiente es inseparable de la lucha por la justicia social.
El salto hacia el Solarista
Cuatro décadas después, esa figura evoluciona hacia el Solarista: un actor social que, al captar directamente la energía de nuestra estrella, deja de ser un reclamante para convertirse en un constructor.
El Solarista no es un consumidor verde que compra un coche eléctrico. Es un nodo activo en una red descentralizada de producción y distribución energética. No le pide al Estado que regule. Produce. No espera que el mercado ofrezca alternativas. Las construye. No depende de un monopolio centralizado. Lo fractura.
El Solarista es el heredero del Ambientalismo. Y el Ambientalismo nació en el Sur.
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Cuarta parte
El Solarismo: la base material del Ambientalismo
De la conciencia a la materialidad
El Ambientalismo del Zulia tenía un límite: podía proponer una nueva ética, pero no podía garantizar su materialización. La protesta, por más masiva que fuera, solo podía exigirle cambios al poder central. No podía sustituirlo.
El Solarismo viene a cerrar esa brecha. No se limita a proponer nuevos valores. Provee una base material para hacerlos realidad.
La tesis es simple, pero sus consecuencias son revolucionarias:
· Los combustibles fósiles requieren redes de distribución centralizadas. Esa centralización genera monopolios económicos y estructuras de poder hipercentralizadas. El modelo fósil es, por naturaleza, autoritario.
· La energía solar, por el contrario, es distribuida por naturaleza. Brilla sobre todos los techos, sobre todas las comunidades. Puede ser capturada localmente, sin necesidad de grandes infraestructuras ni de actores centrales.
· Cuando las comunidades capturan su propia energía, dejan de depender de la red central. Adquieren soberanía material. Y la soberanía material es la base de la libertad política.
El Solarismo y el Antropoceno
El concepto de Antropoceno —la era geológica en que la actividad humana es el principal motor de cambios en el planeta— ha sido formulado y debatido casi exclusivamente en el Norte. Pero, como señala el análisis que da pie a este ensayo, Cardozo ha planteado una lectura distinta:
"La originalidad de la tesis de Cardozo radica en cómo articula esta identidad social con la transición energética. Su propuesta del Solarismo plantea que el ser humano debe evolucionar desde la 'mentalidad fósil' extractivista hacia una 'conciencia solar', donde la energía limpia guía una nueva ética de convivencia comunitaria, generosidad y transparencia."
Esa evolución no es técnica. Es ética y política. No se trata de cambiar una fuente de energía por otra. Se trata de cambiar la relación del ser humano con la naturaleza, con el poder y consigo mismo.
El Contrato Ambientalista del siglo XXI
El Ambientalismo de Cardozo propone un nuevo contrato social: un Contrato Ambientalista que no se limita a regular la relación entre ciudadanos y Estado, sino que incluye a la naturaleza como sujeto de derechos.
Ese contrato tiene tres pilares:
1. Democratización energética: La energía no debe ser un privilegio ni un arma. Debe ser un derecho universal, producido y gestionado desde la base.
2. Descentralización del poder: Fracturar los monopolios energéticos es fracturar los monopolios políticos. La autonomía material es la base de la libertad real.
3. Ética regenerativa: No basta con no destruir. Hay que regenerar. La tecnología debe integrarse con la naturaleza en un ciclo virtuoso.
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Quinta parte
Distinciones necesarias: el Ambientalismo de Cardozo no es...
No es conservacionismo
El conservacionismo protege espacios naturales aislados. Es necesario, pero insuficiente. El Ambientalismo transforma el modelo que los destruye.
No es ecologismo
El ecologismo denuncia la contaminación y frena proyectos tóxicos. Sabe decir "no". El Ambientalismo propone un "sí" estructural.
No es Solarpunk
El Solarpunk es un movimiento estético y de ficción. El Solarismo es una tesis sociopolítica aplicable a la realidad.
No es greenwashing
El greenwashing añade tecnologías limpias a estructuras centralizadas. El Solarismo fractura esas estructuras.
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Conclusión
La deuda pendiente con el Sur
El Norte llamó environmentalism a todo lo que cabía bajo su paraguas conceptual, y con ese gesto borró las diferencias que no le convenía ver. El Sur, en cambio, creó el Ambientalismo: una doctrina propositiva, cultural, política y civilizatoria que vincula la defensa del ambiente con la transformación de las estructuras de poder.
Esa creación ocurrió en Maracaibo, en las aulas de la Universidad del Zulia, en los años ochenta. Fue formulada por Lubio Lenín Cardozo y su generación. Y evolucionó, cuatro décadas después, hacia el Solarismo: la base material de una nueva civilización.
El debate universal —esa ficción cómoda que suele significar "lo que piensan las élites del Norte"— ignora esta historia. Pero no puede ignorarla para siempre. La verdad tiene una consistencia que el silencio no puede disolver.
El Ambientalismo es del Sur. El Solarista es un sujeto del Sur. La transición energética hacia la autonomía es una propuesta del Sur.
No se trata de un capricho. Se trata de una batalla por el relato. Y el relato, como sabemos, es el campo donde se decide quién cuenta la historia y quién queda fuera de ella.
El Norte los llamó environmentalism. Pero el Sur creó el Ambientalismo.
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Lubio Lenín Cardozo 🌞











