De la posibilidad tecnológica a la transformación del poder
La humanidad dispone hoy de una posibilidad energética que hace apenas unas décadas parecía reservada a proyectos experimentales: producir electricidad a partir del sol en el mismo lugar donde se necesita. Una vivienda puede captar energía en su techo; un apartamento puede aprovechar soluciones adaptadas a sus espacios disponibles; una comunidad puede organizar instalaciones compartidas. Esta transformación permite imaginar una sociedad menos dependiente de grandes centros de producción y más capaz de generar parte de la energía que sostiene su vida cotidiana. Sin embargo, existe una ilusión que debemos superar: creer que una tecnología distribuida produce automáticamente una sociedad más libre. Los paneles solares pueden multiplicarse por millones sin que cambien necesariamente las relaciones de propiedad, las condiciones de acceso o el poder de decisión. La posibilidad tecnológica abre una puerta, pero no determina quién podrá atravesarla ni en qué condiciones.
La primera distancia que debemos superar es la que separa la distribución física de la tecnología de la autonomía efectiva de las personas. Un hogar puede disponer de paneles solares y continuar dependiendo de equipos difíciles de reparar, proveedores sin alternativas competitivas o sistemas que condicionan su funcionamiento a servicios exclusivos. La generación se encuentra entonces distribuida, pero determinadas capacidades esenciales permanecen concentradas. La verdadera autonomía exige equipos fiables, mantenimiento accesible, información comprensible y posibilidades razonables de elegir entre proveedores y soluciones técnicas. No significa que cada ciudadano deba reparar personalmente sus instalaciones, sino que nadie quede sometido a una dependencia inevitable por carecer de alternativas. Una tecnología contribuye a la libertad cuando amplía las opciones de las personas, no cuando sustituye una dependencia conocida por otra más difícil de percibir.
La segunda distancia es económica. Aunque la luz solar está disponible sin que tengamos que pagar por ella, convertirla en electricidad útil requiere paneles, inversores, estructuras, instalación y mantenimiento; disponer de energía durante la noche o en periodos de baja generación puede exigir, además, sistemas de almacenamiento. La inversión inicial representa una barrera considerable para muchas familias. Si la transición depende exclusivamente de la capacidad individual de compra, quienes poseen viviendas adecuadas y recursos financieros podrán reducir su dependencia de la red, mientras otros continuarán sin acceso a esas oportunidades. El problema se agrava para los inquilinos y los residentes de apartamentos que no controlan los espacios donde podrían instalarse los equipos. Por ello, una transición inclusiva necesita explorar mecanismos de financiación accesible, programas de apoyo, cooperativas y comunidades energéticas que permitan compartir instalaciones y beneficios. La propiedad individual puede convivir con la colectiva, la pública y otras modalidades. Lo esencial es que la falta de capital o de un techo propio no se convierta en una condena a la exclusión energética.
La tercera distancia es jurídica e institucional. Las redes eléctricas requieren normas rigurosas porque deben mantener el equilibrio entre la electricidad que se produce y la que se consume, proteger a las personas y garantizar la seguridad de las instalaciones. La generación distribuida no elimina estas necesidades; las vuelve más complejas. Sin embargo, las reglas pueden convertirse en barreras cuando los procedimientos son desproporcionados, los requisitos resultan innecesariamente costosos o las condiciones de conexión impiden participar a hogares y comunidades que podrían contribuir al sistema. El desafío no consiste en eliminar la regulación, sino en actualizarla para que proteja la estabilidad de la red sin bloquear iniciativas viables. Esto supone reconocer al ciudadano no solo como cliente que recibe electricidad, sino también como una persona que puede producirla, compartirla y participar en las decisiones que afectan su suministro. La protección del sistema y la autonomía ciudadana no deberían tratarse como objetivos incompatibles.
La cuarta distancia emerge de una dependencia menos visible: la digital. Las redes eléctricas contemporáneas utilizan programas informáticos para administrar equipos, coordinar baterías, gestionar intercambios y responder a variaciones en la demanda. Estas herramientas pueden mejorar el funcionamiento del sistema, pero también concentran poder cuando sus reglas son opacas, los datos personales carecen de protección o los usuarios no pueden cambiar de proveedor sin perder funcionalidades esenciales. Una sociedad podría distribuir la captación solar entre millones de hogares y, al mismo tiempo, dejar las decisiones operativas en manos de unas pocas plataformas tecnológicas. Cambiar la dependencia de los combustibles por una dependencia digital absoluta no resolvería el problema de fondo. Por eso, la transparencia, la interoperabilidad, la protección de los datos y la posibilidad de auditar los sistemas deben formar parte de la transición. El código abierto puede contribuir a ese propósito, junto con mecanismos independientes de supervisión y garantías efectivas para los usuarios.
Estas cuatro distancias revelan que la transformación energética no es exclusivamente una tarea de ingeniería. También exige revisar las relaciones entre ciudadanía, empresas, instituciones y redes eléctricas. Para que la generación distribuida amplíe la autonomía, las personas necesitan algo más que acceso a equipos: deben disponer de información, alternativas y vías reales de participación. Las comunidades energéticas pueden facilitar decisiones compartidas; las instituciones públicas pueden establecer reglas de acceso y protección; las empresas pueden desarrollar soluciones y prestar servicios; y las redes nacionales pueden continuar cumpliendo funciones esenciales de coordinación y respaldo. Ningún modelo garantiza por sí solo un resultado justo. Lo decisivo es cómo se distribuyen las responsabilidades, qué mecanismos controlan los abusos y hasta qué punto las decisiones responden a las necesidades de la sociedad. La transformación del poder no exige que todos hagan lo mismo, sino que nadie quede excluido de manera injustificada de las posibilidades que la nueva tecnología ofrece.
En este proceso, la justicia energética debe ocupar un lugar central. No basta con facilitar que quienes tienen recursos produzcan electricidad más barata si otras familias siguen sin poder garantizar la energía necesaria para conservar alimentos y medicamentos, disponer de agua, estudiar o desarrollar actividades productivas. El umbral energético vital plantea precisamente la necesidad de proteger esas condiciones básicas de existencia. Esta responsabilidad adquiere especial importancia durante las emergencias, las interrupciones prolongadas y los periodos en que la generación resulta insuficiente. La autonomía de los hogares que pueden producir energía no debe construirse trasladando injustamente los costos de la infraestructura común a quienes no tienen esa posibilidad. Por el contrario, la transición debe buscar formas de distribuir sus beneficios y responsabilidades de manera equitativa. Una sociedad demuestra la calidad de su organización energética no solo por la cantidad de electricidad que produce, sino también por su capacidad para proteger a quienes se encuentran en una posición más vulnerable.
El verdadero desafío de la transición energética consiste, por tanto, en cerrar la distancia entre lo que la tecnología permite y lo que la sociedad hace posible. El usuario energético recibe un servicio bajo condiciones que generalmente no establece; el ciudadano energético, además de utilizarlo, necesita oportunidades para participar en las reglas y decisiones que determinan su acceso. Esta diferencia no exige convertir a cada persona en especialista, sino impedir que el conocimiento técnico, la propiedad o el poder económico se conviertan en barreras insuperables para la participación. La transformación comienza con la posibilidad de producir electricidad en millones de lugares, continúa con la creación de condiciones económicas y jurídicas que hagan accesible esa capacidad, y alcanza su dimensión civilizatoria cuando las personas pueden intervenir de manera efectiva en la organización del sistema. De la civilización al techo, y del techo al poder de decidir: ese recorrido expresa una aspiración que va más allá de sustituir una fuente energética por otra. Se trata de construir una sociedad en la que el progreso tecnológico amplíe las posibilidades de autonomía, participación y dignidad humana.
Lubio Lenin Cardozo










