40 AÑOS DE LA FUNDACIÓN AZUL AMBIENTALISTAS: VANGUARDIA, CONCIENCIA Y SEMILLA VERDE
Cuarenta años caminando junto a la naturaleza, defendiendo los territorios y manteniendo encendida la conciencia ambiental de Venezuela
El 1 de septiembre de 2026 se cumplen 40 años de una de las gestas ambientalistas más constantes, valientes e influyentes de Venezuela y del continente: el nacimiento de la Fundación Azul Ambientalistas. Surgida en 1986 en las aulas de la Universidad del Zulia por iniciativa de un grupo de jóvenes soñadores, investigadores y activistas —entre ellos Lenín Cardozo Parra, Antulio Rondón, Norka Parra, Amanda Antillano, Jorge Perozo Bracho, Elio Ríos Serrano y Beatriz Nava—, aquella organización nació con una convicción que para entonces todavía resultaba adelantada a su tiempo: la defensa de la naturaleza no era un lujo reservado solo para los cientificos I ecologistas ni de los conservacionistas de los paises desarrollados, era un deber urgente de los ciudadanos.
El surgimiento de Azul Ambientalistas también debe entenderse dentro de la evolución de una nueva manera de relacionarse con los problemas ambientales. Durante mucho tiempo, el estudio de la naturaleza estuvo asociado principalmente al trabajo de científicos y especialistas: ecólogos, biólogos, zoólogos y otros investigadores que observaban, estudiaban y explicaban los procesos naturales desde sus respectivas disciplinas. Sus conocimientos eran fundamentales, pero generalmente circulaban dentro de ámbitos académicos y publicaciones técnicas especializadas. Paralelamente, el conservacionismo había asumido la tarea de proteger determinados espacios, especies y ecosistemas que ya existían y que se consideraban valiosos.
Pero quedaba una pregunta pendiente: ¿qué espacio tenía el ciudadano común que, sin ser científico ni conservacionista profesional, quería participar activamente en la defensa de la naturaleza? Allí comenzó a adquirir significado una nueva categoría: el ambientalismo. El ambientalismo abrió un territorio de participación ciudadana alrededor de los problemas ambientales. Permitió que una persona pudiera involucrarse en la defensa de un lago, una playa, un río, un bosque o una comunidad sin necesitar ser especialista en ecología ni pertenecer a una organización conservacionista profesional. El ambiente dejó de ser exclusivamente un objeto de estudio científico o de conservación especializada para convertirse también en un asunto de ciudadanía.
En ese contexto debe comprenderse la aparición de Azul Ambientalistas en 1986. La Fundación no nació solamente para estudiar la naturaleza ni exclusivamente para conservar determinados espacios. Nació también para hacer de la defensa ambiental una práctica ciudadana. Sus fundadores entendieron que la protección de la naturaleza necesitaba conocimiento científico, pero también necesitaba ciudadanos organizados, capaces de educar, comunicar, movilizar, denunciar y participar en las decisiones que afectaban sus territorios.
Aquella distinción resultó fundamental. El científico aporta conocimiento; el conservacionista protege y preserva; el ambientalista incorpora a la sociedad en la defensa de las condiciones que hacen posible la vida. No son categorías excluyentes y pueden encontrarse en una misma persona, pero expresan funciones históricas diferentes. El gran aporte del ambientalismo fue precisamente ampliar el escenario: llevar la preocupación ambiental desde los laboratorios, las publicaciones especializadas y los espacios de conservación hacia las calles, las comunidades y la ciudadanía.
Desde sus primeros días, Azul Ambientalistas decidió hacer del ambientalismo una práctica ciudadana. No quiso limitarse a hablar de la naturaleza: quiso salir a defenderla. Aquellos primeros murales que llenaron de mensajes ecológicos las calles de Maracaibo constituyeron una verdadera ruptura cultural. En una ciudad donde las paredes estaban acostumbradas a los mensajes políticos tradicionales, la Fundación introdujo una nueva preocupación: el agua, los árboles, la fauna, el Lago de Maracaibo, los ecosistemas y la responsabilidad que los ciudadanos tenían frente a ellos. Fue una manera distinta de hacer política: colocar la vida y la naturaleza en el centro de la conversación pública.
Desde entonces, la Fundación fue construyendo una identidad propia basada en la independencia, la investigación técnica, la educación, la comunicación y, sobre todo, en una relación irrestricta con la defensa de la Tierra. Su voz se hizo particularmente firme frente a las heridas del Lago de Maracaibo, frente al deterioro de los ecosistemas zulianos y frente a la necesidad de preservar espacios naturales que durante décadas habían sido vistos simplemente como recursos disponibles para la explotación humana. Fue también Azul Ambientalistas una de las organizaciones que contribuyó a colocar en el imaginario nacional e internacional maravillas naturales como el Relámpago del Catatumbo, mostrando que Venezuela no podía ser reconocida únicamente por sus riquezas minerales y petroleras, sino también por su extraordinario patrimonio natural.
En ese mismo espíritu surgió y se desarrolló la propuesta de las Ecoescuelas, concebidas como espacios de formación, participación y transformación ambiental dentro de las comunidades educativas. La iniciativa buscó convertir las escuelas en centros de aprendizaje práctico sobre el cuidado de la naturaleza, promoviendo la educación ambiental, el manejo responsable de los residuos, el reciclaje, la conservación del agua, la protección de la biodiversidad y la creación de huertos y áreas verdes. Más que impartir contenidos, las Ecoescuelas procuraron formar ciudadanos capaces de reconocer los problemas ambientales de su entorno y participar activamente en su solución.
La propuesta también planteó que estudiantes, docentes, familias y comunidades pudieran convertirse en protagonistas de acciones concretas: jornadas de limpieza, recuperación de espacios, siembra de árboles, campañas de sensibilización y proyectos de investigación escolar. De esta manera, la educación ambiental dejaba de ser una materia aislada para convertirse en una práctica cotidiana y transversal. Las Ecoescuelas representaron, así, una apuesta por sembrar conciencia desde la infancia y por construir una cultura ambiental que trascendiera las aulas y llegara a los hogares, las comunidades y los territorios.
Pero cuatro décadas son demasiado tiempo para una organización que pretenda sobrevivir solamente de su historia. La verdadera prueba de una institución ambientalista consiste en saber si sus principios continúan vivos cuando cambian las generaciones, los gobiernos, las tecnologías y los problemas ambientales. Y allí está quizás uno de los mayores méritos de Azul Ambientalistas: no quedó atrapada en su propia historia. A lo largo de estas cuatro décadas, la Fundación fue ampliando su trabajo hacia nuevos territorios y problemas, manteniendo una presencia activa en distintas regiones del país y convirtiendo el ambientalismo en acción concreta.
Hay una manera particular de medir la historia de una organización ambientalista: no solamente por los años que aparecen en su acta de fundación, sino por los territorios que ha defendido, por las comunidades que ha acompañado y por las veces que ha decidido levantar la voz cuando otros preferían guardar silencio. En el caso de Azul Ambientalistas, su trayectoria puede leerse precisamente de esa manera: como una historia de educación ambiental, recuperación de espacios naturales, investigación, comunicación, acompañamiento comunitario y denuncia permanente de las agresiones contra nuestros ecosistemas.
Una de las expresiones más visibles de esta etapa ha sido su trabajo en las costas venezolanas. La recuperación de playas se convirtió progresivamente en una de las actividades más significativas de la organización. Pero para Azul Ambientalistas limpiar una playa nunca significó simplemente recoger basura. Cada jornada de limpieza era también una oportunidad para observar qué estaba ocurriendo con el ecosistema, identificar las fuentes de contaminación, educar a los ciudadanos y demostrar que la recuperación ambiental comienza cuando una comunidad decide hacerse responsable del territorio que habita.
En las costas de Aragua, particularmente en Ocumare, Cuyagua y Choroní, la Fundación desarrolló actividades de limpieza y monitoreo que permitieron descubrir que buena parte del problema no estaba solamente sobre la arena, sino también debajo del agua. Las jornadas de limpieza submarina revelaron grandes cantidades de plástico acumuladas en el fondo marino. Los residuos que posteriormente las corrientes y las olas devolvían a las playas eran apenas la parte visible de una contaminación mucho más profunda. Aquella experiencia permitió demostrar algo fundamental: una playa contaminada no comienza necesariamente en la playa. El problema puede comenzar tierra adentro, continuar por las quebradas y ríos, llegar al mar, acumularse bajo el agua y regresar finalmente a la orilla.
En Choroní, ese trabajo adquirió además una dimensión de restauración ecológica. Azul Ambientalistas impulsó acciones dirigidas a recuperar el bosque costero de Playa Grande y contribuir a la recuperación de los ecosistemas asociados a la bahía, los corales, los bosques y las riberas de los ríos. La experiencia fue convirtiendo las playas en verdaderas aulas abiertas, donde se podía enseñar sobre biodiversidad, residuos, plástico, ecosistemas marinos, economía circular y responsabilidad ciudadana, pero también demostrar, con las propias manos, que la conservación no es una teoría abstracta.
Esta concepción llevó a la Fundación a entender que no puede existir verdadera defensa de la naturaleza si se ignora a las personas que viven en ella. Durante la pandemia, cuando las comunidades costeras venezolanas enfrentaban enormes dificultades económicas y sociales, Azul Ambientalistas articuló esfuerzos con organizaciones como La Ola Solidaria y la Federación Venezolana de Surf para llevar alimentos, ropa y útiles a niños de comunidades costeras y, al mismo tiempo, fortalecer las brigadas ambientales destinadas a atender las playas. Aquella experiencia revelaba una convicción que ha acompañado a la Fundación durante estas cuatro décadas: el ambientalismo no puede estar separado de la realidad social.
Una comunidad que vive de la pesca necesita un mar saludable; una comunidad que vive del turismo necesita playas limpias; una comunidad que depende de un río necesita agua limpia; y una sociedad que quiere garantizar su futuro necesita conservar los ecosistemas que hacen posible su existencia. Por eso la defensa ambiental es también defensa de la dignidad humana.
Otra característica que ha definido la trayectoria de Azul Ambientalistas es que nunca confundió la recuperación ambiental con el silencio. La Fundación ha entendido que limpiar una playa y denunciar las causas que la contaminan son dos partes de una misma responsabilidad. Por eso sus jornadas de recuperación han estado acompañadas por una intensa actividad de comunicación, investigación y denuncia.
En 2021, durante una jornada de EU Beach Cleanup realizada en La Guaira, la organización participó en la sensibilización de voluntarios mediante su iniciativa de “Aula Abierta”, abordando temas como contaminación por plásticos, separación de residuos y economía circular. En aquella actividad más de 120 voluntarios recogieron más de 236 kilogramos de plástico en las playas La Playita y Playa Surfista.
Pero la Fundación no se ha limitado a denunciar la basura visible. Una de sus batallas permanentes ha sido la contaminación producida por los derrames petroleros. En diciembre de 2023, frente al derrame que afectó las costas de Puerto Cabello y el entorno de la refinería El Palito, Azul Ambientalistas denunció públicamente la afectación de sectores de las playas de Carabobo y alertó sobre las consecuencias para la fauna, el turismo y las comunidades pesqueras.
En agosto de 2024, la organización volvió a levantar la voz ante otro derrame ocurrido en el Golfo Triste, cuya mancha alcanzó sectores de Falcón. La Fundación exigió la activación de mecanismos especializados para atender la emergencia y cuestionó que pescadores fueran utilizados en labores de limpieza sin contar con los equipos y la capacitación adecuados para manipular hidrocarburos.
Aquí aparece una de las características más valiosas del trabajo de Azul Ambientalistas: la denuncia no se limita al daño ecológico. También se señalan sus consecuencias sobre la economía local, la pesca, el turismo, la salud y la vida de las comunidades. Porque un derrame petrolero no es solamente petróleo sobre el agua: es una cadena de daños.
Mientras la Fundación extendía su acción hacia las costas venezolanas, en el Zulia continuaba una de sus batallas históricas: la defensa del Lago de Maracaibo. La organización ha mantenido durante estos años una vigilancia permanente sobre la contaminación del estuario, los derrames petroleros, las aguas residuales, los residuos sólidos y el deterioro de sus ecosistemas.
En enero de 2024, Azul Ambientalistas denunció que los derrames petroleros continuaban extendiéndose por diferentes zonas del Lago y cuestionó la lentitud del proceso de saneamiento. También señaló la existencia de tuberías deterioradas, acumulación de plásticos en las orillas y descargas de aguas residuales. Meses después, en agosto de ese mismo año, la Fundación volvió a advertir sobre la presencia de verdín en diferentes sectores del Lago, señalando que la falta de funcionamiento adecuado de las plantas de tratamiento de aguas servidas continuaba representando uno de los grandes problemas ambientales del estuario.
Esta continuidad resulta esencial. Azul Ambientalistas no aparece únicamente cuando una tragedia ambiental ocupa los titulares. Hace seguimiento, recuerda los anuncios, compara las promesas con los resultados, pregunta nuevamente y denuncia cuando las soluciones anunciadas no llegan. Esa perseverancia constituye una de las formas más difíciles y necesarias del activismo ambiental.
La Fundación también ha buscado convertir la conservación en una oportunidad para que las comunidades conozcan y valoren sus propios territorios. En ese sentido, su propuesta de ECOparques planteó una red de espacios ecoturísticos para el Zulia, incorporando lugares de especial valor natural como Tierra de Sueños, Ojo de Agua El Cardón, Refugio de Dantas, El Guacuco, Las Piedras y los Médanos de Mara, entre otros.
La idea contenía una premisa sencilla pero poderosa: lo que una sociedad conoce y valora tiene mayores posibilidades de ser protegido. La conservación no puede depender exclusivamente de decretos; necesita convertirse en cultura.
Quizás uno de los mejores indicadores de la vitalidad de Azul Ambientalistas sea su capacidad para adaptarse a los problemas de cada época. Los jóvenes que en 1986 hablaban de biodiversidad, agua y contaminación tenían delante problemas diferentes a los que enfrenta la Venezuela de 2026. Hoy hay que hablar también de cambio climático, contaminación por microplásticos, economía circular, resiliencia de las ciudades, degradación de los ecosistemas costeros y nuevas formas de comunicación ambiental.
Y la Fundación ha continuado incorporando esas preocupaciones a su agenda. La organización cuenta hoy con una nueva generación de ambientalistas, comunicadores, investigadores y educadores que han asumido la responsabilidad de mantener viva aquella iniciativa. El reconocimiento debe dirigirse especialmente a su actual equipo, liderado por el periodista ambiental Gustavo Carrasquel Parra, junto con Rafael Peñaloza y todos los activistas, educadores y comunicadores que mantienen activa esta trinchera de la conciencia ambiental.
Ellos representan algo fundamental: la continuidad no significa repetir exactamente lo que hicieron los fundadores; significa mantener vivos los principios mientras se encuentran nuevas respuestas para problemas nuevos.
En 2026, Azul Ambientalistas volvió a demostrar la vigencia de su compromiso con la defensa de las costas venezolanas al denunciar el vertido indiscriminado al mar de los escombros provenientes de las edificaciones afectadas por los terremotos del 24 de junio. La organización alertó sobre la disposición de estos materiales en sectores de La Guaira como Playa El Yate, Naiguatá y Tanaguarena, señalando que entre los residuos podían encontrarse cabillas, metales, plásticos, hidrocarburos, transformadores y otros componentes potencialmente peligrosos. La Fundación advirtió que una tragedia natural no podía convertirse, por una gestión inadecuada de sus residuos, en una nueva tragedia ambiental, y llamó a establecer mecanismos terrestres de acopio, clasificación, reciclaje y disposición segura de los escombros. La denuncia fue recogida también por medios internacionales, ampliando la preocupación sobre las consecuencias ecológicas y sanitarias de esta práctica.
Cuarenta años después de su nacimiento, aquella capacidad de reaccionar frente a una nueva amenaza constituye quizás la mejor prueba de que la Fundación sigue siendo fiel a su razón de ser.
Han cambiado los problemas, las tecnologías, las generaciones y los escenarios políticos y económicos, pero algo permanece: la decisión de mirar la herida ambiental, acercarse a ella y señalarla. Por eso celebrar los 40 años de Azul Ambientalistas no significa simplemente recordar una fecha; significa reconocer cuatro décadas de persistencia frente a la contaminación del Lago, los derrames petroleros, los plásticos y el deterioro de las costas; persistencia en la recuperación de playas, en la educación ambiental, en la defensa de las comunidades, en la comunicación y en la denuncia.
Y, sobre todo, persistencia en la convicción de que Venezuela puede construir una relación diferente con su naturaleza. Una relación que no esté basada exclusivamente en extraer, explotar y desechar, sino en conocer, preservar, restaurar y regenerar.
En esa evolución de cuatro décadas, Azul Ambientalistas también ha comprendido que la defensa del planeta exige mirar hacia las fuentes de energía que sostienen la civilización. La transición hacia formas de generación de menor impacto ambiental constituye hoy una parte inseparable de la agenda ambientalista. De esa evolución del pensamiento surge también una reflexión hacia el futuro que ha sido denominada Solarismo: la posibilidad de imaginar una civilización que, aprovechando la abundancia del Sol, avance hacia una relación más limpia, distribuida y responsable con la energía, la naturaleza y la vida. No se trata solamente de cambiar una tecnología por otra, sino de preguntarse qué sociedad puede construirse con la energía del futuro.
Quizás la mejor manera de comprender estos cuarenta años sea regresar simbólicamente a aquel 1 de septiembre de 1986. Un grupo de jóvenes universitarios decidió entonces que la defensa de la naturaleza debía convertirse en una tarea ciudadana. No podían imaginar que cuatro décadas después seguiría existiendo una organización capaz de limpiar playas, investigar contaminación, denunciar derrames petroleros, defender el Lago de Maracaibo, educar comunidades, promover el ecoturismo, hablar de economía circular, participar en iniciativas internacionales y responder ante nuevas emergencias ambientales.
Pero eso es precisamente lo que significa haber sembrado una idea. Una organización puede cambiar, sus integrantes pueden cambiar, sus métodos pueden cambiar y sus territorios de acción pueden cambiar, pero una idea puede permanecer. Y la idea fundamental de Azul Ambientalistas ha sido siempre la misma: la naturaleza no necesita espectadores; necesita ciudadanos dispuestos a defenderla.
Una playa recuperada puede volver a contaminarse; un lago puede volver a llenarse de verdín; un derrame puede ser limpiado y otro aparecer posteriormente; los residuos pueden regresar y los problemas pueden reaparecer. Pero cuando una sociedad aprende a mirar, a preguntar, a investigar, a educar y a denunciar, queda sembrada una conciencia mucho más difícil de destruir.
Esa conciencia es, quizás, la verdadera obra de la Fundación Azul Ambientalistas. Porque una institución ambientalista no se mide solamente por la cantidad de toneladas de basura que ha retirado de una playa, ni por el número de árboles que ha sembrado, ni por la cantidad de denuncias que ha publicado. Se mide también por las personas que consiguió despertar, por los jóvenes que aprendieron a mirar un río de otra manera, por los niños que entendieron que una botella lanzada a una calle puede terminar en el mar, por las comunidades que descubrieron que defender su territorio también es defender su futuro y por los ciudadanos que comprendieron que el ambiente no es un asunto ajeno, sino el espacio donde ocurre nuestra propia vida.
La Fundación Azul Ambientalistas nació en Maracaibo, pero su historia pertenece a Venezuela. Sus murales comenzaron en las calles, su preocupación nació alrededor del Lago, su voz llegó a las costas, sus denuncias alcanzaron escenarios nacionales e internacionales, sus acciones acompañaron comunidades y su mensaje terminó trascendiendo generaciones.
Por eso este aniversario no debe ser solamente una celebración. Debe ser también una renovación del compromiso, porque Venezuela sigue necesitando organizaciones independientes capaces de decir lo que debe ser dicho. Sigue necesitando ciudadanos que defiendan sus playas, investigadores que estudien sus ríos y lagos, periodistas que investiguen sus problemas ambientales, educadores que formen nuevas generaciones y organizaciones capaces de recordarle al país que ninguna riqueza económica puede justificar la destrucción de la riqueza natural.
Hace cuarenta años, Azul Ambientalistas sembró una semilla. Durante estas cuatro décadas, esa semilla se convirtió en organización, conciencia, denuncia, educación, acción y esperanza. Hoy, cuando Venezuela enfrenta algunos de los mayores desafíos ambientales de su historia, aquella semilla continúa viva.
Y quizá ese sea el mejor homenaje que se puede hacer a quienes tuvieron el valor de sembrarla: seguir sembrando.
Felicidades a sus fundadores; felicidades a quienes estuvieron en sus primeras jornadas; felicidades a quienes durante estos cuarenta años limpiaron, investigaron, educaron, denunciaron y defendieron; felicidades a su actual equipo, que ha sabido mantener encendida esta llama; y felicidades a toda la familia de la Fundación Azul Ambientalistas.
Cuarenta años después, la semilla verde sigue viva.
Y mientras exista alguien dispuesto a defender un lago, limpiar una playa, proteger un bosque, denunciar una contaminación, educar a un niño o simplemente levantar la voz por la naturaleza, aquella semilla seguirá creciendo.
¡Felices 40 años, Fundación Azul Ambientalistas!
Por cuarenta años de lucha, conciencia, persistencia y amor por la vida.




