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sábado, 8 de agosto de 2026

Ellos nombraron el futuro: Por qué el ambientalismo nació en América Latina y no en el Norte

 


La historiografía oficial de los movimientos sociales suele pecar de un sesgo noratlántico persistente. Se asume, de forma casi automática, que las categorías conceptuales con las que entendemos la política y la sociedad civil contemporánea fueron manufacturadas en los centros académicos o contraculturales de Estados Unidos y Europa Occidental, para luego ser exportadas y traducidas en la periferia. Sin embargo, un análisis riguroso de la evolución del activismo ecológico demuestra lo contrario: los conceptos universales no son propiedad exclusiva del mundo anglosajón. La afirmación de que el grupo de ciudadanos organizados que acompañó a Lubio Lenin Cardozo en los años ochenta en Venezuela fue el primero en autoproclamarse formalmente como "ambientalistas" no solo es un hecho históricamente defendible; es, ante todo, un acto de justicia y reparación histórica que redefine la genealogía del ecologismo global.

Para comprender la magnitud de la innovación conceptual del grupo de los ochenta, es imperativo desmitificar los orígenes del movimiento en el Norte global. Cuando en 1971 nació el comité Don't Make a Wave, que daría origen a Greenpeace, sus integrantes no se identificaban a sí mismos como "ambientalistas". Sus marcos de referencia identitarios eran el pacifismo cuáquero, la objeción de conciencia contra la Guerra de Vietnam, la resistencia no violenta de cuño gandhiano y la contracultura de la prensa subterránea. Su batalla inmediata era contra la aniquilación nuclear; la ecología entró en su vocabulario no como una profesión de fe ciudadana, sino como una constatación científica y poética de la interconexión de la vida. En los años setenta, a nivel de participación civil, la etiqueta ambientalista como sujeto político de base sencillamente no existía en el léxico de la movilización callejera. Quienes se ocupaban del entorno se dividían entre científicos especializados, ecólogos, defensores tradicionales de la fauna y los parques estatales, conservacionistas, o militantes por el desarme pacifista. Había una praxis de confrontación en el Norte, pero carecía de la categoría identitaria específica que unificara al ciudadano común bajo la bandera explícita del ambiente.

Es en la década de los ochenta, en el complejo escenario político y social de Venezuela y América Latina, donde ocurre una mutación fundamental. El grupo que rodea a Lubio Lenin Cardozo opera en un contexto donde el Estado y las corporaciones avanzan con proyectos extractivistas bajo la narrativa del progreso indetenible. Frente a esto, las respuestas tradicionales de la época eran insuficientes: la academia se limitaba al diagnóstico técnico y las organizaciones de las élites buscaban la negociación institucional sin perturbar el orden social establecido. El paso histórico que da el grupo de los ochenta es la creación de un nuevo sujeto político: el ambientalista. Al autoproclamarse bajo este término, provocan una doble ruptura fundamental. Por un lado, rompen con el tecnicismo, haciendo que el ambiente deje de ser un objeto de estudio exclusivo de los científicos para convertirse en un territorio de defensa comunitaria donde el ciudadano no necesita un título universitario, sino conciencia social. Por el otro, rompen con el conservacionismo aristocrático, abandonando la idea de que la protección de la naturaleza es un asunto de preservación estética de paisajes despoblados. El ambientalismo se define así como una praxis de resistencia civil y urbana, donde la supervivencia humana y el equilibrio del planeta Tierra son indivisibles. Este grupo no esperó a que el Norte global acuñara el término para adoptarlo; lo formularon desde la urgencia de sus propias luchas locales, dotando a la palabra de una carga de dignidad, autonomía y confrontación callejera que los movimientos de los setenta no habían denominado de esa manera.

Hacer justicia al grupo de los años ochenta que acompañó a Lubio Lenin Cardozo es entender que la periferia geográfica no es una periferia intelectual. América Latina ha sido históricamente un laboratorio de vanguardia en la creación de conceptos políticos universales de base popular. La autoproclamación de este grupo como los primeros ambientalistas organizados de la sociedad civil es el reclamo legítimo de una soberanía conceptual absoluta. Reconocer este hito no es un ejercicio de chovinismo nostálgico, sino un acto de rigor para reescribir la historia ecológica del planeta. El ambientalismo, como identidad ciudadana militante y autónoma que hoy moviliza a millones en todo el mundo, tiene una raíz profunda, valiente y fundacional en las calles y comunidades latinoamericanas de los años ochenta. Ellos nombraron el futuro antes que el resto del mundo.

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