Más tiempo = energía × libertad.
La humanidad se encuentra ante una paradoja extraordinaria. Necesita abandonar las fuentes de energía que han sostenido gran parte de su desarrollo moderno porque su costo ambiental y climático amenaza las condiciones mismas de la vida, pero al mismo tiempo necesita disponer de más energía para alimentar una sociedad cada vez más tecnológica, automatizada y compleja.
La transición hacia nuevas fuentes energéticas no es, por tanto, una opción secundaria. Es una necesidad histórica. Pero sustituir el petróleo, el carbón y el gas por fuentes renovables no debería ser el final de la transformación. Debería ser apenas su comienzo.
Porque existe una pregunta todavía más letal: ¿para qué queremos liberar y multiplicar la energía?
Durante demasiado tiempo hemos confundido la capacidad de producir con la capacidad de vivir. Cada aumento de productividad ha abierto la posibilidad de realizar más trabajo en menos tiempo, pero la sociedad ha tendido a utilizar esa capacidad para ampliar nuevamente la producción, acelerar el consumo y generar nuevas necesidades. La tecnología ahorra tiempo mientras la cultura económica encuentra nuevas maneras de ocuparlo.
El desafío de la nueva era consiste en romper ese círculo.
La energía que necesitamos para superar la civilización fósil debería permitir algo más que descarbonizar nuestras máquinas. Debería ayudarnos a transformar la relación entre trabajo, productividad y existencia. Si una sociedad consigue disponer de energía limpia, abundante y distribuida, y además posee la tecnología para multiplicar su productividad, aparece por primera vez una posibilidad civilizatoria de enorme trascendencia: liberar tiempo humano a una escala desconocida en la historia.
De allí surge una ecuación que no pertenece a la física, sino a la filosofía de la civilización:
Más tiempo = energía × libertad.
La energía crea la posibilidad material de liberar tiempo. La libertad determina quién puede beneficiarse de esa posibilidad y para qué la utiliza. Y el tiempo liberado abre el espacio donde la existencia humana puede desplegarse más allá de la obligación permanente de producir para sobrevivir.
La verdadera pregunta de la transición energética, entonces, no es solamente cómo producir electricidad sin destruir el planeta. Es también qué nueva relación queremos establecer entre energía, trabajo y vida.
Porque cambiar la fuente energética sin cambiar el propósito de la energía podría dejarnos con una civilización más limpia, pero no necesariamente más libre.
La oportunidad histórica es mayor: utilizar la revolución energética para construir una civilización en la que la tecnología no solamente produzca más, sino que permita vivir más.
Lubio Lenin Cardozo


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