En medio del debate energético actual, resurgen con fuerza las tesis de El Capital y de El Estado y la Revolución. No es casual.
El sistema energético global sigue mostrando exactamente lo que Marx denunció: concentración de poder, explotación de recursos y subordinación de la tecnología a la lógica de la ganancia. Y también confirma lo que Lenin advirtió: el Estado, lejos de ser neutral, suele actuar como garante de los intereses dominantes.
Hasta aquí, el diagnóstico es correcto.
Pero el problema no está en el diagnóstico. Está en el horizonte. Porque tanto Marx como Lenin pensaron un mundo estructurado sobre un principio incuestionable: la escasez.
Un mundo donde los recursos son limitados, donde el poder se organiza en torno al control de esos recursos, y donde la lucha —de clases o de Estados— es inevitable.
Incluso cuando se propone transformar el sistema, la pregunta central se mantiene intacta:
¿Quién controla la energía? Y esa es, precisamente, la pregunta que hoy debemos superar. Porque estamos entrando en una nueva realidad energética.
Una realidad donde la principal fuente de energía —el Sol— no puede ser acaparada, ni cercada, ni monopolizada.
El Sol no pertenece a nadie. Y al mismo tiempo, pertenece a todos. Este hecho, aparentemente simple, tiene consecuencias profundas.
Si la energía deja de ser un recurso escaso, deja también de ser un instrumento de dominación.
Si cada hogar puede generar su propia electricidad, la lógica de concentración pierde sentido. Si la producción energética se descentraliza, el poder también lo hace.
Aquí es donde el pensamiento clásico encuentra su límite.
Marx explicó con brillantez cómo funciona la explotación. Lenin propuso cómo capturar el aparato del poder. Pero ambos permanecen dentro de una misma lógica: la del control.
El Solarismo, en cambio, propone un cambio más radical. No se trata de tomar el control de la energía. Se trata de hacer innecesario ese control.
No se trata de decidir quién domina el sistema energético. Se trata de rediseñarlo para que nadie pueda dominarlo.
Este no es un debate ideológico tradicional.
No es izquierda contra derecha. No es Estado contra mercado. Es una transformación más profunda: de la escasez a la abundancia, de la centralización a la descentralización, del poder concentrado al acceso distribuido.
Por eso, aunque Marx y Lenin siguen siendo herramientas útiles para entender por qué el sistema energético actual es injusto, no ofrecen una salida suficiente para el mundo que viene.
Porque el problema ya no es solo político.
Es estructural.
Y cuando cambia la estructura —cuando la energía deja de depender de recursos finitos y comienza a depender de una fuente inagotable— cambia todo:
la economía, la geopolítica, y sobre todo, la forma en que entendemos el poder. La transición energética no será solo un cambio de tecnología.
Será un cambio de civilización.
Y en ese nuevo escenario, la gran pregunta ya no será quién controla la energía.
Será algo mucho más simple,
y mucho más revolucionario:
¿Por qué seguimos intentando controlarla, si podemos compartirla?
Ese es el verdadero punto de quiebre.
Y ese punto…
comienza bajo el Sol.
Lubio Lenin Cardozo


No hay comentarios.:
Publicar un comentario