Durante décadas, el pensamiento económico dominante en los Estados Unidos ha tenido un nombre propio: Milton Friedman.
Su defensa del libre mercado, su confianza en la racionalidad individual y su insistencia en limitar el papel del Estado marcaron una época. Bajo su influencia, se consolidó una idea poderosa: los mercados, si se les deja funcionar, asignan mejor los recursos que cualquier planificación central.
Y durante mucho tiempo, esa idea pareció suficiente. Pero hoy, frente al desafío energético global, esa lógica comienza a mostrar sus límites.
No porque esté completamente equivocada. Sino porque parte de un supuesto que ya no es incuestionable: la escasez.
El legado de Milton Friedman choca hoy con la realidad de la crisis energética. Los mercados no están resolviendo el problema, lo están administrando. La sostenibilidad no puede depender de la rentabilidad, y la transición energética no llegará mientras el corto plazo siga dictando las decisiones. Sin dirección pública y sin correcciones estructurales, el mercado no soluciona la crisis: la prolonga.
Friedman construyó su visión en un mundo donde los recursos son limitados y deben ser administrados eficientemente. En ese contexto, convertir la energía en mercancía tiene sentido. Su precio regula el acceso. Su rentabilidad determina su expansión.
Pero ese modelo tiene consecuencias. La energía deja de ser un derecho funcional y se convierte en una variable económica.
Las energías limpias, incluso cuando son técnicamente viables, no avanzan por su necesidad social, sino por su rentabilidad. El resultado es una transición energética lenta, desigual y, muchas veces, excluyente.
No por falta de tecnología. Por exceso de mercado.
Aquí es donde aparece una ruptura que Friedman no pudo prever.
El Sol.
Una fuente de energía que no responde a la lógica del mercado.
Que no se agota.
Que no se concentra.
Que no puede ser monopolizada.
Y cuando esta fuente se convierte en sistema —a través de la tecnología fotovoltaica— ocurre algo profundamente disruptivo: la energía deja de depender exclusivamente de intermediarios.
Cada hogar puede producir. Cada techo puede generar. Cada ciudadano puede dejar de ser solo consumidor.
Este hecho, aparentemente técnico, es en realidad político. Porque cuando la producción energética se descentraliza, el poder también lo hace. La gran promesa del libre mercado era distribuir eficientemente lo escaso.
El Solarismo plantea algo distinto:
hacer irrelevante la escasez. Y cuando eso ocurre, la discusión cambia por completo.
Ya no se trata de regular mejor el mercado. Ni de liberar más fuerzas económicas.
Se trata de comprender que el recurso central —la energía— puede dejar de ser controlado por el mercado.
No por imposición ideológica. Sino por posibilidad tecnológica.
Milton Friedman enseñó a optimizar un sistema basado en la competencia por recursos limitados.
El Solarismo propone trascender esa lógica, apoyándose en una fuente abundante. No es una negación del mercado. Es su desplazamiento relativo.
Porque cuando el acceso a la energía se democratiza, el mercado deja de ser el único organizador de la vida económica.
Y cuando eso ocurre… se abre un nuevo escenario. Uno donde la libertad no depende solo de la capacidad de compra, sino de la capacidad de producir. Uno donde la eficiencia no se mide solo en precios, sino en acceso.
Y uno donde la pregunta fundamental deja de ser:
¿quién controla la energía?
Para convertirse en algo mucho más simple, y mucho más revolucionario:
¿Por qué seguir dependiendo del mercado cuando el Sol está disponible para todos?
Ese es el punto de quiebre. Y desde ahí… comienza otra historia. La historia de la luz.
Lubio Lenin Cardozo


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