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viernes, 25 de septiembre de 2026

El Solarismo es la filosofía del devenir, no un género literario

 El Solarismo es la filosofía del devenir, no un género literario

Hay una operación intelectual que se repite con insistencia cuando el pensamiento del Sur global incomoda: reducir una tesis política a un estilo, una filosofía a un género, una propuesta civilizatoria a una estética. Es lo que ocurre cuando se presenta el Solarismo como un "género híbrido" llamado "realismo eco-tecnopoético", definido por entrelazar el lenguaje técnico de las energías renovables con el realismo mágico latinoamericano y por describir comunidades autónomas en la Amazonía que defienden sus entornos con drones solares.

Esa caracterización no es inocente. Es una forma elegante de desactivar el Solarismo. Al encerrarlo en la vitrina de lo literario, se le despoja de su condición de teoría política, de su dimensión económica, de su propuesta jurídica, de su ambición civilizatoria. Se le convierte en una curiosidad estética: un subgénero simpático, exótico, folclórico, incapaz de interpelar las estructuras reales de poder. Conviene, por tanto, desmontar esa operación punto por punto.

El Solarismo no es un estilo narrativo. Es una tesis sobre la relación entre energía y civilización. Sostiene una hipótesis verificable: la fuente energética dominante de una época determina su estructura política, económica y cultural. El carbón configuró la civilización industrial. El petróleo configuró la civilización globalizada y desigual. La energía solar distribuida puede configurar una civilización descentralizada, cooperativa y regenerativa. Esa tesis no pertenece al orden de la ficción. Pertenece al orden de la historia, de la economía política y de la filosofía. Puede discutirse, refutarse o confirmarse. Pero no puede despacharse como "estilo".

El realismo mágico no es el marco del Solarismo. Es una categoría ajena a su proyecto. El realismo mágico fue una respuesta estética latinoamericana a una realidad que desbordaba los moldes de la racionalidad europea. Su mérito es enorme, pero su naturaleza es literaria. El Solarismo, en cambio, no propone una poética de lo maravilloso. Propone una transformación material: la descentralización de la energía, la democratización de la propiedad, la relocalización de la economía, la suficiencia como cultura, la soberanía energética como base de la libertad política. Nada de eso necesita del realismo mágico para existir. Necesita ingeniería, derecho, economía, organización comunitaria y voluntad política. Reducirlo a una estética es una forma de decir: "esto no es serio, es literatura".

La mención de los drones solares en la Amazonía es una caricatura del argumento. El Solarismo no se define por sus artefactos. Se define por su arquitectura de poder. Un panel solar en un techo no convierte a nadie en solarista, del mismo modo que un martillo no convierte a nadie en carpintero. Lo que define al Solarismo es la pregunta por quién produce la energía, quién la posee, quién la controla, quién decide sobre ella y cómo se distribuye. La anécdota de los drones solares es un detalle pintoresco. La tesis es que la geometría de la energía condiciona la geometría del poder. Confundir una con otra es confundir la anécdota con la teoría.

La reducción literaria es, además, una forma de colonialismo epistémico. Cuando un pensamiento del Norte propone una teoría, se le discute como teoría. Cuando un pensamiento del Sur propone una teoría, se le suele reclasificar como literatura, mito, saber ancestral, poética o estética. Es una operación conocida: el Sur no produce conocimiento, produce color local. El Norte no produce color local, produce conocimiento. Por eso el Solarismo, nacido en Maracaibo en los años ochenta y desarrollado durante cuatro décadas, debe ser leído como lo que es: una tesis de filosofía política, no un subgénero narrativo. Reducirlo a "realismo eco-tecnopoético" es una forma de no leerlo.

El Solarismo tiene una dimensión jurídica, económica y política que ningún género literario puede contener. Ha producido conceptos operativos como la desenergía de la subyugación, la segunda geometría de la energía, el ciudadano energético soberano, el tiempo liberado como Energía × Libertad, la productividad vital, el contrato ambientalista, la ley de la geometría energética del poder. Todos ellos son categorías analíticas, no figuras retóricas. Pueden usarse para diseñar políticas públicas, para redactar marcos regulatorios, para organizar comunidades energéticas, para litigar contra monopolios, para medir el bienestar más allá del PIB. Nada de eso cabe en un "estilo narrativo".

La verdadera pregunta no es si el Solarismo es literario, sino por qué se insiste en presentarlo así. La insistencia revela un problema. El Solarismo incomoda porque afirma tres cosas que el pensamiento dominante prefiere evitar. Primero, que la transición energética no puede ser solo tecnológica, sino que exige una transformación estructural del sistema económico y de la cultura del consumo. Segundo, que la energía solar no es democrática por naturaleza y puede ser capturada por las mismas corporaciones que hoy controlan los combustibles fósiles, si no se transforma la arquitectura de la propiedad y del control. Tercero, que existe una cultura fósil que sobrevive al petróleo y que puede reproducirse con paneles solares en los techos. Frente a afirmaciones de ese calibre, la respuesta más cómoda es decir: "bueno, pero qué bonito escribe". Es una forma de no responder.

El Solarismo no es un género literario. No es realismo mágico con paneles solares. No es una poética de la sostenibilidad. No es una estética del Sur global. Es una tesis de filosofía política sobre la relación entre energía, poder, autonomía y libertad. Es una propuesta de transformación civilizatoria. Es una teoría que puede discutirse, refutarse o profundizarse. Pero no puede despacharse como estilo. Y si alguien insiste en llamarlo "realismo eco-tecnopoético", habrá que responderle con la misma claridad con la que se responde a cualquier intento de reducir el pensamiento del Sur a decoración: no estamos escribiendo un cuento. Estamos formulando una teoría. Y esa teoría tiene la misma pretensión de universalidad que cualquier otra nacida en cualquier otro lugar del mundo.

Lubio Lenín Cardozo 🌞

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