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jueves, 24 de septiembre de 2026

Panta Rhei, todo fluye: Cuando el devenir deja de estar gobernado por la escasez.

 


Panta Rhei, todo fluye: Cuando el devenir deja de estar gobernado por la escasez.

La angustia ante el devenir quizá sea una de las intuiciones inaugurales de la conciencia humana. Desde que el ser humano comenzó a preguntarse por su propia existencia descubrió que todo cambia, todo pasa y que ninguna construcción permanece intacta frente al tiempo. Heráclito condensó esta percepción en una fórmula que atraviesa la historia del pensamiento occidental: panta rhei, todo fluye. Existir significa encontrarse dentro de una corriente permanente de transformación en la que también nosotros somos transitorios. De esta constatación surgió una pregunta que todavía nos acompaña: si todo está destinado a transformarse y nuestra propia existencia es finita, ¿qué sentido tiene construir, amar, crear, educar o proyectarnos hacia un futuro que no podremos controlar? Heidegger situaría posteriormente la finitud en el centro de la existencia mediante el Dasein, mientras Camus encontraría en Sísifo la imagen del ser humano enfrentado a una tarea interminable. Pero quizá nuestra época haya añadido una nueva dimensión a aquella antigua angustia: ya no tememos solamente nuestra propia desaparición; comenzamos a preguntarnos si también puede estar en riesgo la continuidad del proyecto humano.

La crisis existencial contemporánea ha adquirido, por ello, una dimensión colectiva. La incertidumbre climática, la degradación de los ecosistemas, las guerras, la pérdida de biodiversidad, las desigualdades y la fragilidad de numerosas estructuras sociales han comenzado a erosionar nuestra capacidad de imaginar el porvenir. El problema ya no consiste únicamente en saber que cada individuo habrá de morir, sino en percibir que el mundo que estamos construyendo podría no ofrecer condiciones suficientes para las generaciones que vienen. Cuando una persona pierde la capacidad de imaginar su propio futuro, aparece la angustia; cuando una civilización pierde la capacidad de imaginar el futuro de sus descendientes, aparece una forma más profunda de desesperanza. Quizás una parte de la crisis de nuestro tiempo provenga precisamente de haber comenzado a concebir el mañana como una amenaza: agotamiento, colapso, conflicto y deterioro. La pregunta existencial contemporánea se ha desplazado entonces desde ¿qué sentido tiene mi existencia? hacia otra de escala civilizatoria: ¿tiene futuro la humanidad que estamos construyendo?

Esta transformación de nuestro imaginario no puede separarse de la experiencia energética de la modernidad. Durante los últimos dos siglos, la civilización industrial multiplicó extraordinariamente sus capacidades mediante el carbón, el petróleo y el gas. La energía fósil permitió producir, transportar, urbanizar y transformar el territorio a una escala desconocida, pero también acostumbró a la humanidad a depender de recursos concentrados, finitos y sometidos a complejas estructuras de extracción, control y distribución. La experiencia histórica de la civilización fósil pudo reforzar una determinada imaginación de la escasez: producir más parecía exigir extraer más; crecer significaba consumir más recursos; el futuro podía ser interpretado como una cuenta regresiva frente al agotamiento de aquello que hacía posible nuestro presente. Así, el final de un determinado modelo energético comenzó a confundirse peligrosamente con el final de nuestras posibilidades. Pero esa equivalencia no es necesaria. El agotamiento de los combustibles fósiles no equivale al agotamiento de las posibilidades energéticas de la humanidad.

Aquí aparece la posibilidad histórica que el Solarismo invita a contemplar. La radiación solar constituye un flujo energético extraordinariamente abundante en relación con las necesidades actuales de nuestra especie y, a diferencia de los combustibles fósiles, no requiere que la humanidad vacíe un yacimiento para disponer de ella. Esto no significa que el planeta disponga de recursos ilimitados ni que la energía solar pueda resolver por sí misma los problemas sociales, ecológicos o políticos. Significa algo más preciso: que podemos imaginar una civilización cuya infraestructura energética dependa progresivamente menos de la extracción de reservas agotables y más de la capacidad de captar, transformar, almacenar, distribuir y administrar responsablemente flujos naturales. El Solarismo surge así no solamente como una propuesta energética, sino como una invitación a modificar nuestra imaginación del porvenir: pasar de una civilización que vive consumiendo un patrimonio energético acumulado durante millones de años a otra que aprende a relacionarse con un flujo energético disponible en el presente, sin confundir abundancia con derecho al consumo ilimitado.

Pero una nueva fuente energética no garantiza por sí misma una nueva humanidad. La cuestión decisiva será qué hacemos con la capacidad que esa energía nos ofrece. Una sociedad puede disponer de abundante energía y continuar reproduciendo desigualdades, destrucción ecológica, concentración del poder y consumo sin propósito. Por eso, el Solarismo adquiere una dimensión ética: no propone simplemente sustituir una fuente por otra, sino preguntarnos cómo utilizar la energía para preservar y ampliar las posibilidades de la vida. Captar la luz puede ser una operación tecnológica; transformarla, una operación industrial; distribuirla, una operación económica; administrarla, una operación política. Pero decidir para qué queremos utilizarla constituye una cuestión civilizatoria. La política del futuro no consistirá solamente en administrar la escasez de los recursos energéticos, sino también en gobernar responsablemente la abundancia disponible para preservar la vida. El desafío dejará de ser únicamente quién controla la fuente de energía y comenzará a ser cómo una sociedad decide qué hacer con la energía que ha aprendido a captar.

Esta perspectiva permite recuperar también una relación diferente entre humanidad y naturaleza. La civilización extractiva tendió a concebir el territorio como un depósito de recursos disponibles para ser extraídos, transformados y consumidos. Una cultura solar puede abrir otra posibilidad: aprender a participar de los flujos naturales sin destruir las condiciones que los hacen posibles. La agrovoltaica, por ejemplo, permite imaginar espacios donde la captación energética pueda coexistir, bajo determinadas condiciones, con actividades agrícolas, ganaderas, ecológicas y comunitarias. No constituye una solución universal ni elimina los conflictos territoriales, pero expresa una posibilidad: que la infraestructura humana pueda ser diseñada no solamente para extraer de la naturaleza, sino también para convivir con ella y contribuir a su regeneración. La pregunta deja entonces de ser exclusivamente cuánto podemos obtener del planeta y comienza a ser cómo podemos sostener nuestra existencia sin impedir que el planeta continúe sosteniendo la vida. En ese desplazamiento aparece una ética de la responsabilidad intergeneracional.

Y esa responsabilidad nos devuelve al tiempo. El ser humano sabe que su existencia individual es limitada, pero posee una capacidad extraordinaria: puede actuar sobre un futuro que no llegará a contemplar. Un árbol plantado hoy puede dar sombra a alguien que todavía no ha nacido; una escuela puede educar generaciones que nunca conocerán a quien la construyó; una investigación puede transformar vidas décadas después; una infraestructura puede continuar sirviendo cuando sus creadores ya no estén. En este sentido, sembrar constituye una forma de relacionarse con el devenir. El sembrador no tiene la garantía del resultado ni necesita verlo personalmente para considerar valiosa su acción. Sabe que su tarea pertenece también a quienes vendrán. Frente a Sísifo, condenado a repetir una acción cuyo desenlace conoce, aparece otra figura posible: el ser humano que introduce una posibilidad nueva en el tiempo. Sísifo empuja la piedra; el sembrador prepara el futuro. No porque haya vencido a la muerte, sino porque ha descubierto que la finitud no impide proyectar la existencia más allá de uno mismo.

Quizás aquí encontremos la relación más profunda entre Solarismo y crisis existencial. El Solarismo no promete que la humanidad vencerá la muerte, eliminará el conflicto o alcanzará una felicidad permanente. Tampoco puede garantizar que el futuro será mejor. Su propuesta es más humilde: recuperar la posibilidad de imaginar que el futuro sigue abierto. La esperanza no consiste en creer que todo saldrá bien, sino en reconocer que todavía existen posibilidades de acción. Mientras podamos plantar, restaurar, educar, investigar, crear, construir, compartir y cuidar, no hemos renunciado al futuro. La energía solar adquiere entonces un significado que trasciende la tecnología: representa la posibilidad material de abandonar una determinada lógica de agotamiento y comenzar a construir otra basada en la recepción, la transformación responsable y la regeneración. El Solarismo no pretende detener el devenir; propone aprender a habitarlo de otra manera. No necesitamos creer que la humanidad es eterna para volver a creer en el futuro. Necesitamos saber que todavía tenemos futuro para poder seguir construyéndolo.

Todo fluye. Nosotros también. Las sociedades cambian, las civilizaciones desaparecen y cada generación termina entregando el mundo a la siguiente. No podemos detener el río del tiempo, pero sí podemos decidir qué hacemos mientras navegamos en él. Tal vez esa sea una respuesta posible a la antigua intuición de Heráclito: el sentido no está en impedir que todo cambie, sino en participar conscientemente de aquello que queremos que continúe. Frente a la angustia de un futuro cerrado, podemos construir futuros posibles; frente a la resignación, acción; frente al agotamiento, regeneración; frente a la desesperanza, proyecto. La humanidad no necesita prometerse eternidad para justificar su existencia. Necesita recuperar la voluntad de sembrar aquello que otros podrán cosechar. Mientras nuestra estrella continúe entregando luz a este pequeño planeta y mientras conservemos conocimiento, imaginación y voluntad para convertir esa luz en condiciones de vida, la historia humana no estará terminada. El futuro no está garantizado. Pero todavía está abierto. Y mientras esté abierto, vale la pena construirlo.

Lubio Lenin Cardozo

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