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miércoles, 8 de abril de 2026

Luz contra fatiga: Por qué el Solarismo necesita responder a Byung-Chul Han

 


Vivimos una paradoja: nunca hemos tenido más acceso a información, estímulos y promesas de felicidad, y sin embargo la fatiga se ha convertido en la epidemia silenciosa de nuestro tiempo. El filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han lo ha diagnosticado con lucidez: hemos pasado de una sociedad disciplinaria (que nos castigaba desde fuera) a una sociedad del rendimiento, donde cada uno se autoexplota creyendo que se autorrealiza. El verdugo ya no está en el panóptico; está en nuestro propio cerebro, susurrándonos que debemos ser más productivos, más positivos, más luminosos.

Precisamente esa palabra —luminosos— me interpela directamente, porque soy el proponente de una corriente filosófica que he llamado Solarismo. El Solarismo propone, en esencia, una ética de la luz: transparencia, comunidad regenerativa, energía limpia como principio vital, y una apuesta por irradiar en lugar de acumular. Frente al agotamiento contemporáneo, el Solarismo responde con esperanza activa, con la imagen del Sol que nace cada día recordándonos que siempre hay posibilidad de renacimiento.

Byung-Chul Han hace una pregunta que no se puede eludir: ¿No será el Solarismo, acaso, otra forma de esa violencia positiva que tanto critico? Porque la sociedad del cansancio, explica Han, se caracteriza por el exceso de positividad: «Sé feliz», «Sé exitoso», «Sé transparente». Mandatos que no provienen de una ley externa, sino de la propia voluntad de rendimiento. Y ahí radica la trampa: cuando la luz se convierte en obligación, la sombra se vuelve pecado.

Han tiene razón al advertir que la transparencia total puede ser una nueva jaula. En su libro La sociedad de la transparencia, sostiene que la exigencia de mostrarlo todo destruye la intimidad, el secreto y la negatividad fecunda —esos espacios donde el cansancio puede recostarse sin rendir cuentas. Si el Solarismo se limita a proclamar «más luz, más comunidad, más transparencia», sin ofrecer un lugar para el no-rendimiento, para la opacidad legítima o para el simple derecho a no irradiar un día, entonces no estaríamos curando la fatiga: estaríamos alimentándola bajo una nueva máscara.

¿Qué hacer entonces? El Solarismo es un imperativo de felicidad perpetua. El Sol no solo alumbra; también permite la noche. La naturaleza cíclica que invocamos incluye el ocaso, el descanso, la pausa donde la tierra se regenera. Una comunidad verdaderamente luminosa no es aquella donde todos brillan sin cesar, sino donde se reconoce el derecho a la fatiga, al silencio, a la sombra compartida.

Por eso, cuando Han escribe que «la violencia neuronal del exceso de positividad nos anula», yo añado: el Solarismo no puede ser una filosofía de la positividad ingenua. Debe ser una filosofía de la armonía cíclica: luz y oscuridad, acción y reposo, irradiación y recogimiento. Si logramos eso, entonces la comunidad solarista no será una secta de la felicidad obligatoria, sino un refugio donde el cansancio se respeta y la esperanza se construye sin tiranías.

Debatir con Byung-Chul Han  ha enseñado algo fundamental: toda filosofía de la luz debe incluir una teoría de la sombra. La grandeza del Sol no es que nunca se ponga, sino que sabe cuándo hacerlo. Así también nuestra ética: brillar, sí, pero también descansar. Transparencia, sí, pero también pudor. Comunidad, sí, pero también soledad reparadora.

El Solarismo del siglo XXI no le teme a la crítica de Han. Al contrario, la necesita para madurar. Porque una luz que no conoce su propia noche, termina quemando lo que dice iluminar.

Lubio Lenin Cardozo

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