Cuando hablo del Solarismo, como filosofía, se propone a la luz como principio ético, la transparencia como virtud y la comunidad regenerativa como horizonte—, a menudo recibo una objeción pero en este caso lo agradezco profundamente. Viene de una de las pensadoras más lúcidas de nuestro tiempo, Donna Haraway, quién me dice:
Lubio tu lenguaje está lleno de palabras que me ponen en alerta: transparencia, pureza, luz, regeneración. Suenan como un anuncio de jabón. Y ya sabemos lo que pasa con la limpieza obsesiva: siempre termina echando a alguien a la basura.
Haraway no defiende la mugre por la mugre. Lo que ella propone es que no hay criaturas puras. Todos somos cyborgs: híbridos de carne, máquinas, bacterias, cables, algoritmos, virus. Las comunidades reales no son luminarias celestiales; son nudos de relaciones parciales, opacas a veces, siempre inacabadas. Su metáfora no es el jabón, sino el compost: materia que se descompone para dar vida nueva.
¿Puede el Solarismo hacerle un lugar al lodo?
¿O está condenado a ser una religión de la limpieza que termina desechando lo que no brilla?
La tentación del «solucionismo» es real. Haraway lo señala con ironía: la idea de que un solo elemento —la luz, la tecnología solar, la energía limpia— va a resolver todos los problemas. Y tiene razón al recordarnos que los espejos de las plantas termosolares matan pájaros, que las megaplantas arrasan ecosistemas, que los paneles rotos se acumulan en vertederos del Sur global mientras los trabajadores los reciclan sin protección. Un Solarismo que ignore estas sombras no sería una filosofía de la vida, sino una nueva máscara del extractivismo luminoso.
Pero el Solarismo no es eso. No es una fe en la tecnología como salvación, ni un optimismo ingenuo que borra los residuos bajo la alfombra. Por eso mismo insiste en la descentralización: no megaplantas en el desierto, sino miles de pequeños techos solares. No flujos unidireccionales de energía que reproducen las jerarquías del capital, sino cooperativas locales donde la comunidad decide. Y sobre todo, una ética que no teme a la descomposición, sino que la entiende como parte del ciclo.
Haraway me pregunta: «¿Estás dispuesto a hacer parentesco con los paneles rotos? ¿A sentarte con ellos, a aprender de ellos, a llorarlos cuando mueren?»
Mi respuesta es simple: El Solarismo no puede limitarse a celebrar la luz si no sabe qué hacer con la oscuridad de los residuos, con la muerte de los artefactos, con la basura que dejamos atrás. Por eso he llegado a aceptar que el Solarismo debe ser también una filosofía de la responsabilidad fúnebre. No dice «el Sol vence a la muerte». Dice: «el Sol nos recuerda que cada día termina, y que debemos preparar la noche».
Así que sí: hagamos parentesco con los paneles rotos. Diseñemos tecnología para que sus materiales sean reutilizables. Creemos rituales comunitarios para desmantelar una batería agotada. Que cada instalación solar incluya un plan de entierro digno. Eso no es antitético al Solarismo; es su expresión más profunda. Porque la luz no es eterna, pero el ciclo sí. El Solarismo no teme a la basura; teme a la irresponsabilidad: a que la basura termine envenenando a los más débiles sin que nadie lo sepa.
Haraway quiere un mundo cyborg, hecho de alianzas extrañas, de monstruos y compost. Yo quiero un mundo solar, hecho de ciclos luminosos, de transparencia y comunidad. Pero quizás no sean opuestos. Quizás un solarismo cyborg sea posible: una filosofía donde la luz se ensucie con el barro de la Tierra, y donde el cyborg recuerde que toda su energía viene de una estrella.
El Solarismo no le pide a Haraway que abandone el lodo. Le pide que el lodo reciba luz. Porque incluso el barro más oscuro necesita un rayo de sol para que la vida brote. Ella me ha enseñado que no hay luz sin sombra. Yo le enseño que no hay sombra que no pueda ser habitada por un poco de luz.
De lo que se trata entonces es hacer un pacto: ni limpio ni sucio, sino justo. Ni puro ni monstruoso, sino responsable. Y sigamos con el problema —como dice Haraway—, pero sin olvidar que la luz, bien administrada, sigue siendo la mejor metáfora de la esperanza.
Lubio Lenin Cardozo


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