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viernes, 10 de abril de 2026

La comunidad luminosa contra la razón neoliberal

 


El neoliberalismo no es solo una política económica. No se agota en privatizaciones, desregulaciones o recortes del gasto público. Como nos ha enseñado Wendy Brown, es algo mucho más profundo y silencioso: una racionalidad, una forma de razonar y de vivir que convierte cada rincón de la existencia en un mercado, cada acción en una inversión, cada ser humano en un capital humano.

Esta lógica no se detiene en las fronteras de lo económico. Penetra el amor, la amistad, la crianza, la vejez, la salud, la educación. Nos enseña a vernos a nosotros mismos como pequeñas empresas, a nuestros vecinos como competidores, a la solidaridad como una pérdida de tiempo. Y lo más inquietante: nos hace creer que no hay alternativa.

Frente a este diagnóstico —que comparto en lo esencial—, el Solarismo que propongo se presenta como una filosofía de la luz, la transparencia y la comunidad regenerativa. Pero Brown  ha lanzado una advertencia que no se puede ignorar: ¿no corre el Solarismo el riesgo de ser cooptado por esa misma racionalidad neoliberal? 

¿No puede la “comunidad luminosa” convertirse en una “red de contactos”, la “transparencia” en vigilancia, la “descentralización” en abandono estatal?

La pregunta es legítima y  obliga a afinar la propuesta.

En primer lugar, el Solarismo no es una red de contactos. Cuando hablo de comunidad luminosa, no me refiero al capital social que mide el Banco Mundial. Me refiero al vínculo gratuito: dar sin esperar retorno, como da el Sol. Un panel solar comunitario no se instala para maximizar la rentabilidad individual; se instala para que todos tengan luz, especialmente los que menos tienen. Esa lógica de la gratuidad es radicalmente antineoliberal. El problema, como señala Brown, es que el neoliberalismo es experto en disfrazarse: puede vestirse de cooperativa, de economía verde, de empoderamiento comunitario, y seguir vaciando lo común.

Por eso el Solarismo no puede ser solo una tecnología ni una ética blanda. Debe ser una política. Y una política con instituciones fuertes.

En segundo lugar, la transparencia que defiendo no es la de los datos abiertos para el mercado. No es la que permite a una corporación medir el “rendimiento solar” de cada hogar y crear nuevos rankings de eficiencia. Es la transparencia democrática: aquella que permite a la comunidad auditar a sus representantes, conocer quién decide, quién instala, quién cobra, pero que al mismo tiempo protege la intimidad de las personas. No se trata de que todo sea visible, sino de que las cadenas de poder sean visibles. Eso es lo opuesto a la opacidad corporativa que el neoliberalismo adora.

En tercer lugar, la descentralización no puede ser una excusa para desmantelar el Estado. Brown tiene razón cuando advierte que el neoliberalismo ha reemplazado la protección estatal por la “responsabilidad individual” y la “resiliencia”. Un Solarismo ingenuo que dijera “cada comunidad que se las arregle” sería cómplice de ese abandono. Por eso el Solarismo que propongo incluye la exigencia de un Estado comunitario: un Estado que garantice el derecho universal a la luz como derecho humano básico. Eso significa paneles gratuitos para los más pobres, financiados con impuestos progresivos. Significa tarifas escalonadas donde quien más consume más paga. Significa que ninguna cooperativa pueda excluir a un vecino por falta de pago inicial.

¿De dónde sacamos la voluntad política para construir algo así? Brown  recuerda que el neoliberalismo no solo ha desmantelado instituciones; ha producido subjetividades. Ha sembrado desconfianza en lo colectivo. ¿Cómo se desaprende esa lección?

Tengo esta convicción: las subjetividades neoliberales no son eternas. Pueden ser desproducidas. Y el Solarismo es, ante todo, una práctica. Cuando un grupo de vecinos instala un panel colectivo, tiene que acordar horarios, repartir tareas, resolver conflictos. Esa pequeña pedagogía política puede cambiar algo en el alma. Aprenden a confiar, no porque sean virtuosos, sino porque la necesidad los obliga a cooperar. Y en esa cooperación, germina lo común.

El neoliberalismo nos dijo que éramos islas. El Solarismo responde que ninguna isla sobrevive sin la luz del Sol, y que esa luz es un bien común por naturaleza —el Sol no le cobra a nadie por brillar. La tecnología solar es solo una mediación. Lo importante es que, al compartirla, aprendemos a compartir otras cosas: el agua, el cuidado, el conocimiento.

No subestimo al capital. Es astuto, flexible, capaz de cooptar incluso la gratuidad. Pero tampoco subestimo la capacidad de la luz de abrirse paso entre las grietas. Construyamos esas grietas. Instalemos paneles, sí, pero también asambleas, presupuestos participativos, escuelas donde se aprenda a cooperar en lugar de competir.

Ese es el Solarismo que se propone: ni ingenuo ni derrotado. Simplemente luminoso y terco. Porque la noche neoliberal es larga, pero el Sol —bien administrado, comunitariamente gestionado, políticamente defendido— sigue siendo la mejor metáfora de la esperanza.

Lubio Lenin Cardozo

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