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jueves, 16 de abril de 2026

Por qué el realismo energético no es excusa para la parálisis. O tres falacias para entender al Sol.

 


Llevamos décadas escuchando que la transición energética es lenta, costosa y compleja. Que el carbón tardó un siglo en desplazar a la madera. Que el petróleo tardó otro medio siglo en desplazar al carbón. Que la infraestructura mundial está diseñada para combustibles fósiles, y cambiarla cuesta billones y lleva décadas. Quien mejor ha articulado este diagnóstico es Vaclav Smil, una autoridad en la historia de las transiciones energéticas. Sus números son impecables. Su realismo, inapelable. Pero hay una pregunta que su obra no responde: 

¿Y entonces qué hacemos? ¿Nos resignamos? ¿Aceptamos que el cambio climático es imparable y que lo único que nos queda es adaptarnos lo mejor posible?

El Solarismo que defiendo no niega los límites que Smil señala. Las transiciones son lentas. La inercia de los fósiles es masiva. La aviación, la industria pesada y la petroquímica son difíciles de descarbonizar. Los paneles solares necesitan minerales que se extraen con minería intensiva, a menudo en condiciones neocoloniales. Y al final de su vida útil, los paneles se convierten en residuos tóxicos si no los reciclamos adecuadamente. Todo eso es cierto. Pero el realismo de Smil, por necesario que sea, corre el riesgo de convertirse en una profecía autocumplida: si nos convencemos de que no podemos, efectivamente no podremos.

La primera falacia del realismo inmovilista es ignorar que el pasado no es el futuro. Las transiciones energéticas anteriores eran centralizadas: carbón, petróleo, gas, todas requerían grandes infraestructuras controladas por Estados o corporaciones. La energía solar, en cambio, puede instalarse en un techo. No necesita oleoductos ni refinerías. No necesita una red de distribución gigantesca si se consume localmente. Eso cambia las reglas del juego. No es que la transición sea fácil. Es que las condiciones han cambiado, y Smil, al mirar al pasado, subestima las posibilidades del presente.

La segunda falacia es confundir dificultad con imposibilidad. Sí, la aviación es difícil de descarbonizar. Sí, el cemento y el acero son sectores intensivos en carbono. Pero la respuesta no es "todo o nada". Es priorizar. Comencemos por lo fácil: electricidad residencial, transporte liviano, calefacción. Eso ya es la mitad de las emisiones. Para lo difícil, necesitaremos otras tecnologías: hidrógeno verde (quizás), captura de carbono (quizás), y sobre todo, reducción del consumo. No necesitamos tantos vuelos transatlánticos. No necesitamos tanto cemento si construimos con madera y diseñamos edificios más eficientes. El Solarismo no es una tecnología mágica. Es una filosofía de la suficiencia: usar menos, pero mejor.

La tercera falacia es el extractivismo sin reciclaje. Smil tiene razón cuando señala que los paneles solares no son "limpios" en el sentido absoluto. Necesitan silicio, cobre, aluminio, tierras raras. Su minería deja cicatrices. Pero la diferencia con los fósiles es crucial: un panel solar, a lo largo de su vida útil, produce entre 10 y 30 veces la energía que costó fabricarlo. Un coche de combustión, en cambio, nunca devuelve la energía que consumió. Y sobre todo, los materiales de un panel pueden reciclarse. El cobre, el aluminio, el silicio, pueden recuperarse una y otra vez. El petróleo, una vez quemado, no se recupera. No es lo mismo. Por eso el Solarismo insiste en tres principios: reciclaje obligatorio, minería urbana (extraer metales de la basura electrónica en lugar del suelo), y diseño para la durabilidad y reparabilidad.

¿Es suficiente? No. Pero es mejor que seguir extrayendo petróleo. Y es mejor que quedarse paralizado por la complejidad. Smil es un gran diagnosticador de problemas. Le reconozco esa autoridad. Pero le falta el otro lado: la imaginación de soluciones. No se trata de negar los límites. Se trata de trabajar dentro de ellos. El Solarismo es ese trabajo. Imperfecto, limitado, pero necesario.

El realismo de Smil nos recuerda que no hay soluciones mágicas. Y tiene razón. Pero el Solarismo no promete magia. Promete dirección. Promete que podemos empezar hoy, con lo que tenemos, donde estamos. Instalar un panel en el techo de una escuela rural no cambiará el clima global. Pero cambiará la vida de esos niños. Y quizás, solo quizás, si millones de personas hacen lo mismo, si se organizan en cooperativas, si presionan a sus gobiernos, si rechazan el extractivismo, entonces algo más grande podrá ocurrir.

No será rápido. Smil tiene razón en eso. Pero la lentitud no es inmovilidad. El Sol no espera. Y nosotros tampoco deberíamos.

Lubio Lenin Cardozo

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