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martes, 13 de octubre de 2026

El extractivismo no es una tecnología: es una geometría

 


Durante siglos hemos buscado el origen del extractivismo en aquello que se extrae: oro, petróleo, carbón, litio, madera. Hoy debemos añadir los minerales estratégicos y los datos que alimentan la economía digital. Hemos cambiado los materiales, perfeccionado las herramientas y multiplicado nuestra capacidad de intervenir en la naturaleza. Sin embargo, persiste una pregunta esencial: ¿quién decide cómo se extrae, quién recibe los beneficios y quién soporta las consecuencias? Quizás hemos definido mal el problema. El extractivismo no es solamente una actividad económica o una tecnología; es también una forma de organizar el poder. No es una tecnología: es una geometría. La geometría que determina cómo se distribuyen la propiedad, el control, las decisiones y sus consecuencias dentro de una sociedad.

En la geometría concentrada, unos pocos puntos controlan los recursos, las herramientas y las decisiones de muchos. La extracción ocurre en un territorio; las ganancias se contabilizan en otro; las decisiones se toman a miles de kilómetros, y los daños permanecen donde la tierra fue removida, el bosque desapareció o el agua quedó contaminada. La distancia no es únicamente geográfica: es política, económica y humana. El flujo predominante es lineal: extraer, transportar, consumir y desechar. Cambian los recursos y las tecnologías, pero puede permanecer intacta la estructura de dependencia. El petróleo del siglo XX, el oro de una mina contemporánea o el litio destinado a fabricar baterías pertenecen a industrias diferentes; sin embargo, cuando la propiedad y el control se concentran, pueden reproducir una misma relación: unos deciden, otros dependen y otros pagan el costo.

Venezuela ofrece un ejemplo concreto de esta geometría. En 2016, la creación del Arco Minero del Orinoco puso bajo un régimen de desarrollo estratégico aproximadamente 111.843 kilómetros cuadrados de territorio, equivalentes al 12,2 % del país. Más allá de las promesas económicas, la cuestión fundamental es quién decide su destino, quién recibe los beneficios y quién asume los costos ambientales y sociales. El caso ilustra una contradicción esencial: la propiedad formal de los recursos no garantiza, por sí sola, la capacidad efectiva de una sociedad para decidir cómo se explotan y qué consecuencias está dispuesta a aceptar. Un territorio puede seguir perteneciendo jurídicamente a una nación mientras las decisiones que determinan su futuro se alejan de quienes deberían poder ejercer esa soberanía.

Frente a la geometría concentrada existe la posibilidad de una geometría distribuida, en la que las capacidades de producir, mantener, reparar y decidir se extienden entre hogares, comunidades, cooperativas, talleres e instituciones locales. No significa que cada persona deba producirlo todo ni que deban desaparecer las grandes infraestructuras. Significa ampliar los puntos desde los cuales la sociedad puede actuar y participar en las decisiones que sostienen su existencia. Un techo solar que permite a una familia producir parte de su electricidad, una comunidad capaz de mantener su infraestructura o un taller que repara equipos en lugar de desecharlos pueden reducir dependencias y devolver conocimiento a su entorno. El flujo deja de ser exclusivamente lineal y puede adquirir una lógica circular: captar, utilizar, reparar, reutilizar y compartir.

Hay una pregunta sencilla que permite acercarnos a la geometría del poder: ¿quién es dueño de los tornillos? ¿Quién puede abrir una máquina, comprender su funcionamiento, conseguir sus repuestos y repararla sin depender de una autorización inaccesible? ¿Quién controla el programa que la gobierna y las condiciones bajo las cuales puede utilizarse? Los tornillos representan algo más profundo que una pieza metálica: simbolizan la capacidad de comprender, mantener y transformar aquello de lo que dependemos. No determinan por sí solos si un sistema es justo o extractivista, pero ayudan a revelar dónde reside el control efectivo. Porque una sociedad puede poseer formalmente sus herramientas y, sin embargo, depender de otros para utilizarlas, repararlas o decidir sobre ellas.

Esta pregunta puede aplicarse a cualquier sociedad, industria o tecnología: ¿dónde se concentra el poder?, ¿quién puede modificar las reglas?, ¿quién tiene acceso a las herramientas?, ¿quién se beneficia y quién queda expuesto a las consecuencias? Un panel solar puede reducir la dependencia de una red eléctrica y, al mismo tiempo, mantener a su propietario sometido a un fabricante que controla las piezas, el software y las reparaciones. Una mina puede emplear tecnología avanzada y seguir operando bajo una estructura en la que las comunidades carecen de poder sobre su territorio. La modernidad de los equipos no resuelve el problema de fondo. La tecnología indica qué podemos hacer; la geometría del poder revela quién puede hacerlo, quién decide para qué y quién tiene derecho a decir que no.

Por eso, cambiar el carbón por el sol, el petróleo por el litio o una máquina antigua por otra digital no basta si permanece intacta la concentración de las decisiones, los beneficios y las dependencias. Una transición tecnológica puede cambiar las herramientas de la civilización sin transformar la lógica que las gobierna. La verdadera transformación comienza cuando las personas y las comunidades adquieren capacidad efectiva para comprender, controlar y orientar los sistemas que sostienen sus vidas; cuando la energía deja de ser únicamente una mercancía y se convierte también en una cuestión de autonomía, y cuando el territorio deja de tratarse como una reserva disponible para reconocerse como un espacio de vida. No se trata de abolir toda extracción, sino de someterla a límites ecológicos, responsabilidades verificables y decisiones legítimas.

No basta con cambiar lo que extraemos. Debemos transformar la forma en que se distribuye el poder de extraer, decidir y vivir. Porque la geometría del poder condiciona la libertad de una civilización.

Lubio Lenin Cardozo

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