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domingo, 11 de octubre de 2026

Lo natural de Bolívar y Bonaparte

 


La historia suele recordar a Simón Bolívar y a Napoleón Bonaparte como titanes de la geopolítica y el campo de batalla, hombres cuya voluntad de hierro rediseñó las fronteras de dos continentes bajo el influjo revolucionario del siglo XIX. Sin embargo, detrás de las cargas de caballería y los códigos legales que moldearon naciones, existió en ambos una dimensión menos explorada pero profundamente reveladora: su relación con el entorno natural. Lejos de ser un mero telón de fondo para sus ambiciones, la naturaleza fue para estos líderes un territorio de disputa, un espejo existencial y, sobre todo, una herramienta de gobernanza. Al contrastar sus visiones, emerge una dicotomía fascinante entre el conservacionismo sistémico de un continente virgen y el utilitarismo higienista de un imperio que buscaba ordenar el caos.

El caso de Simón Bolívar es el de un visionario que se adelantó por siglos a la conciencia ecológica contemporánea. El origen de su sensibilidad ambientalista no fue casual; maduró al calor de grandes mentes de la época y de una revelación intelectual definitiva. Fue en París, en 1804, donde un Bolívar de 21 años coincidió con Alexander von Humboldt, quien acababa de regresar de su célebre expedición americana. Se conocieron en los salones intelectuales parisinos y entablaron una gran relación, volviéndose a encontrar en Roma en 1805. En esas tertulias, Humboldt le hablaba a Bolívar con fascinación sobre la riqueza, el potencial de los paisajes americanos y su madurez para la independencia. El propio Bolívar admitiría más tarde que ver a su propia patria a través de los ojos científicos de Humboldt despertó en él un profundo orgullo y avivó sus ideales libertarios. 

A esta gran influencia se sumó el influjo temprano de su maestro Andrés Bello, quien había explorado el suelo venezolano junto al sabio alemán años antes. Con este bagaje, el Libertador no veía en los paisajes americanos un simple inventario de recursos listos para la explotación, sino un cuerpo vivo que había sido herido por la rapacidad colonial y los estragos de una guerra a muerte. Su respuesta no fue meramente contemplativa, sino audazmente legislativa. Al dictar decretos como el de Chuquisaca en 1825, ordenando la plantación masiva de un millón de árboles para salvar los cursos de agua, o al proteger a la vicuña de la caza indiscriminada, Bolívar inauguró el conservacionismo de Estado en el Continente Americano. 

Si nos ceñimos a la creación de un plan orgánico, sistémico y visionario desde un Estado soberano e independiente, antes de sus decretos en la década de 1820, ningún gobernante ni nación en todo el territorio americano —desde Alaska hasta la Patagonia— había legislado la ecología con esa magnitud y profundidad científica. Unió de forma pionera la independencia política con la salud de los ecosistemas.

En las antípodas de esta visión macroambiental se encontraba Napoleón Bonaparte, cuya mente cartesiana y obsesionada con el orden proyectó sobre la naturaleza el mismo deseo de control que aplicaba a sus ejércitos. Para el emperador francés, el medio ambiente era una fuerza salvaje que la razón ilustrada debía domar, clasificar y poner al servicio del bienestar público y el prestigio del Estado. Su sensibilidad hacia el entorno se manifestó con fuerza en el diseño urbano y la sanidad. Al promulgar en 1810 el primer decreto moderno contra la contaminación industrial, Napoleón no buscaba preservar la pureza mística de un bosque, sino alejar las fábricas insalubres de los hogares para proteger la salud de sus ciudadanos y garantizar la productividad urbana. Sus famosas plantaciones de árboles a lo largo de las carreteras imperiales no respondían a un afán de reforestación forestal, sino a una necesidad logística e higienista: dar sombra a las tropas en marcha y embellecer las rutas de la civilización. Para Napoleón, la naturaleza se legitimaba en la medida en que era útil, ordenada y científicamente controlada a través de la botánica de prestigio.

No obstante, las biografías de ambos genios guardan un último paralelismo en el crepúsculo de sus vidas, cuando el poder se les escapó de las manos. Mientras Bolívar moría frente al mar en Santa Marta, lamentando haber arado en el mar pero rodeado por la inmensidad de la geografía que intentó liberar, Napoleón encontró en sus exilios de Elba y Santa Elena un retorno forzado a la tierra. Despojado de su corona, el hombre que había hecho temblar a Europa se transformó en un jardinero meticuloso, cavando zanjas y sembrando hortalizas en los confines del Atlántico como una última terapia de paz frente a la derrota. Al final, lo natural en Bolívar y Bonaparte demuestra que la política ambiental no es una invención de la modernidad tardía.

El líder americano entendió la naturaleza como un ecosistema soberano que exigía protección y reverencia, el mandatario europeo la concibió como una extensión del orden civil y el progreso científico. Dos formas distintas de entender el mundo, pero un mismo reconocimiento de que ningún imperio o república puede sostenerse dando la espalda a la Tierra.

Lubio Lenin Cardozo

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