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sábado, 24 de octubre de 2026

El poder de decidir

 


La energía, la autonomía y los límites de la libertad humana

La humanidad ha multiplicado sus capacidades para transformar el mundo. Produce más energía, procesa cantidades inmensas de información y desarrolla tecnologías que hace apenas unas décadas parecían inalcanzables. Sin embargo, el crecimiento de esas capacidades no garantiza que las personas dispongan de mayor libertad para orientar sus vidas. Podemos hacer más cosas y, al mismo tiempo, depender de estructuras sobre las que tenemos escaso poder de decisión. Esta contradicción plantea una cuestión fundamental para comprender el futuro de la civilización: ¿qué valor tiene ampliar las posibilidades humanas si no ampliamos también la capacidad de decidir cómo utilizarlas, para quién y con qué consecuencias?

La energía permite observar esta contradicción con especial claridad. Una sociedad puede disponer de abundantes recursos energéticos y mantener a grandes sectores de su población en condiciones de dependencia, si el acceso, los precios y las decisiones sobre su distribución escapan a su capacidad de intervención. La disponibilidad física de un recurso no equivale a disponer de él en condiciones que permitan ejercer la autonomía. Entre ambas cosas existen infraestructuras, derechos, relaciones económicas e instituciones que determinan quién puede aprovecharlo y quién queda excluido. Por eso, comprender el poder energético exige estudiar no solo cuánto se produce, sino también cómo se distribuyen las capacidades y quién participa en las decisiones.

La generación solar distribuida introduce una posibilidad relevante en este escenario. Cuando una vivienda, una comunidad o una pequeña empresa puede producir parte de la electricidad que necesita, adquiere una capacidad que antes dependía en mayor medida de proveedores externos. Pero esa posibilidad tiene límites: requiere inversión, equipos, conocimientos, mantenimiento y condiciones técnicas adecuadas. Además, producir electricidad no significa controlar necesariamente su almacenamiento, su intercambio o las reglas del sistema al que se pertenece. La descentralización puede ampliar la autonomía, pero sus resultados dependen de cómo se organicen la propiedad, el acceso y la participación. La pregunta decisiva no es si toda dependencia puede desaparecer, sino qué dependencias pueden reducirse y qué nuevas capacidades pueden ponerse al alcance de más personas.

Desde la perspectiva del Solarismo, esta diferencia entre capacidad disponible y poder efectivo de decisión merece ocupar un lugar central. El Solarismo propone examinar la relación entre la organización de la energía y las posibilidades de autonomía individual y colectiva. Su planteamiento no consiste en afirmar que una tecnología determinada liberará a la humanidad, sino en investigar bajo qué condiciones la distribución de las capacidades materiales puede modificar las relaciones de poder. La energía distribuida puede abrir espacios de decisión, pero convertir esa oportunidad en una transformación duradera requiere reglas justas, acceso efectivo, conocimientos compartidos y mecanismos de participación. La tecnología abre posibilidades; la organización social influye en quién puede ejercerlas.

Esta cuestión se extiende mucho más allá de la electricidad. La inteligencia artificial puede facilitar el acceso al conocimiento y ampliar las capacidades de millones de personas, pero también puede aumentar la dependencia de quienes controlan las infraestructuras, los datos y los sistemas de los que otros necesitan servirse. Algo semejante ocurre con la economía y las instituciones: tener acceso a un servicio no implica necesariamente poder intervenir en las condiciones bajo las cuales se presta. El problema contemporáneo no es únicamente la desigualdad en la posesión de recursos, sino también la desigualdad en la capacidad de influir sobre las decisiones que organizan su utilización. Una sociedad puede multiplicar sus herramientas sin democratizar el poder que decide sus fines.

Por eso, la autonomía no debe confundirse con el aislamiento ni con la eliminación de toda dependencia. Ninguna comunidad moderna puede producir por sí sola todos los bienes, conocimientos y servicios que necesita. La cuestión es distinguir entre las interdependencias que hacen posible la cooperación y las dependencias que privan a las personas de alternativas razonables. Una red eléctrica compartida, una institución pública o una infraestructura colectiva pueden ampliar la libertad cuando funcionan con transparencia, responsabilidad y garantías de acceso. También pueden restringirla cuando sus reglas excluyen a determinados sectores o impiden cuestionar las decisiones. La autonomía no exige prescindir de los demás: exige que la cooperación no se convierta en una relación de subordinación.

Pero el poder de decidir tiene también una dimensión intelectual. Las personas pueden contar con nuevas herramientas y conservar formas de pensamiento que les impidan imaginar otros usos, otras instituciones y otras maneras de organizar la vida. El pensamiento descentralizado adquiere aquí un significado esencial: no debe imponer otra forma de pensar, sino ampliar la libertad para pensar de otras maneras. Esto implica cuestionar las ideas heredadas, contrastar las alternativas y reconocer que ningún modelo político, económico o tecnológico debe quedar exento de examen. Sin esa capacidad crítica, la innovación puede cambiar los instrumentos y conservar intactas las relaciones de dependencia que condicionan su uso.

El futuro de la libertad dependerá, en parte, de nuestra capacidad para reducir la distancia entre lo que la humanidad puede hacer y lo que las personas pueden decidir. El desafío no consiste en distribuir indiscriminadamente todas las funciones ni en suponer que la descentralización resolverá por sí sola las desigualdades, sino en construir condiciones para que más personas participen en las decisiones que afectan sus vidas. El Solarismo encontrará una contribución propia si logra explicar y demostrar cuándo una organización diferente de la energía amplía la autonomía, qué obstáculos lo impiden y cómo interactúan las condiciones materiales con las instituciones y el pensamiento. La pregunta decisiva no es solamente qué capacidades conquistará la humanidad, sino quién podrá orientarlas y con qué responsabilidad. Porque el progreso adquiere su sentido más profundo cuando las capacidades que construimos amplían también nuestra posibilidad de decidir, cooperar y hacernos responsables del mundo que compartimos.

Lubio Lenin Cardozo

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