Hay una idea muy extendida sobre la resiliencia: que consiste en resistir, en aguantar la tormenta, en apretar los dientes hasta que escampe. No es del todo falsa. Hay momentos en los que no queda otra que resistir. Pero el gran psiquiatra Boris Cyrulnik, el hombre que ha dedicado su vida a estudiar cómo los niños y las comunidades sobreviven a lo insoportable, nos ha enseñado algo mucho más profundo: la resiliencia no es resistir. Es transformarse. No se trata de volver a ser quien eras antes de la herida. Eso es imposible. Se trata de convertir la herida en algo nuevo. En una fuente de sentido, de creatividad, de vínculo.
Esta lección, nacida en los consultorios y en los orfanatos, tiene una relevancia inmensa para el momento que vive nuestra civilización. Porque el mundo está herido. El extractivismo, la desigualdad, el cambio climático, las guerras, las migraciones forzadas: todo eso ha dejado cicatrices profundas. Y frente a esa herida colectiva, el Solarismo que defiendo —una filosofía de la luz, la transparencia y la comunidad regenerativa— propone una respuesta: no solo generar energía, sino reconstruir vínculos, generar esperanza materializada.
Cyrulnik nos ha advertido sobre algo crucial: la "segunda herida". No es el evento traumático original lo que más daño hace. Es la falta de escucha, de validación, de acompañamiento después del evento. Un niño que sufre una pérdida y es escuchado, contenido, sostenido, puede recuperarse. Un niño al que se le dice "no exageres", "eso ya pasó", "no le des importancia", ese niño queda herido dos veces. La segunda herida es a veces peor que la primera.
¿Qué significa esto para una comunidad que ha sufrido un desastre —un huracán, una sequía, una fuerte contingencia eléctrica, la emigración masiva de sus jóvenes?
La primera herida es el evento. Pero la segunda herida llega después, cuando el Estado no aparece, cuando las promesas se incumplen, cuando la comunidad se siente abandonada, invisibilizada, humillada. El Solarismo, para ser verdaderamente resiliente, no puede ignorar esta segunda herida. Y busca hacerlo de una manera que devuelva el poder, la dignidad y la voz a quienes han sido silenciados.
¿Cómo se evita la segunda herida en una transición energética?
No se instalan en comunidades sistemas de energia fotovoltaico residencial sin asamblea. No se deciden proyectos sin consulta vinculante. No se entregan tecnologías sin formación. No se promete lo que no se puede cumplir. Y sobre todo, se reconoce el dolor. Se dice: "Sé que han sufrido. Sé que han sido abandonados. Este panel no borra el pasado. Pero es un gesto de que el futuro puede ser distinto". Eso es escucha. Eso es validación. Eso es lo que Cyrulnik llama "tutores de resiliencia": personas o proyectos que, con su presencia, permiten reorganizar la experiencia emocional. El Solarismo puede ser un tutor colectivo si se hace con humildad y respeto. Si se hace con arrogancia, es solo otra herida.
Cyrulnik también nos ha recordado que la resiliencia no es solo éxito. También es aprender a vivir con las heridas que no cicatrizan del todo.
¿Qué pasa cuando el panel se rompe? ¿Cuando la cooperativa fracasa? ¿Cuando la comunidad se desintegra? ¿El Solarismo tiene un lugar para el fracaso?
La respuesta honesta es que el Solarismo nace del fracaso. Nace en la conciencia de que las promesas de la modernidad —el progreso infinito, el crecimiento ilimitado, la tecnología redentora— se han roto. El Solarismo no es una promesa de paraíso. Es una apuesta de sentido en medio del desastre. Instalamos paneles sabiendo que pueden romperse. Formamos cooperativas sabiendo que pueden fracasar. Pero lo hacemos de todas formas. Porque la alternativa es la oscuridad total. Y la oscuridad total no es resiliencia. Es rendición.
Lo que el Solarismo aporta, en el fondo, es un vínculo. Un vínculo concreto, material, luminoso: el panel que instalamos juntos, la cooperativa que gestionamos entre todos, la luz que compartimos en la noche. No es solo tecnología. Es símbolo. Es la posibilidad de que, después de la herida, algo nuevo pueda nacer. No idéntico a lo que había antes. No mejor en el sentido del progreso ingenuo. Sino distinto. Adaptado. Resiliente.
Cyrulnik ha estudiado a los niños que sobreviven a la guerra. Yo he observado a comunidades que sobreviven al colapso. Ambos sabemos que no hay garantías. Que el trauma puede volver. Que las heridas duelen para siempre. Pero también sabemos que hay algo más fuerte que el dolor: el vínculo. El niño que encuentra un adulto que lo mira con amor. La comunidad que encuentra un proyecto que la une. El Solarismo es ese vínculo para nuestro tiempo: la luz como símbolo de que otro mundo es posible. No seguro. No perfecto. Pero posible. Y mientras sea posible, vale la pena intentarlo.
La resiliencia, nos enseña Cyrulnik, no es volver a ser el mismo. Es convertirse en alguien nuevo. El Solarismo es esa conversión: de la oscuridad a la luz, del extractivismo a la cooperación, de la herida a la esperanza. No es fácil. No es rápido. Pero es humano. Profundamente humano.
Y la luz que importa no es solo la de los paneles. Es la que brilla en los ojos de una persona cuando se siente vista, escuchada, acompañada. Esa luz no se instala. Se cultiva. Con vínculos. Con comunidad. Con resiliencia.
Lubio Lenin Cardozo


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