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martes, 21 de abril de 2026

🔥🌞 Calor con alma: por qué la transición energética no puede olvidar a quienes pasan frío

 


Cuando hablamos de transición energética, la imaginación vuela hacia paneles solares en los techos, aerogeneradores en el horizonte, coches eléctricos silenciosos. Son imágenes poderosas, necesarias. Pero hay algo que casi siempre queda fuera de esas imágenes: el calor. La calefacción de los edificios, el agua caliente sanitaria, los procesos industriales que requieren altas temperaturas. Eso representa más de la mitad del consumo energético mundial. Y sin embargo, rara vez sale en las portadas.

Jan Rosenow, es un experto  en eficiencia energética y calefacción, que ha recordado algo incómodo: descarbonizar el calor es mucho más difícil que descarbonizar la electricidad. No podemos poner un panel solar en un radiador. Necesitamos bombas de calor, redes de distrito, aislamiento de viviendas, y en algunos casos muy específicos, hidrógeno. Pero el hidrógeno no es una solución mágica. Es caro, ineficiente y su producción verde aún es escasa. La prioridad, nos dice Rosenow, debe ser la eficiencia energética: aislar paredes, cambiar ventanas, instalar termostatos inteligentes. Eso es aburrido. No tiene glamour. Pero es lo más urgente.

Frente a este diagnóstico, el Solarismo que defiendo —una filosofía de la luz, la transparencia y la comunidad regenerativa— parece correr el riesgo de olvidar lo prosaico. Porque yo hablo de paneles, de cooperativas, de comunidades luminosas. Pero ¿qué hace una comunidad con sus paneles cuando llega el invierno, cuando el sol es escaso y la demanda de calefacción se dispara?

La respuesta es que el Solarismo no puede limitarse a la electricidad. Tiene que abrazar el calor. Y tiene que hacerlo con la misma lógica de justicia y comunidad que aplica a los paneles. Porque una comunidad luminosa que deja a algunos pasar frío no es luminosa. Es una farsa.

Rosenow ha recordado algo crucial: la eficiencia es la madre de todas las estrategias energéticas. Aislar una vivienda cuesta menos que instalar paneles para compensar el desperdicio. Reducir la demanda es siempre más barato y más limpio que generar más energía. El Solarismo no ignora esto. Al contrario: lo integra. Porque una comunidad que se organiza para instalar paneles también puede organizarse para aislar sus viviendas, para instalar bombas de calor, para compartir recursos. La eficiencia no es aburrida. Es la condición de posibilidad de una transición justa. Sin ella, los paneles son un lujo que los pobres no pueden permitirse. Con ella, la luz llega a todos.

Pero Rosenow ha ido más lejos. Ha preguntado por la pobreza energética: millones de hogares que no pueden permitirse calentar su vivienda adecuadamente. En Europa, decenas de millones. En el mundo, cientos de millones. Personas que pasan frío en invierno, que enferman por la humedad, que ven cómo sus hijos estudian con los dedos entumecidos. La transición energética no puede ignorarlos. De hecho, la eficiencia es la mejor herramienta contra la pobreza energética: una vivienda bien aislada necesita menos energía, y por tanto, cuesta menos calentarla.

El Solarismo no tiene una varita mágica, pero sí un principio: el calor es un bien común, no una mercancía. Por eso propone: fondos públicos para el aislamiento de viviendas pobres, financiados con impuestos a los ricos y a las corporaciones extractivistas. Prohibición de cortes de suministro a hogares vulnerables. Tarifas sociales para la electricidad y la calefacción. Y sobre todo, participación comunitaria: que los vecinos de un barrio pobre decidan juntos cómo aislar sus viviendas, instalar paneles, gestionar el calor. No es caridad. Es justicia.

Rosenow también adverte sobre el hidrógeno. Hay un discurso muy extendido que lo presenta como el combustible del futuro, la solución para todo. Rosenow sabe que eso es un error. El hidrógeno es caro, ineficiente y su producción verde aún es marginal. Usarlo para calentar una vivienda donde una bomba de calor sería cuatro veces más eficiente es un despilfarro. El hidrógeno debe reservarse para lo que realmente no puede electrificarse: la industria pesada, algunos transportes marítimos y aéreos, el almacenamiento estacional de muy larga duración. El Solarismo suscribe esta jerarquía. No es una ideología anticiencia. Es sentido común termodinámico.

Al final, el debate entre electricidad y calor es falso. Necesitamos ambas. Necesitamos paneles para generar electricidad limpia. Necesitamos bombas de calor para convertir esa electricidad en calor de manera eficiente. Necesitamos aislamiento para no desperdiciar ese calor. Necesitamos redes de distrito para compartir el calor entre edificios. Y necesitamos, sobre todo, que todo esto llegue a los más pobres. Porque una transición que calienta las casas de los ricos y deja pasar frío a los pobres no es una transición. Es una nueva forma de injusticia.

Rosenow tiene la física. El Solarismo tiene la brújula ética. No somos enemigos. Somos las dos caras de la misma moneda. Sin física, la comunidad se congela. Sin comunidad, la física beneficia solo a los que pueden pagarla. La clave no es elegir entre una u otra. Es integrarlas: eficiencia técnica con decisión colectiva, bombas de calor con fondos para pobres, redes de distrito con participación vecinal.

Eso es el Solarismo aplicado al calor. No es utopía. Es necesidad. Porque el frío no espera. Y la justicia, tampoco.

Lubio Lenin Cardozo

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