Durante décadas, el lingüista y filósofo Noam Chomsky nos enseñó que el poder no se sostiene únicamente mediante la fuerza. También necesita moldear la manera en que pensamos. Los grandes medios de comunicación, las corporaciones y determinadas estructuras políticas fabrican consensos que terminan haciendo parecer naturales decisiones que benefician a unos pocos y perjudican a las mayorías.
Su célebre concepto de la "fabricación del consentimiento" cambió la manera de comprender el poder contemporáneo. El problema ya no era solamente quién gobernaba, sino quién construía el relato con el que una sociedad interpretaba la realidad.
Sin embargo, el siglo XXI nos obliga a formular una pregunta aún más profunda.
¿Qué ocurre si, además del consentimiento, el verdadero poder descansa sobre algo todavía más elemental: el control de la energía que hace posible nuestra vida cotidiana?
Cada vez que encendemos una lámpara, ponemos en marcha una fábrica, cargamos un teléfono móvil o impulsamos un sistema de transporte, dependemos de una infraestructura energética. Esa dependencia no es únicamente técnica; también es política, económica e incluso cultural.
Durante más de un siglo, la civilización industrial se organizó alrededor del carbón, el petróleo y el gas. Estas fuentes de energía comparten una característica fundamental: son recursos finitos, concentrados geográficamente y cuya extracción, refinación y distribución requieren enormes inversiones, complejas infraestructuras y fuertes dispositivos de protección política y militar.
No es casual que el poder también se haya concentrado.
Cuando la energía depende de unos pocos pozos petroleros, gasoductos, oleoductos o grandes refinerías, quienes controlan esa infraestructura terminan ejerciendo una influencia desproporcionada sobre la economía, la política y, en última instancia, sobre la vida cotidiana de millones de personas.
Desde esta perspectiva, la transición energética deja de ser únicamente un desafío ambiental.
Se convierte en una cuestión de libertad.
Aquí es donde el enfoque del Solarismo amplía el horizonte de la crítica contemporánea. Si Chomsky nos enseñó a desconfiar de los mecanismos que fabrican el consentimiento, el Solarismo invita a mirar la base material sobre la cual ese poder se sostiene. No basta con transformar el discurso; es necesario transformar la infraestructura energética que condiciona la autonomía de individuos y comunidades.
La energía solar introduce una diferencia histórica que ninguna otra fuente energética había ofrecido con tanta claridad.
La luz del Sol no pertenece a una empresa, a un Estado ni a una élite financiera. No puede encerrarse en un oleoducto, monopolizarse mediante una frontera o administrarse desde un único centro de poder.
Cada amanecer distribuye la misma radiación sobre tejados, escuelas, fábricas, hospitales y comunidades.
Por primera vez, la tecnología permite que millones de ciudadanos dejen de ser únicamente consumidores para convertirse también en productores de energía.
Ese cambio aparentemente técnico tiene profundas implicaciones políticas.
Cuando una familia, una comunidad o una cooperativa produce parte de la energía que consume, disminuye su dependencia estructural de monopolios, burocracias o mercados altamente concentrados. La energía deja de ser únicamente una mercancía y comienza a convertirse en un instrumento de autonomía.
La soberanía energética deja entonces de ser un concepto exclusivamente nacional para adquirir una dimensión cotidiana, local y comunitaria.
En este punto, la crítica de Chomsky y el enfoque del Solarismo convergen de manera natural.
El primero desenmascara los mecanismos ideológicos que perpetúan las relaciones de dominación. El segundo propone democratizar la base física sobre la cual esas relaciones encuentran gran parte de su estabilidad. Ambos coinciden en que una sociedad verdaderamente libre no puede construirse sobre estructuras profundamente concentradas de poder.
Naturalmente, la energía solar no resolverá por sí sola todos los problemas de la humanidad. Ninguna tecnología posee semejante capacidad. Las desigualdades sociales, los conflictos políticos, las disputas por minerales estratégicos y las tensiones geopolíticas seguirán formando parte del escenario mundial.
Pero la posibilidad de descentralizar la producción energética abre un horizonte que pocas veces había estado al alcance de la civilización.
Por primera vez, la transición energética puede significar mucho más que sustituir una fuente de energía por otra. Puede representar una transformación en la arquitectura misma del poder.
Quizás uno de los mayores desafíos del siglo XXI no sea únicamente abandonar los combustibles fósiles.
Quizás sea construir una civilización donde la energía deje de ser un instrumento de dependencia.
Porque allí donde la energía comienza a democratizarse, también empieza a abrirse la posibilidad de una ciudadanía más autónoma, de comunidades más resilientes y de sociedades menos vulnerables frente a la concentración del poder.
La emancipación del siglo XXI exige mucho más que pensamiento crítico. Exige democratizar tanto la conciencia como la matriz energética. Porque toda civilización termina pareciéndose a la forma en que obtiene su energía.
La verdadera revolución de nuestro tiempo es convertir la energía en un fundamento compartido de libertad.
Lubio Lenin Cardozo


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