Andrés Bello: La raíz olvidada del ambientalismo hispanoamericano
Por: Lubio Lenin Cardozo
¿Existe el ambientalismo antes del ambientalismo? En el siglo XIX no existían ministerios de ecología, organizaciones no gubernamentales ni cumbres climáticas. Sin embargo, la conciencia de cuidar la tierra, entender el territorio y convivir en armonía con la naturaleza ya tenía un sembrador en América Latina. No fue un científico de laboratorio ni un político de trinchera; fue el mayor humanista de nuestra historia: Andrés Bello.
Calificamos a Andrés Bello como un precursor de la ecología. No porque empleara los términos del siglo XXI, sino porque practicó la visión ecológica mucho antes de que existiera la palabra para nombrarla.
Su legado ambiental no es una abstracción; se sustenta en hitos concretos que marcaron el rumbo de nuestra identidad con la tierra:
El inventario del territorio: En 1810 edita el Calendario Manual y Guía Universal de Forasteros, el primer libro impreso en Venezuela. Más allá de un almanaque, Bello realizó allí el primer esfuerzo riguroso por documentar la geografía, el clima y los recursos naturales del país, demostrando que no se puede amar ni defender lo que se ignora.
La pedagogía de la tierra: Como maestro del joven Simón Bolívar, Bello rompió con las aulas cerradas para llevar a su alumno a recorrer las faldas del Ávila y los valles de Aragua. Esa enseñanza del paisaje como aula viva sembró en Bolívar la sensibilidad ecológica que culminaría, años más tarde, en el histórico Decreto de Chuquisaca de 1825, pionero en la conservación de aguas y bosques en el continente.
Canto a la biodiversidad tropical: En 1826, desde el exilio en Londres, escribe la Silva a la agricultura de la zona tórrida. Más que un poema, es un catálogo botánico y un manifiesto en favor del retorno a la tierra como sanación social y ética tras las guerras de independencia.
La lección de Humboldt: Su participación en la expedición de 1800 al Ávila junto a Alexander von Humboldt le permitió absorber la noción de la naturaleza como un sistema interconectado, una visión holística que impregnó su obra posterior, desde su pedagogía hasta sus aportes al derecho y la regulación de recursos naturales.
El ambientalismo hispanoamericano suele pensarse erróneamente como una corriente importada del Norte a finales del siglo XX. Sin embargo, explorar la obra de Andrés Bello demuestra que nuestras raíces ecológicas son profundas, propias y nacieron en el siglo XIX.
Bello no buscaba un título; buscaba enseñarnos a mirar la tierra. Hoy, frente a la crisis climática y la urgencia de redefinir nuestra relación con el entorno, rescatar su legado no es un ejercicio de nostalgia histórica, sino una responsabilidad con el futuro. Reconocer la raíz es el primer paso para seguir sembrando.
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