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sábado, 11 de abril de 2026

La luz contra la excepción: por un Solarismo que no abandone al homo sacer

 


Hay vidas que pueden ser eliminadas sin que su muerte cuente como homicidio. Personas que habitan una tierra de nadie entre el derecho y la violencia. Espacios —campos de refugiados, centros de detención, fronteras— donde la ley se suspende y el poder soberano decide quién puede vivir y quién debe morir. El filósofo Giorgio Agamben ha dedicado su obra a desentrañar esta estructura que llama homo sacer: la vida desnuda, reducida a su pura biología, despojada de toda cualidad política. En esas zonas grises, la luz no entra. O entra solo como reflector de vigilancia.

Frente a este diagnóstico, el Solarismo que defiendo —una filosofía de la luz, la transparencia y la comunidad regenerativa— parece correr el riesgo de ser ingenua. Porque ¿qué puede decirle una ética solar a quien espera en la intemperie de una valla fronteriza? ¿Qué luz puede llegar a quien ni siquiera tiene derecho a tener derechos?

Agamben me ha obligado a enfrentar esa pregunta. Y mi respuesta es esta: el Solarismo no puede resolver de un plumazo la lógica de la excepción soberana, pero sí puede negarse a aceptarla como destino. Puede insistir en que el acceso a la energía —a la luz literal— es un derecho humano fundamental. Y que sin ese derecho, la vida políticamente cualificada, la bios, no puede siquiera empezar a reconstruirse.

Toda comunidad se define por lo que excluye. Agamben tiene razón: no hay frontera sin exterior. Pero el problema del homo sacer no es que existan límites, sino que esos límites sean opacos, arbitrarios, decididos por un soberano que nadie elige. La transparencia que propone el Solarismo no es la de la vigilancia masiva, sino la de la visibilidad democrática: la posibilidad de que la comunidad sepa quién está dentro, quién fuera y por qué. No para perpetuar la exclusión, sino para hacerla políticamente disputable. Un centro de detención secreto es el paraíso del poder arbitrario. Un centro de detención fotografiado por satélites, con paneles solares en sus techos, ya es un espacio donde la excepción empieza a resquebrajarse.

El estado de excepción se ha convertido en norma. Vivimos en un permanente «estado de emergencia» donde las garantías se suspenden en nombre de la seguridad, la crisis o la pandemia. En ese contexto, la transparencia es la primera víctima. Hay decretos secretos, detenciones sin juicio, centros que no figuran en los mapas. ¿Cómo ilumina el Solarismo una zona de excepción que se ha vuelto invisible por diseño?

No pretendo tener una respuesta mágica. Sería una arrogancia imperdonable. Pero el Solarismo aporta una convicción: la resistencia a la excepción también puede volverse norma. Instalar un panel solar en un campo de refugiados —aunque el soberano lo prohíba— es un acto político. Formar una cooperativa energética que incluya a personas sin papeles es una práctica de inclusión radical. Exigir que los centros de detención tengan techos transparentes para que la luz del sol entre, aunque las puertas estén cerradas, es una forma de hacer visible lo que el poder quiere ocultar. No son soluciones definitivas. Son tácticas. Pero las tácticas, acumuladas, pueden cambiar la estrategia.

¿Puede la comunidad luminosa incluir al homo sacer? Agamben me ha preguntado si el Solarismo está preparado para una comunidad que realmente no expulse a nadie, que no necesite un exterior para definirse. Esa es precisamente su prueba de fuego. El Solarismo no será verdadero mientras haya un solo ser humano en la oscuridad forzada. No mientras haya un solo refugiado que no pueda encender una lámpara. No mientras haya una sola persona encerrada sin acceso a la luz del día.

Por eso el Solarismo no es una ética de la pureza, sino una ética de la responsabilidad incondicional. No decimos «primero los nuestros». Decimos: la luz es para todos o no es para nadie. El homo sacer no necesita que le regalemos una filosofía. Necesita luz. Literalmente. El Solarismo se ocupa de esa literalidad. Y de paso, va transformando la metáfora.

Agamben me ha recordado que el poder soberano también puede instalar reflectores para vigilar mejor. La luz puede ser jaula o puede ser libertad. Depende de quién la controle. Por eso el Solarismo no es solo una tecnología, sino una política de la visibilidad contra la excepción invisible. Un panel en un techo comunitario no es la revolución. Pero es algo. Y algo es mejor que nada. Sobre todo cuando ese algo permite que un niño estudie de noche, que un hospital guarde vacunas, que una mujer dé a luz sin temor a la oscuridad.

El homo sacer es aquel cuya muerte no cuenta. El Solarismo dice: toda muerte cuenta, y toda vida merece luz. No pretendemos resolver la paradoja de la soberanía con un golpe de magia. Pretendemos, eso sí, que ningún ser humano sea abandonado en la oscuridad total. Porque la oscuridad es el cómplice del poder arbitrario. La luz, en cambio, es la condición de posibilidad de la mirada, del testimonio, del reclamo.

No es poco. Y es, sobre todo, un comienzo.

Lubio Lenin Cardozo

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