Powered By Blogger

viernes, 11 de septiembre de 2026

El riesgo de la servidumbre solar

 


El riesgo de la servidumbre solar

​El peligro de cambiar el petróleo por el Sol sin cambiar la geometría del poder

​Existe una paradoja que debería inquietar a quienes imaginen la transición energética del siglo XXI: la humanidad puede abandonar los combustibles fósiles sin abandonar la servidumbre energética. Es perfectamente posible sustituir el petróleo, el carbón y el gas por paneles fotovoltaicos, almacenamiento electroquímico y redes de captación renovable y, sin embargo, conservar intacta la arquitectura de poder que ha determinado históricamente quién produce la energía, quién la controla, quién la distribuye y quién, finalmente, debe pagar por ella.

​El dilema no radica únicamente en sustituir la fuente energética, sino en transformar la relación de la civilización con ella. La civilización fósil erigió sus estructuras sobre una energía confinada en el subsuelo. Los hidrocarburos residen concentrados en geografías específicas, bajo jurisdicciones restringidas y, en la mayoría de los casos, bajo el dominio de corporaciones oligopólicas o Estados centralizados. Convertirlos en potencia utilizable exigió la creación de una infraestructura colosal de extracción, refinación, transporte y distribución. De esa dinámica nació una geometría del poder vertical, concentrada y jerárquica.

​El individuo quedó relegado al eslabón final de la cadena: un consumidor pasivo. Con el transcurso de las décadas, esta dependencia estructural se volvió tan cotidiana que cesó de percibirse como sometimiento. Surge aquí una interrogante política fundamental: ¿qué ocurre cuando una sociedad asimila como natural una dependencia energética que no controla? Étienne de La Boétie intuyó que la servidumbre voluntaria no requiere coerción continua; basta la costumbre, la necesidad administrada y la aceptación de un orden que termina simulando ser inescapable.

​Sin embargo, la irrupción del Sol proyecta un horizonte histórico distinto. A diferencia de las reservas de carbono, la radiación solar es un flujo cósmico democrático que incide diariamente sobre la totalidad del planeta. La fuente energética se aproxima físicamente al espacio donde transcurre la vida. El techo, la escuela, la granja, el edificio residencial o la comunidad rural pueden convertirse en nodos activos de captación y administración. Ahí radica la dimensión auténticamente emancipadora del Solarismo.

​Pero también allí emerge su mayor peligro: la abundancia del recurso no garantiza la equidad en su aprovechamiento. La servidumbre solar no deriva de la escasez de la luz, sino de la concentración de los medios tecnológicos para procesarla. Nadie puede privatizar el Sol, pero sí es posible monopolizar las tecnologías de captación, los sistemas de almacenamiento, las cadenas globales de minerales críticos, los algoritmos de gestión de red y los marcos financieros de acceso.

​El riesgo de la transición radica en transitar del monopolio del pozo al monopolio tecnológico; del dominio de la refinería al control de la infraestructura digital. Una megaplanta fotovoltaica centralizada puede generar energía limpia y, simultáneamente, reproducir una relación vertical de dominación económica. Por lo tanto, la energía renovable no es inherentemente democrática. Lo democrático no lo define la naturaleza física de la energía, sino la gobernanza, la propiedad y la distribución del poder de captación.

Lubio Lenin Cardozo

No hay comentarios.:

Publicar un comentario