La nefasta servidumbre energética en Venezuela
¿Puede existir verdadera libertad ciudadana cuando la energía que sostiene la vida cotidiana está completamente fuera del control del ciudadano?
Es una pregunta dramática cuando se observa la experiencia venezolana. Durante más de dos décadas, millones de ciudadanos han vivido bajo los rigores de un sistema eléctrico nacional progresivamente deteriorado, caracterizado por interrupciones recurrentes, incertidumbre y, en algunas regiones, prolongados períodos diarios sin electricidad. Lo verdaderamente preocupante no es solamente la magnitud de la crisis, sino algo todavía más profundo: la sociedad comenzó a acostumbrarse a ella.
Cuando una población deja de esperar un servicio confiable, reorganiza sus horarios alrededor de los apagones, compra baterías, plantas eléctricas o cualquier recurso que le permita sobrevivir a la interrupción y termina aceptando como inevitable aquello que debería ser excepcional, ocurre una transformación silenciosa. La precariedad deja de percibirse como una anomalía y comienza a convertirse en una condición normal de existencia.
Es allí donde aparece el concepto de servidumbre energética.
No se trata simplemente de no tener electricidad. Se trata de vivir dependiendo de una estructura energética sobre la cual el ciudadano común no tiene capacidad real de decisión, control o autonomía. La energía deja entonces de ser solamente un servicio y se convierte en una relación de dependencia.
Venezuela constituye, en este sentido, una paradoja histórica de enormes dimensiones. Una nación que durante décadas construyó buena parte de su economía y de su identidad alrededor de la abundancia petrolera terminó enfrentando una situación en la que millones de personas no pueden tener certeza sobre algo tan elemental como cuándo dispondrán de electricidad para cocinar, trabajar, estudiar, comunicarse, conservar sus alimentos o simplemente descansar.
La paradoja merece ser examinada con detenimiento: un país extraordinariamente rico en recursos energéticos puede producir ciudadanos extraordinariamente pobres en autonomía energética.
Y aquí comienza una discusión que trasciende el caso venezolano. Porque la energía no solamente mueve máquinas, ilumina ciudades o alimenta industrias. La energía sostiene la vida material de una sociedad. Sin ella, la economía se detiene, las comunicaciones desaparecen, los servicios esenciales se paralizan y la vida cotidiana queda sometida a circunstancias que el ciudadano no controla.
Por eso, hablar de energía es también hablar de poder, libertad y ciudadanía.
La experiencia venezolana permite observar hasta dónde puede llegar una sociedad cuando la dependencia energética se prolonga durante años y termina incorporándose a la cultura cotidiana. El apagón deja entonces de ser solamente un acontecimiento técnico. Se transforma en una experiencia social.
La pregunta fundamental ya no es únicamente cómo recuperar el sistema eléctrico venezolano.
Es: ¿Cómo recuperar la autonomía energética de los ciudadanos?
Lubio Lenin Cardozo


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