lunes, 19 de diciembre de 2011

Mi sangre Jirajara

La etnia Jirajara, era de ascendencia Caribe, nombre que se le dio a los amerindios predominantes al norte de Suramérica en la época del primer contacto de los europeos con estas poblaciones, a finales del siglo XV. Estos indígenas estaban ubicados en el centro-oeste de lo que actualmente es la República Bolivariana de Venezuela. Prósperos agricultores dedicados a las labranzas de maíz y conucos de legumbres y platanales, pero también temibles guerreros.
A lo largo de más de un siglo representaron las acciones de resistencia indígena más prolongada, tenaz y organizada por parte de alguna tribu venezolana. En el siglo XX, la occidentalización los termino de desaparecer. La abuela materna de mi madre, llamada Buenaventura era una india Jirajara.
Hablando de occidentalización, hace algún tiempo me llamaba la atención el origen de los apellidos, de alguna manera me daba cierto bienestar pensar que los míos venían de Europa, era algo así, como presumir que tenía alguna distinción por la supuesta procedencia. Impensable, buscar otra raiz distinta a esa. También, en esos años, mi autismo cotidiano, mi ensimismamiento asociado a mis ambiciones humanas, mantenían mis pensamientos encapsulados, lo único relevante era lo que podía ocurrir asociado a mi bienestar individual. Un buen día, que no sé exactamente cuando ocurrió, empecé a ver a los arboles, al follaje, las montañas, el cielo de manera distinta. Mi afecto por mi madre biológica, acrecentó mi amor por mi madre natural. Y entendí que ya era el tiempo de retribuirle al Planeta Tierra todo lo que hasta ese momento había hecho por mí.
Este sentido de responsabilidad, tiene su génesis o mejor dicho sus genes, genes que no son precisamente lo traídos por los Conquistadores, en la sangre indígena de quienes nacidos en este Continente tenemos, que la obviamos, que ex profesamente la desconocemos. Nuestra occidentalizada educación de vencedores, vendió la “creencia” que los indígenas e indigentes, son casi lo mismo. Seres nada especiales. Atrasados y enemigos del desarrollo, del progreso. Equivocado orgullo el mío, por tener un apellido testimonio del más vil sometimiento y convivir dentro del paradigma caucásico. Poderosa “evangelización” que nos ha hecho desconocer nuestra esencia misma.
La actitud ambientalista, conservacionista de los americanos fluye por su sangre aborigen. La cosmovisión del planeta, la veneración por la madre Tierra es de origen indígena, eso es lo que nos ha hecho ser ciudadanos especiales, perceptivos, solidarios, capaces de hacer de la convivencia con la naturaleza un estilo de vida.
Aùn cuando los nacidos en el Continente Americano, sean descendientes de las distintas oleadas de inmigrantes, tambien ellos, adquieren ese sentido de pertenencia, de afecto por estas latitudes. Existen esos hilos invisibles culturales, antropológicos, sociológicos, que los vinculan, los atrapan y amarran a esta tierra que pisamos, que nos distengen, que nos hace unicos.
Tardiamente, pero quizas aun con algo de tiempo, descubro el ser que ha guiado mi práctica ambientalista, mi sangre Jirajara.

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