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viernes, 17 de abril de 2026

El número y la llama: por qué la transición energética no es solo un problema de ingenieros

 


Fatih Birol, el hombre que dirige la Agencia Internacional de Energía, maneja números que marean. Para que los países más poderosos del mundo puedan alcanzar el cero neto en el 2050, se necesita multiplicar por diez la capacidad solar y eólica instalada en el mundo en los próximos siete años. Eso significa instalar cada día paneles solares con una superficie equivalente a varios campos de fútbol. Hablamos de cadenas de suministro globales, de inversiones de billones de dólares, de acuerdos internacionales, de estándares técnicos comunes. La transición energética, nos recuerda Birol, es la mayor transformación industrial de la historia de la humanidad.

Frente a esta inmensidad, el Solarismo que defiendo —una filosofía de la luz, la transparencia y la comunidad regenerativa— puede parecer pequeño, casi ingenuo. Porque yo hablo de techos solares, de cooperativas, de asambleas vecinales, de soberanía energética local. ¿Cómo competir eso con la escala planetaria que Birol tiene en su escritorio?

La respuesta es que no se trata de competir. Se trata de complementar. Pero también de recordar algo que los números no capturan: la transición energética no es solo un problema de ingenieros. Es un problema político, social y cultural. Y ahí es donde el Solarismo aporta lo que los escenarios de la AIE no pueden medir.

Birol tiene razón en algo fundamental: la escala importa. No se puede descarbonizar el mundo solo con paneles en tejados. Se necesitan plantas solares en el desierto, líneas de transmisión que crucen continentes, fábricas que produzcan electrolizadores para el hidrógeno verde, minas que extraigan el litio y el cobalto que necesitan las baterías. Eso no lo hacen las cooperativas. Lo hacen los Estados, las corporaciones, los bancos de inversión. La planificación macroeconómica es necesaria. Negarlo sería una estupidez.

Pero Birol comete un error cuando reduce la transición a ese nivel. Porque la energía no es solo un flujo de electrones. Es poder. Y el poder, cuando se concentra, tiende a abusar. Sus números no le dicen quién decide dónde se ponen las plantas solares, quién se queda con los beneficios del litio extraído, quién paga el costo ambiental de las minas, quién se queda a oscuras si la red falla. Esas son preguntas políticas, no técnicas. Y la AIE, por su propia naturaleza, no está diseñada para responderlas.

El Solarismo entra ahí. No como sustituto de la planificación central, sino como su contrapeso democrático. Propone que cada comunidad tenga voz sobre su propia energía. Que los paneles no sean solo un activo financiero, sino un bien común. Que las decisiones sobre dónde se instalan las megas plantas no se tomen en despachos lejanos, sino en asambleas donde los afectados puedan hablar. Que los beneficios de la transición no se concentren en unos pocos, sino que se distribuyan entre todos.

¿Es esto utópico? Puede ser. Pero la alternativa es una transición técnicamente exitosa y socialmente catastrófica. Ya estamos viendo sus síntomas: conflictos por el litio en Argentina y Chile, protestas por megaproyectos solares en el desierto del Sahara, indignación por el encarecimiento de la energía en Europa. La gente no rechaza la transición. Rechaza una transición que no siente como propia. Los chalecos amarillos en Francia no estaban en contra del clima. Estaban en contra de pagar el costo de la transición mientras los ricos seguían volando en jets privados.

Birol señala un problema real: los minerales críticos. Para hacer la transición necesitamos multiplicar por veinte la producción de litio, por quince la de cobalto, por diez la de tierras raras. Eso ocurre en minas a cielo abierto, a menudo en países pobres, a menudo con condiciones laborales deplorables, a menudo bajo el control de China. El Solarismo no tiene una varita mágica para evitar esa realidad. Pero tiene una propuesta: reciclaje obligatorio y minería urbana. El litio de una batería usada puede recuperarse. El cobalto de un teléfono viejo puede reutilizarse. Una comunidad que recicla sus propios residuos electrónicos no depende del litio chileno ni del cobalto congoleño. Depende de su propia basura. Eso es soberanía energética.


No, no es suficiente. La minería nueva seguirá  durante décadas. Pero podemos reducir drásticamente su escala si diseñamos productos para ser reciclados, si creamos incentivos para devolver las baterías usadas, si invertimos en tecnologías de recuperación. La diferencia entre el enfoque de Birol y el Solarismo es que él ve los minerales como un problema de suministro. Yo los veo como un problema de diseño y de justicia.

Al final, el debate entre la escala y la comunidad es falso. Necesitamos ambas. Sin escala, la transición no llega a tiempo. Sin comunidad, la transición no es justa. La clave no es elegir entre la AIE y el Solarismo. Es diseñar instituciones que combinen lo mejor de cada uno: inversión pública masiva con control ciudadano, estándares globales con adaptación local, minerales críticos con reciclaje obligatorio, planificación macro con soberanía comunitaria.

Birol dice: "Una transición que no es percibida como justa por la gente no será sostenible políticamente". Y tiene toda la razón. Por eso el Solarismo no es un lujo para ricos con casas propias. Es una necesidad política para que la transición no naufrague. Porque si la gente siente que la transición se hace en su contra, la va a boicotear. Y entonces, adiós al cero neto.

El número sin la llama es frío. La llama sin el número es débil. Necesitamos ingenieros que calculen la escala. Y necesitamos comunidades que enciendan la luz. La transición energética será técnica o no será. Pero será justa o no será nada.

Lubio Lenin Cardozo

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