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lunes, 13 de abril de 2026

🏛️🌿 El Parlamento de las Cosas y la comunidad luminosa: por un Solarismo de actantes


La naturaleza no existe. No, no soy un negacionista del clima. Lo que quiero decir —siguiendo la estela del gran pensador Bruno Latour— es que "la naturaleza" como un dominio separado, puro, exterior a la sociedad, es una invención moderna. Los modernos creímos que podíamos poner la naturaleza de un lado —objetiva, muda, disponible— y la sociedad del otro —subjetiva, hablante, política. Ese dualismo nos ha llevado al desastre. Porque el cambio climático nos muestra que ya no hay "afuera". El aire que respiramos, el agua que bebemos, el carbono que emitimos: todo está mezclado, todo es híbrido.

Frente a este diagnóstico, el Solarismo que defiendo —una filosofía de la luz, la transparencia y la comunidad regenerativa— podría parecer sospechoso. Porque cuando hablo del Sol como principio vital, como fuente generosa que irradia sin esperar retorno, ¿no estoy reproduciendo el viejo dualismo? ¿Un Sol puro, separado de lo humano, idealizado como una deidad naturalista?

Latour me ha obligado a enfrentar esa pregunta. Y mi respuesta es esta: el Solarismo no separa naturaleza y sociedad. Precisamente porque el Sol nos atraviesa a todos —humanos, árboles, paneles, bacterias, ríos, rocas— es que propongo una ética de la irradiación compartida. No hay "afuera" puro, pero tampoco hay "adentro" puro. La luz del Sol entra por mis ojos, calienta mi piel, alimenta el panel de mi techo, hace crecer el maíz que comeré mañana. Eso no es dualismo. Es continuidad. El Solarismo es una filosofía de la continuidad luz-vida-materia.

Pero la crítica de Latour va más lejos. No se trata solo de superar el dualismo naturaleza-sociedad. Se trata de reconocer que los no humanos son actantes con agencia propia. Un río no es solo agua: es un conjunto de caudales, peces, riberas, derechos de uso, sedimentos, memorias de crecidas. Un panel solar no es solo un dispositivo técnico: es un ensamblaje de silicio, cobre, vidrio, trabajo humano, flujos de electrones, y también una vida que nace, opera y muere. ¿Cómo representa el Solarismo a esos actantes? ¿Quién habla por el panel roto? ¿Quién defiende al cerro sagrado que podría ser cubierto de paneles?

Latour propone un Parlamento de las Cosas: una institución donde humanos y no humanos tengan representación, donde se negocien las traducciones, donde los híbridos tengan voz. Es una idea poderosa. Pero el Solarismo no necesita un parlamento separado. Porque la comunidad luminosa que defiendo es, en sí misma, una asamblea de actantes. No en abstracto, sino en la práctica cotidiana: cuando los vecinos instalan un panel, aprenden a escuchar su voz. El panel habla cuando produce energía, cuando se ensucia, cuando falla, cuando necesita ser reemplazado. La comunidad aprende a responder a esa voz porque depende de ella. No es teoría. Es experiencia.

¿Y el cerro sagrado? Aquí el Solarismo debe ser claro. Una comunidad solarista auténtica no impone paneles donde no se quieren. Propone diálogo de actantes. Si el cerro dice no —a través de sus guardianes humanos, los ancianos que hablan con él, las tradiciones que lo protegen—, no se instalan paneles. La eficiencia energética no puede violar la sacralidad. Eso no es irracional. Es política de la luz respetuosa. Latour mismo ha mostrado que los modernos cometieron el error de creer que podían ignorar a los no humanos. El Solarismo no repite ese error.

Pero Latour lanza una advertencia más: no tenemos tiempo. El nuevo régimen climático —ese período donde la Tierra ya no es un telón de fondo estable, sino un actor impredecible y furioso— nos exige decisiones rápidas y vinculantes. ¿Puede una asamblea de vecinos decidir sobre una planta solar regional? ¿Puede un cerro sagrado vetar un proyecto que evitaría miles de toneladas de carbono? El Solarismo, ¿no corre el riesgo de ser una política de la lentitud en un mundo que arde?

Acepto la urgencia. Pero el error de la modernidad fue justamente pensar que la rapidez justifica el atropello. Instalar paneles a la fuerza, sin consenso, sin respeto por los actantes locales, es reproducir la lógica extractivista que nos trajo a esta crisis. El Solarismo no es lento por romanticismo. Es lento para ser duradero. Una comunidad que decide por sí misma instalar paneles los cuida, los mantiene, los integra. Una comunidad que recibe paneles impuestos los abandona cuando algo falla.

¿Qué hacer entonces cuando la comunidad decide mal? El Solarismo responde: educación, ejemplo, solidaridad. No coerción. Una comunidad vecina que ya tiene paneles y disfruta de luz barata y limpia es el mejor argumento. La conversión solar no se decreta. Se contagia. Latour ha hablado de "aterrizar": encontrar un territorio donde anclarse. El Solarismo es una propuesta de aterrizaje luminoso: cada comunidad encuentra su manera de recibir la luz. Unas lo harán rápido, otras lento. Pero todas, eventualmente, entenderán que el Sol no negocia. Solo espera. Y su paciencia se está acabando.

El Parlamento de las Cosas es una gran idea. Pero los parlamentos necesitan ciudadanos que sepan escuchar. El Solarismo forma esos ciudadanos: personas que aprenden, en su propia comunidad, que el panel tiene voz (cuando deja de funcionar), que el árbol tiene voz (cuando da sombra o se cae), que el río tiene voz (cuando se desborda o se seca), que el Sol tiene voz (cuando quema o cuando nutre). No necesitamos un parlamento abstracto en una capital lejana. Necesitamos millones de pequeñas asambleas luminosas donde humanos y no humanos aprendan a cohabitar.

Latour ha soñado con una Cámara de los Actantes. Yo sueño con un mundo donde cada comunidad sea una Cámara así. No son mundos distintos. Son el mismo, visto desde escalas diferentes. Por eso el Solarismo no es una alternativa al Parlamento de las Cosas. Es una de sus escuelas de aprendizaje. Si logramos que las comunidades solares aprendan a escuchar al panel roto, al cerro sagrado, al río que se seca, entonces estarán construyendo, sin saberlo, ese parlamento que Latour imagina.

La política de la luz no es una política de la pureza ni de la rapidez irreflexiva. Es una política de la escucha atenta y la decisión compartida. Porque la luz no se impone. Se recibe. Y para recibirla bien, hay que aprender a escuchar a todos los que participan en el ciclo luminoso: humanos, paneles, árboles, ríos, rocas, soles. Ese es el Solarismo que quiero: un gran ensamblaje de actantes aprendiendo a cohabitar bajo la misma luz.

Lubio Lenin Cardozo

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