Michael Liebreich ha dedicado su vida a mirar curvas. Y las curvas que él ha visto son asombrosas: el costo de los paneles solares ha caído un 90% en una década. El de las baterías de litio, otro 90%. La eficiencia de los aerogeneradores se ha duplicado. Las renovables ya son la fuente de energía más barata de la historia. No en un futuro lejano. Hoy. Liebreich, fundador de Bloomberg New Energy Finance, ha sido testigo privilegiado de esta disrupción. Y su conclusión es clara: la transición energética ya no depende de la buena voluntad de los gobiernos. Depende de los mercados. El capitalismo está adoptando las renovables no por bondad, sino por interés propio. Son más baratas. Fin de la historia.
Frente a este diagnóstico, el Solarismo que defiendo —una filosofía de la luz, la transparencia y la comunidad regenerativa— puede parecer casi anticuado. Porque yo hablo de cooperativas, de asambleas vecinales, de soberanía energética local, de justicia distributiva. ¿No es eso un lujo romántico en un mundo donde lo que importa es la eficiencia y la escala?
Liebreich me ha lanzado una advertencia que no puedo ignorar: "Lo que impulsa la transición no son las asambleas vecinales. Son los mercados. Los fondos de inversión, las empresas de servicios públicos, los fabricantes chinos. Su Solarismo, si quiere tener impacto, debe aprender a hablar el lenguaje de esos actores".
Tiene razón en algo fundamental: la escala importa. No se puede descarbonizar el mundo solo con paneles en tejados. Se necesitan plantas solares en el desierto, líneas de transmisión que crucen continentes, fábricas que produzcan electrolizadores para el hidrógeno verde, minas que extraigan el litio y el cobalto que necesitan las baterías. Eso no lo hacen las cooperativas. Lo hacen los mercados, los Estados, las corporaciones. La economía de escala es real. Negarlo sería una estupidez.
Pero Liebreich comete un error cuando reduce la transición a ese nivel. Porque las curvas de costo no deciden quién se beneficia de la caída de precios. Los paneles son baratos, sí. Pero ¿para quién? Para el que puede pagar la inversión inicial, para el que tiene un techo propio, para el que vive en un país con crédito accesible. El 20% más pobre de la humanidad no se beneficia de la caída de los paneles porque no puede comprarlos. Y el mercado, por sí solo, no va a resolver eso. De hecho, el mercado tiende a profundizar la desigualdad: los ricos se vuelven verdes y ahorran, los pobres siguen pagando tarifas altas por una electricidad que sigue siendo fósil.
Liebreich me ha dicho algo que me quedó resonando: "El mejor programa de justicia es una transición rápida y barata". Es una frase bonita. Pero es falsa. Porque la historia nos muestra que las transiciones rápidas y baratas suelen ser violentas para los más débiles. La Revolución Industrial fue rápida y barata para los dueños de las fábricas. No lo fue para los obreros que vivían en condiciones infrahumanas, ni para los niños que trabajaban catorce horas al día, ni para las colonias que fueron saqueadas para alimentar las máquinas.
La transición energética no será diferente si no hacemos explícitas las decisiones de justicia. No basta con que los paneles sean baratos. Hay que asegurar que lleguen a los pobres. No basta con que las baterías sean eficientes. Hay que garantizar que el litio no se extraiga con trabajo infantil. No basta con que los mercados funcionen. Hay que regularlos para que los beneficios no se concentren en unos pocos.
Liebreich también me ha acusado de exigir una pureza imposible. "Sin litio no hay baterías. Sin baterías no hay almacenamiento solar. Sin almacenamiento no hay transición. ¿Prefiere seguir quemando carbón?", me preguntó. Y tiene razón: no hay opciones puras. El Solarismo no exige pureza. Exige responsabilidad.
Responsabilidad significa: sí, extraemos litio, pero con estándares ambientales y laborales exigentes. Sí, instalamos paneles, pero con planes de reciclaje obligatorio. Sí, hacemos transición, pero no dejando atrás a los más pobres. Eso no es paralizar la acción. Es dirigirla hacia donde debe ir. La diferencia entre su pragmatismo y mi Solarismo es que él confía en que el mercado, regulado adecuadamente, resolverá los problemas de distribución. Yo creo que el mercado, por sí solo, nunca lo hará. Necesitamos instituciones democráticas que tomen decisiones explícitas sobre quién gana y quién pierde.
¿Qué significa eso en la práctica? Significa que cada instalación de paneles en un país rico debe venir acompañada de una contribución a un fondo global para electrificar los hogares pobres del Sur. Significa que los derechos de extracción de litio deben incluir cláusulas de transferencia tecnológica y reparación ambiental. Significa que las comunidades locales tienen derecho a veto sobre proyectos que afecten sus territorios. Liebreich dice que esto es lento. Yo digo que es la única manera de que la transición no sea percibida como un nuevo colonialismo. Porque si no hacemos eso, los chalecos amarillos de hoy serán solo el ensayo general de una rebelión global contra la transición verde.
Liebreich me preguntó si el Solarismo puede escalar. Me preguntó si puede reproducirse en las favelas de Río, en los barrios marginales de Lagos, en los campos de refugiados de Bangladés. Mi respuesta es: el Solarismo nace en las favelas. Porque son los pobres quienes más sufren la falta de luz, quienes más pagan por energía cara y sucia, quienes más necesitan soberanía energética. Una comunidad de favela que instala paneles en sus techos de chapa no está haciendo una "ética de minorías privilegiadas". Está sobreviviendo. Y lo hace, además, con más solidaridad y más inteligencia colectiva que muchos barrios ricos. No subestimemos la capacidad de organización de los pobres. La historia está llena de ejemplos de comunidades marginales que se organizaron donde el Estado y el mercado no llegaban. El Solarismo es precisamente eso: una filosofía que aprende de esas prácticas y trata de generalizarlas.
Al final, el debate entre el mercado y la comunidad es falso. Necesitamos ambos. Sin mercado, la transición es lenta y cara. Sin comunidad, la transición es desigual e injusta. La clave es el equilibrio. Demasiado mercado, y la transición es violenta. Demasiado Estado, y es burocrática. Demasiada comunidad, y es localista e insuficiente. Necesitamos los tres.
El pragmatismo de Liebreich es bueno para la eficiencia. Mi Solarismo es bueno para la justicia. Y ambos necesitamos un Estado fuerte que garantice la escala y la redistribución. No somos enemigos. Somos piezas de un rompecabezas. La pregunta no es quién tiene razón. Es cómo ensamblamos las piezas para que el conjunto funcione.
Las curvas de costo son un milagro. Gracias a ellas, el Sol es hoy la energía más barata de la historia. Eso es un regalo. Pero un regalo no es justicia. La justicia es que ese regalo llegue a todos, no solo a los que pueden pagarlo. El pragmatismo nos da la herramienta. El Solarismo propone el destino. No trabajemos separados. Ensamblemos las piezas: mercado para la eficiencia, Estado para la escala, comunidad para la justicia.
Ese es el verdadero reinicio climático. No pragmático a secas. Pragmático con alma.
Lubio Lenin Cardozo


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