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sábado, 18 de abril de 2026

El mapa de Adair Turner y la brújula: por qué el cero neto necesita tanto de la técnica como de la justicia

 


Adair Turner es una de las personas que mejor entiende la economía del cero neto. Preside la Comisión de Transiciones Energéticas, un grupo de líderes empresariales, financieros y políticos que diseñan hojas de ruta realistas para la descarbonización profunda. Sus números son impecables. Sus modelos, rigurosos. Su conclusión es clara: alcanzar el cero neto en 2050 es técnicamente posible y económicamente viable. Pero no será fácil. Requiere transformar por completo cuatro sectores —electricidad, transporte, industria pesada y edificios— con inversiones de 3 a 4 billones de dólares anuales durante tres décadas. Y requiere, sobre todo, velocidad. Cada año de retraso nos cuesta décadas de emisiones adicionales.

Frente a este diagnóstico, el Solarismo que defiendo —una filosofía de la luz, la transparencia y la comunidad regenerativa— puede parecer un lujo que no podemos permitirnos. Porque yo hablo de participación ciudadana, cooperativas, comunidades descentralizadas, de asambleas vecinales, de derecho a veto comunitario, de beneficios locales. ¿No es eso una receta para la lentitud en un mundo que arde?

Turner ha lanzado una advertencia que no se puedo ignorar: "Su énfasis en la negociación comunitaria, por legítimo que sea, puede convertirse en un freno. No me opongo a que las comunidades participen. Me opongo a que tengan poder de veto sobre proyectos de interés nacional o global. Porque entonces, el cero neto será imposible".

Tiene razón cuando dice:  la velocidad importa. No se puede descarbonizar el mundo si cada proyecto se enfrenta a años de litigios y consultas. Las líneas de transmisión, los parques eólicos, las plantas de hidrógeno, las minas de litio: todo esto necesita construirse, y rápido. La urgencia climática no admite dilaciones infinitas. Negarlo sería una irresponsabilidad.

Pero Turner comete un error cuando reduce la transición a un problema de ingeniería y economía. Porque la velocidad no es el único valor. La justicia también lo es. Y una transición rápida que es percibida como injusta será revertida en cuanto cambien las condiciones políticas. Los chalecos amarillos en Francia no estaban contra el clima. Estaban contra una transición que les pedía sacrificios sin darles nada a cambio. Y no fueron un accidente. Fueron el síntoma de un problema estructural: cuando la transición se diseña desde arriba, sin participación, sin beneficios visibles para la mayoría, la gente se rebela.

El Solarismo no es una alternativa a la planificación central. Es un contrapeso democrático a ella. Propone que las comunidades no sean solo receptoras pasivas de políticas verdes, sino protagonistas activas. Que los paneles no sean solo un activo financiero, sino un bien común. Que las decisiones sobre dónde se instalan las megas plantas no se tomen solo en despachos, sino también en asambleas. No es una distracción. Es una condición de viabilidad política. Sin ella, el cero neto de Turner será técnicamente impecable y socialmente un fracaso.

Turner ha planteado un dilema real: el conflicto entre lo local y lo global. Puso el ejemplo de una línea de transmisión que conecta un parque eólico en el norte con una ciudad industrial en el sur. La comunidad local donde pasa la línea puede oponerse. Y tiene derecho a hacerlo. Pero si esa línea no se construye, la ciudad seguirá quemando carbón. 

¿Quién decide? ¿La comunidad local, que ve afectado su paisaje? ¿O la región entera, que necesita energía limpia? No hay una respuesta fácil.

El Solarismo no tiene una respuesta mágica, pero sí un principio: no hay transición justa sin consentimiento, y no hay consentimiento sin compensación. Una comunidad que alberga una línea de transmisión, un parque eólico o una mina de litio debe recibir beneficios tangibles: empleos, infraestructura, tarifas energéticas reducidas, participación en los beneficios. No se trata de vetar por vetar. Se trata de negociar condiciones justas. Y si las condiciones no se cumplen, la comunidad tiene derecho a decir no. Porque de lo contrario, la transición verde se convierte en una nueva forma de extractivismo: se toman decisiones en nombre del clima, pero los costos los pagan los más débiles.

¿Eso ralentiza la transición? Sí, probablemente. Pero una transición rápida que es percibida como injusta será revertida. Los chalecos amarillos fueron solo el comienzo. Si no aprendemos la lección, vendrán cosas peores. El Solarismo propone invertir la ecuación: primero beneficios (empleos, tarifas bajas, participación), luego costos. No es más lento a largo plazo. Es más sostenible políticamente. Y la sostenibilidad política es tan importante como la técnica.

Turner ha preguntado dónde está el límite. Si una comunidad puede vetar una línea de transmisión, ¿también puede vetar la instalación de paneles en su techo? Por supuesto que no. El límite está en el impacto real sobre la vida de las personas. Una línea de transmisión que atraviesa un territorio afecta la tierra, el paisaje, la salud, la cultura de quienes viven allí. Un panel en un techo no. La diferencia no es arbitraria. Es el principio de que quienes soportan los costos de un proyecto tienen derecho a decidir sobre él. Eso no es localismo paralizante. Es justicia básica. Y si eso hace que el cero neto sea un poco más lento, pues que así sea. Porque un cero neto logrado a costa de violar derechos humanos no es una victoria. Es una derrota disfrazada.

Al final, el debate entre velocidad y justicia es falso. Necesitamos ambas. Sin velocidad, el clima se descontrola. Sin justicia, la transición naufraga. La clave no es elegir entre el mapa técnico de Turner y la brújula ética del Solarismo. Es usarlos juntos.

Turner tiene el mapa: sabe qué tecnologías instalar, cuánto cuestan, dónde se necesitan. El Solarismo tiene la brújula: señala hacia dónde debe ir la justicia, quién debe ganar y quién no debe perder. No sirve de nada un mapa sin brújula: nos perderíamos en un laberinto de eficiencia sin alma. Pero tampoco sirve una brújula sin mapa: no sabríamos hacia dónde ir, ni cómo llegar.

No somos enemigos. Somos las dos piernas del mismo caminante. Una pierna técnica, una pierna ética. Caminemos juntos. Porque solos, cojeamos. Y el planeta no puede esperar a que aprendamos a caminar.

Lubio Lenin Cardozo

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