Tony Seba es un profeta de la disrupción. Viene de Silicon Valley, donde ha predicho el colapso del cine fotográfico, la caída de los teléfonos fijos, y hoy predice el fin de los combustibles fósiles antes de 2030. Su tesis es simple y poderosa: el costo de los paneles solares ha caído un 90% en una década. El de las baterías, otro 90%. Los vehículos eléctricos ya son más baratos de operar que los de combustión. Las curvas de aprendizaje son implacables: cada vez que se duplica la producción, los costos caen un 20-30%. En menos de diez años, la energía solar más almacenamiento será más barata que el costo marginal de cualquier planta de carbón o gas. No habrá excusa económica para seguir quemando fósiles. Los mercados los matarán. No los gobiernos. No los ecologistas. Los mercados.
Frente a este diagnóstico, el Solarismo que defiendo —una filosofía de la luz, la transparencia y la comunidad regenerativa— puede parecer casi anticuado. Porque yo hablo de cooperativas, de asambleas vecinales, de soberanía energética local, de justicia distributiva. ¿No es eso un lujo romántico en un mundo donde lo que importa es la velocidad de la disrupción?
Seba dice: "La disrupción no espera. No necesita asambleas ciudadanas. No necesita consensos. La disrupción ocurre porque alguien inventa algo mejor y más barato, y el mercado lo adopta a velocidad exponencial. Sus comunidades luminosas son un resultado posible de la disrupción, no su causa. La causa es la tecnología. La causa es la curva de costo".
Tiene razón en algo fundamental: la disrupción tecnológica es real. Los paneles solares son hoy una fracción de lo que costaban hace una década. Las baterías también. Y seguirán abaratándose. Esto es un milagro. Un milagro que debemos celebrar. Sin él, el Solarismo sería una utopía para ricos. Con él, la energía solar está al alcance de millones.
Pero Seba comete un error cuando reduce todo a la curva de costo. Porque las curvas de costo no deciden quién se beneficia de la caída de precios. Él dice que la energía solar será tan barata que hasta los pobres podrán tenerla. ¿Seguro? ¿Quién paga la inversión inicial? ¿Quién tiene acceso al crédito? ¿Quién vive en una casa con techo propio? El 20% más pobre de la humanidad no tiene techo propio. Viven en alquiler, en favelas, en chabolas. Sus caseros no van a instalar paneles porque no les conviene. El mercado no va a resolver eso. Porque el mercado sirve a quien tiene capacidad de pago. Y los pobres no la tienen.
Seba expresa: "Vean lo que pasó con los teléfonos móviles. En el año 2000, tener un móvil era un lujo de ricos. Hoy, un campesino en África tiene un smartphone. No porque los gobiernos lo decretaran. Porque los precios cayeron. La misma lógica aplica a la energía".
Es cierto. Pero incompleto. Los pobres tienen smartphone, sí. Pero también siguen sin tener acceso a salud, a educación, a vivienda digna, a energía limpia en sus casas. El móvil no resolvió la pobreza. La disfrazó. Ahora los pobres pueden ver Instagram mientras siguen viviendo en chabolas. ¿Eso es progreso? Yo no lo creo. La energía no es un teléfono. Es una condición de posibilidad para todo lo demás: para estudiar de noche, para conservar vacunas, para bombear agua, para cocinar sin enfermarse. No basta con que sea barata. Tiene que llegar a quien más la necesita.
No confío ciegamente en el mercado, como Seba no confía ciegamente en el Estado. La diferencia es que yo no propongo un Estado centralizado. Propongo comunidades democráticas. No es lo mismo. Es un grupo de vecinos que se organizan para instalar paneles, repartir beneficios, resolver conflictos. Puede ser lento, sí. Pero también puede ser justo, transparente, resiliente. Y sobre todo, puede ser apropiado por la gente. Eso es algo que el mercado no puede ofrecer: la sensación de que la energía es tuya, de que no dependes de una corporación lejana, de que participas en la decisión. Eso tiene valor. No es solo eficiencia. Es dignidad.
Al final, el debate entre disrupción y comunidad es falso. No rechazo el mercado. Rechazo su absolutismo. Seba cree que la disrupción tecnológica lo resolverá todo. Yo creo que la tecnología es una herramienta, no un destino. La herramienta la ponen los ingenieros. El destino lo elegimos todos. Su disrupción nos da paneles baratos. El Solarismo propone que esos paneles no terminen solo en los techos de los ricos, sino también en las favelas, en las zonas rurales, en los campos de refugiados.
No es una cuestión de eficiencia. Es una cuestión de justicia.
¿Podemos hacer ambas cosas? Abaratar y distribuir. ¿Podemos hacerlo rápido?
Eso espero. Pero la velocidad no puede venir a costa de los más débiles. Porque una disrupción que deja atrás a los pobres no es una solución. Es una nueva forma de injusticia.
Seba es la tormenta. El Solarismo es el pararrayos. La tormenta trae la energía: imparable, masiva, transformadora. El pararrayos asegura que esa energía no destruya lo que queremos proteger: las comunidades, los pobres, la justicia. No somos enemigos. Somos complementarios. Sin tormenta, no hay energía. Sin pararrayos, la tormenta arrasa.
Necesitamos su disrupción para abaratar. Necesitamos un Solarismo para distribuir. Trabajemos juntos. Porque una tormenta sin pararrayos es un desastre. Y un pararrayos sin tormenta es un adorno inútil.
Lubio Lenin Cardozo


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