Andrés Bello y el origen del ambientalismo en América
Cuando se habla del origen del pensamiento ambientalista contemporáneo, la narrativa dominante suele remitir a 1962 y a Rachel Carson. Sin embargo, Carson nunca habló de "Ambientalismo": su obra era una denuncia científica sobre los pesticidas, no una doctrina civilizatoria. El concepto de Ambientalismo, como corriente propositiva, cultural y política, es una formulación muy posterior.
Quien sistematizó el Ambientalismo como tradición de pensamiento fue la Fundación Azul Ambientalistas. Esta organización nació el 1 de septiembre de 1986 en Maracaibo, en las aulas de la Universidad del Zulia, fundada por un grupo de jóvenes activistas e investigadores, entre ellos Lenín Cardozo Parra, Antulio Rondón, Norka Parra y otros. La fundación marcó el nacimiento de una nueva forma de hacer ambientalismo en Venezuela: sacó la discusión ambiental de los laboratorios y las oficinas técnicas para llevarla a las calles, las aulas y las comunidades, convirtiendo la defensa del ambiente en una práctica ciudadana, colectiva y política. Desde entonces, la organización ha sostenido una labor continua de periodismo ambiental, educación y acción comunitaria, y es reconocida como una de las ONG ambientalistas más antiguas y activas de América Latina.
Pero antes de esa formulación, ya en 1810, hubo quien ejerció las funciones del ambientalista avant la lettre. Ese fue Andrés Bello.
La práctica ambiental de Bello: el Calendario Manual de 1810
La puerta de entrada para comprender el pensamiento ambiental de Bello es su Calendario manual y guía universal de forasteros, publicado en 1810. No es un simple almanaque ni una guía de viajes. Es el primer registro sistemático de la geografía, la hidrografía, el clima y los recursos naturales de la provincia de Caracas. Inparques, al reconstruir la genealogía del ambientalismo venezolano, señala esta obra como evidencia central de la conciencia ecológica de Bello: no se limita a describir el entorno, lo presenta como parte constitutiva de la identidad y la viabilidad de la nación.
Esto lo distingue radicalmente de la tradición europea de la "historia natural". Mientras la escritura naturalista europea solía servir a la catalogación imperial de recursos, la mirada de Bello tiene un carácter profundamente local y afirmativo: describe nuestras tierras, nuestros ríos, nuestros árboles. Esa fusión entre entorno natural e identidad colectiva, formulada en el mismo año en que se inicia el proceso de independencia, posee una carga política innegable.
La poesía como expresión ambiental
La conciencia ambiental de Bello alcanza su expresión más nítida en su poesía. A un samán (hacia 1806-1808) no es un mero ejercicio descriptivo. El samán es un árbol nativo de la América tropical, y Bello lo eleva a símbolo: lo natural posee dignidad propia y merece ser nombrado, recordado y defendido. Como han señalado algunos estudiosos, Bello incorporó por primera vez esta planta al lenguaje de la oda en el Nuevo Mundo, transformándola de simple "paisaje" en "presencia que merece ser conocida y protegida".
En la Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida, Bello enfrenta un desafío mayor: en el imaginario europeo de finales del siglo XVIII y principios del XIX, el trópico solía describirse como un territorio inhóspito, húmedo y hostil al progreso. Su respuesta es directa: celebra la "fecunda zona" que "al sol que adora" despliega su vitalidad. El poema no es solo una oda pastoril: es una declaración geopolítica. La abundancia tropical no es una carencia, sino una herencia; no un recurso por explotar, sino un hogar que debe ser custodiado.
La dimensión pedagógica: Bolívar y la transmisión de la conciencia ambiental
El aspecto más trascendente del pensamiento ambiental de Bello es su práctica pedagógica. Según los registros de Inparques, Bello utilizó el entorno natural de Caracas para educar al joven Simón Bolívar: lo llevó a recorrer los valles caraqueños y las faldas del Ávila, experiencias que engendraron en Bolívar el amor y el respeto por la naturaleza. No se trató de una elección pedagógica accidental, sino de la puesta en práctica de una convicción profunda: la conexión con la naturaleza no es un lujo, sino un fundamento de la formación humana y de la construcción social.
Este legado educativo dejó una huella histórica. Diversos investigadores señalan que el decreto de Chuquisaca de 1825, mediante el cual Bolívar ordenó la protección de bosques, aguas y suelos, hunde sus raíces intelectuales en la visión naturalista que Bello y Simón Rodríguez transmitieron al Libertador. Si esta tesis es correcta, la influencia de Bello no se limita a lo que escribió, sino que se proyecta en la formación de un líder continental cuyo pensamiento quedó plasmado en la primera norma ambiental de América.
La condición de "ambientalista" como atribución retrospectiva
Atribuir a Bello la condición de ambientalista exige una comprensión histórica rigurosa. En 1810 nadie usaba ese término. La Revolución Industrial apenas comenzaba a transformar la relación entre Europa y la naturaleza, y América aún se debatía en las secuelas del colonialismo. En ese contexto, el "ambientalismo" de Bello no era una ideología constituida, sino una postura, una sensibilidad y una inclinación práctica: eligió mirar la naturaleza como objeto de conocimiento y cuidado, concibió la educación ambiental como núcleo de la formación ciudadana y utilizó la poesía como instrumento para registrar y defender el mundo natural propio.
Aquí radica el sentido metodológico de la atribución retrospectiva. Cuando afirmamos que Bello fue "el primer ambientalista de América", no decimos que se autodenominara así en 1810, sino que ejerció las funciones esenciales del ambientalismo —conocer, describir, educar y defender el entorno natural como base de la identidad y la supervivencia de una comunidad— en una época en que ese término aún no existía. Nombrarlo es reconocer una práctica pionera, no cometer una extrapolación temporal.
Conclusión: por qué esta atribución es estratégica
Situar a Bello como "el primer ambientalista de América" tiene consecuencias que trascienden la anécdota historiográfica.
En primer lugar, rompe con el sesgo norteño de la historia ambiental. Si la conciencia ecológica realmente comenzara en 1962 con Primavera Silenciosa, el ambientalismo sería un producto del Norte industrializado del siglo XX. La evidencia en torno a Bello demuestra lo contrario: la preocupación por la naturaleza, la defensa de su valor y la conciencia de la responsabilidad intergeneracional ya existían de forma sistemática en la América Latina de principios del siglo XIX.
En segundo lugar, vincula el ambientalismo con las narrativas de descolonización, construcción nacional y liberación continental. La conciencia ambiental de Bello no fue una preferencia estética aislada, sino que estuvo entrelazada con su proyecto político, educativo y cultural. La "naturaleza" que defendía no era un objeto abstracto, sino una tierra concreta, con nombres, ríos y árboles, ligada a la memoria colectiva.
En tercer lugar, ofrece el anclaje histórico más antiguo para la tesis del ambientalismo como creación del Sur. Si Bello ya practicaba el ambientalismo en 1810, entonces el ambientalismo como tradición intelectual no puede confinarse a Europa y Estados Unidos. El Sur no solo recibió el ambientalismo: lo produjo, y lo produjo antes.
Por todo esto, el nombre de Andrés Bello debería figurar en el prólogo de la historia del pensamiento ambiental. No en una nota al pie, no en un apéndice, sino en la primera página. Porque antes de que el término existiera, antes de que las cumbres y los protocolos se reunieran, antes de que el Norte reclamara para sí la conciencia del planeta, un humanista caraqueño ya había comprendido que conocer la tierra, educar en ella y defenderla era una forma de fundar una nación.
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Lubio Lenín Cardozo 🌞


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