¿Qué humanidad podemos llegar a ser?
El Solarismo no responde a cuánta energía necesitamos, sino a una pregunta radical sobre nuestra propia naturaleza: ¿qué tipo de seres humanos queremos devenir cuando la energía deje de ser escasez? Durante más de dos siglos, la condición del Homo Extractivus se sostuvo sobre una ecuación brutal donde la existencia se reducía a la producción. Valías por lo que extraías, por lo que vendías y por una productividad medida en toneladas y horas serviles, convirtiendo el cuerpo en máquina, el tiempo en mercancía y la naturaleza en un almacén a saquear.
El avance hacia una civilización solar rompe esa lógica sustituyendo el paradigma extractivo por una nueva triada existencial: cuidar, crear y contemplar. Esta transición no es una entelequia abstracta, sino la consecuencia directa de liberar la base material de la supervivencia. La era fósil necesitó seres humanos permanentemente ocupados para mantener en pie una infraestructura centralizada. Al democratizar y colectivizar la captación del sol, la verdadera abundancia no se expresa en la acumulación de objetos, sino en tiempo libre disponible.
Al desligar la subsistencia de la jornada vendida, emerge una humanidad volcada a tareas esenciales. Trabajos hoy invisibilizados por no generar mercancías inmediatas —como el cuidado de ancianos, niños, suelos y semillas— se ubican en el centro de la vida social. La creatividad deja de ser un insumo corporativo para transformarse en el ejercicio cotidiano de generar arte, código abierto o herramientas reparables, mientras la contemplación devuelve la dimensión espiritual que el productivismo devoró.
Esta transformación replantea la naturaleza de la autonomía. El Homo Extractivus creyó que la libertad consistía en no depender de nadie, sin ver su subordinación a redes extractivas lejanas. El Homo Solaris, en cambio, comprende que la verdadera soberanía reside en la interdependencia elegida. La resiliencia no habita en el búnker individual equipado con tecnología aislada, sino en la malla cooperativa del barrio que comparte generación, almacenamiento y gestión de sus recursos.
Superar la fijación por la propiedad privada marca el paso decisivo del Homo Dominus al Homo Hortulanus, el ser que ya no domina la tierra sino que cuida el jardín. Puesto que nadie puede adueñarse de la radiación estelar, la pregunta deja de ser cuánto se puede poseer y pasa a ser qué debemos administrar colectivamente. El éxito se mide entonces por la vitalidad de los bienes comunes: el aire limpio, el suelo fértil, el conocimiento abierto y la energía distribuida.
Así, podemos llegar a ser la primera civilización en tres siglos que renuncia a consumir la energía del pasado sepultado para aprender a habitar el flujo del presente. Es el tránsito de la minería de hidrocarburos a la recepción directa del Sol de hoy. Esta humanidad no busca ampliar su capacidad de dominación sobre el planeta, sino profundizar el sentido de su propia existencia dentro del tejido vivo.
El modelo solariano no concibe al ser humano como un superhombre hipertecnológico, sino como un individuo restituido a su escala más consciente y terrenal. Es una condición menos acelerada y más disponible, liberada de la obligación de producir sin pausa para descubrir que la realización no depende de la acumulación, sino del tiempo soberano para decidir comunitariamente qué hacer con la luz recibida.
La era fósil nos interrogó sobre cuánto podíamos producir a costa de la Tierra. La era solar plantea una pregunta más digna: qué humanidad elegimos ser con la abundancia que el cosmos pone a nuestra disposición.
Lubio Lenin Cardozo


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