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domingo, 25 de octubre de 2026

Desde el solarismo se visualiza el nuevo orden mundial

 


El orden mundial suele interpretarse a partir de la fuerza militar, el poder financiero, las alianzas estratégicas y la capacidad tecnológica de las grandes potencias. Sin embargo, detrás de buena parte de esas ventajas existe una condición material que merece mayor atención: el control de la energía. Cuando cambian las formas de producirla y distribuirla, también pueden cambiar las dependencias que sostienen el poder internacional. La transición energética abre, por tanto, una pregunta que trasciende la tecnología: ¿estamos ante la posibilidad de transformar las bases sobre las cuales se ha organizado el mundo?

Desde el Solarismo, la energía permite examinar esa transformación como un problema económico, político y civilizatorio. No basta con identificar la fuente energética de una sociedad; es necesario observar quién controla su producción, quién administra sus infraestructuras y quién decide cómo se utilizan sus beneficios. La concentración de estas capacidades favorece determinadas relaciones de poder, mientras su distribución puede abrir espacios de autonomía. Esta perspectiva no supone que la energía explique por sí sola la historia, sino que permite reconocer una de las condiciones materiales que influyen en el destino de las sociedades.

La expansión de las energías renovables puede modificar el equilibrio entre países. Las naciones cuya influencia depende de la exportación de combustibles fósiles tendrán que afrontar una transformación de sus ventajas estratégicas, mientras otras podrán aprovechar sus recursos solares para fortalecer sus economías. Pero las dependencias no desaparecerán automáticamente: la fabricación de equipos, el acceso a minerales, el almacenamiento, las redes eléctricas y el conocimiento especializado pueden concentrar poder en nuevos actores. El cambio de fuentes energéticas solo adquirirá un alcance geopolítico profundo si también se examinan las estructuras económicas y tecnológicas que determinan quién se beneficia de él.

La cuestión decisiva no se encuentra únicamente en las relaciones entre Estados, sino también dentro de cada país. Una nación no alcanza una soberanía energética efectiva si una parte importante de su población carece de electricidad confiable y asequible. La generación distribuida, el aprovechamiento solar y las iniciativas comunitarias pueden ampliar las capacidades locales, siempre que existan políticas de acceso, financiamiento y participación. De lo contrario, una transición presentada como progreso colectivo podría convertirse en otro privilegio económico. La soberanía debe medirse también por las posibilidades reales que tienen las personas de sostener su vida y desarrollar sus proyectos.

Esta transformación ocurre, además, en un mundo donde la inteligencia artificial, la automatización y el control de la información adquieren una importancia creciente. Quienes dominan estas tecnologías pueden influir sobre la producción, el conocimiento y las decisiones de millones de personas. La disponibilidad de energía es una condición de su funcionamiento, pero el acceso a ella no resuelve por sí mismo quién controla los sistemas tecnológicos ni con qué propósitos se utilizan. El nuevo orden mundial dependerá también de la capacidad de las sociedades para impedir que la innovación se convierta en un instrumento de vigilancia, exclusión o dominación.

Por ello, la autonomía no debe confundirse con el aislamiento ni la descentralización con la desaparición de las instituciones. Los desafíos climáticos, científicos, económicos y tecnológicos exigen cooperación internacional. La cuestión consiste en construirla sin que los acuerdos se conviertan en mecanismos de subordinación de unos pueblos a otros. Un sistema internacional más equilibrado necesitaría instituciones capaces de coordinar intereses comunes, limitar los abusos de poder y garantizar que los beneficios del progreso no queden reservados a quienes ya poseen mayores recursos. La cooperación será más sólida cuando se fundamente en la capacidad de participar y decidir, no en la obediencia impuesta por la dependencia.

El Solarismo invita así a revisar el criterio con el que juzgamos el poder mundial. Habitualmente preguntamos qué nación será más poderosa, qué bloque impondrá sus intereses o qué corporaciones controlarán los recursos estratégicos. Pero cabe plantear una interrogante diferente: ¿qué condiciones permitirían que los pueblos ampliaran su capacidad de decidir sin quedar sometidos a poderes desproporcionados? La respuesta requiere cambios energéticos, económicos, tecnológicos e institucionales. Ninguna innovación garantiza por sí sola una sociedad justa; son las decisiones humanas las que determinan si las nuevas capacidades reproducen las antiguas desigualdades o contribuyen a superarlas.

El nuevo orden mundial no está predeterminado por el Sol ni por ninguna tecnología. Surgirá de decisiones, conflictos y acuerdos que definirán cómo se distribuyen las oportunidades y las responsabilidades de la humanidad. Desde el Solarismo, la transición energética representa una ocasión para reconsiderar las relaciones entre poder, autonomía y respeto por la vida. El horizonte más ambicioso no sería sustituir una potencia dominante por otra, sino contribuir a un mundo en el que ningún Estado, corporación o grupo pueda apropiarse arbitrariamente de las condiciones esenciales del desarrollo colectivo. La pregunta fundamental de nuestro tiempo no es solamente quién dominará el futuro, sino qué organización del mundo permitirá a la humanidad construirlo con mayor libertad, justicia y responsabilidad planetaria.

Lubio Lenin Cardozo

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