Hay una cifra que debería avergonzarnos. En Chad, el consumo anual de electricidad por habitante es de apenas 22 kilovatios-hora.
En Afganistán, la misma miseria. En Sierra Leona, Burundi, Níger y Haití, la historia se repite. Veintidós kilovatios-hora al año. Para ponerlo en perspectiva: un ciudadano promedio en un país desarrollado consume esa cantidad en dos días. Un hogar con una nevera, una lavadora y unas cuantas bombillas LED supera esa cifra en menos de una semana.
Veintidós kilovatios-hora al año es lo que necesita un niño para estudiar una hora cada noche durante todo un año. Es lo que necesita un dispensario de salud para mantener una vacuna refrigerada. Es lo que necesita una mujer para alumbrar a su bebé sin peligro. Es, literalmente, el umbral de la dignidad.
Y no lo tienen.
No porque el sol no brille sobre sus cabezas. En Chad, el sol brilla más de 3.000 horas al año. En Haití, el potencial solar es enorme. En Afganistán, las montañas reciben radiación suficiente para alimentar escuelas, hospitales y hogares. El sol no discrimina. El sol no impone aranceles. El sol no exige historial crediticio.
El problema no es la falta de luz. Es la falta de voluntad.
Toda civilización ha sido moldeada por su fuente de energía. El carbón, el petróleo y el gas nos dieron el siglo XX. Nos dieron prosperidad, movilidad, ciudades. Pero esa prosperidad no fue pareja. Se concentró en el Norte global. Se construyó sobre la extracción de recursos del Sur. Y ahora, cuando el mundo habla de "transición energética", los que viven en la penumbra siguen esperando.
Estamos entrando en una nueva condición energética. Por primera vez en la historia, la energía puede ser abundante, limpia y distribuida. El sol no es un recurso escaso. Es un flujo constante, gratuito, que llega a todos los rincones del planeta. Pero esa abundancia no llegará automáticamente a los más pobres. Llegará si decidimos que llegue.
No estamos ante un simple cambio tecnológico. Se trata de una transformación en la forma de habitar el mundo. Y esa transformación será justa o no será.
Durante décadas, la respuesta a la falta de acceso eléctrico fue la misma: extender la red. Construir centrales, tender cables, llevar la electricidad desde los grandes centros de generación hasta las aldeas más remotas. El problema es que la red es cara. Lenta. Y, sobre todo, centralizada. Las comunidades que quedan fuera de los planes de electrificación no tienen poder de negociación. No son mercados atractivos para las empresas. No son prioridad para los gobiernos.
El resultado es que, en pleno siglo XXI, más de 700 millones de personas siguen viviendo sin electricidad. La mayoría en África subsahariana, en zonas rurales de Asia, en regiones aisladas de América Latina. No han sido olvidadas por casualidad. Han sido systemáticamente excluidas de un modelo energético que premia la concentración y castiga la dispersión.
El Solarismo propone romper ese modelo. La respuesta no es extender la red. Es prescindir de ella. Al menos, en las zonas donde nunca llegó.
Un panel solar no necesita una central eléctrica. Una batería comunitaria no necesita cientos de kilómetros de cables. Una microrred fotovoltaica puede instalarse en semanas, no en décadas. Puede ser propiedad de la comunidad, no de una corporación. Puede ampliarse gradualmente, a medida que la comunidad crece y prospera.
En Bangladesh, más de 6 millones de sistemas solares domésticos han llevado electricidad a zonas rurales donde la red nunca llegó. En Kenia, el modelo de "pago por uso" ha permitido que familias con ingresos de apenas un dólar al día accedan a paneles solares. En Colombia, comunidades indígenas de la Guajira han instalado microrredes solares que les permiten bombear agua, refrigerar alimentos y cargar teléfonos. No es ciencia ficción. Es realidad.
Estamos entrando en una nueva condición energética. La tecnología ya existe. Lo que falta es escala y financiación justa. El costo de un sistema solar básico para una familia ha caído más del 80% en la última década. Un panel que en 2010 costaba 1.000 dólares hoy cuesta menos de 200. Una batería de litio cuesta una fracción de lo que costaba hace cinco años. La barrera ya no es técnica. Es política.
Los países que hoy se benefician del sol para sus paneles no llegaron allí por generosidad divina. Llegaron porque quemaron carbón, petróleo y gas durante dos siglos. Porque extrajeron recursos del Sur global sin compensación. Porque construyeron su prosperidad sobre las espaldas de los que ahora viven en la oscuridad.
Hay una deuda histórica que no se ha pagado. Y el Solarismo propone saldarla de una manera concreta: los países ricos deben financiar la transición solar en los países pobres. No como caridad. Como reparación.
Un fondo global de electrificación solar, financiado con impuestos a las corporaciones fósiles y a los países que más han contaminado, podría llevar paneles a cada aldea de Chad, a cada valle de Afganistán, a cada montaña de Haití. No es utopía. Es aritmética. El costo de electrificar a los 700 millones de personas sin acceso se estima en unos 200 mil millones de dólares. Es una cifra enorme. Pero es menos de lo que el mundo gasta en subsidios a los combustibles fósiles cada año.
La pregunta no es si tenemos los recursos. Los tenemos. La pregunta es si tenemos la voluntad.
No estamos ante un simple cambio tecnológico. Se trata de una transformación en la forma de habitar el mundo. La energía solar nos ofrece la posibilidad de construir una civilización más justa, más limpia, más descentralizada. Pero esa posibilidad no se realizará sola. Se realizará si decidimos que la luz es un derecho humano, no una mercancía.
Los niños que estudian a oscuras en Chad no tienen la culpa de nacer donde nacieron. Las mujeres que dan a luz con velas en Haití no eligieron ser olvidadas. Los campesinos que no pueden bombear agua en Afganistán no merecen su destino.
El sol brilla sobre ellos. Todos los días. Sin pedir nada a cambio. Nosotros, los que tenemos la tecnología, los recursos y la responsabilidad, no podemos seguir mirando hacia otro lado.
La deuda de la luz debe ser pagada. No con discursos. Con paneles. Con baterías. Con microrredes. Con cooperativas. Con voluntad política. Con justicia.
El futuro es solar. Y el futuro debe empezar iluminando a los que han estado en la oscuridad.
El sol no espera. Y los que viven a oscuras, tampoco.
Lubio Lenin Cardozo
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