En abril de 2026, los ministros de energía del G-7 se reunieron en Turín. Acordaron, por primera vez, un calendario para la eliminación del carbón: la primera mitad de la década de 2030. También se comprometieron a triplicar la capacidad renovable y duplicar la eficiencia energética para 2030. Fue noticia. Fue un paso. Pero fue insuficiente.
La Agencia Internacional de Energía había dicho que para limitar el calentamiento a 1.5°C, las economías avanzadas deberían abandonar el carbón sin captura para 2030. El G-7 aplazó el plazo a la primera mitad de la década siguiente. La Climate Analytics, por su parte, señala que ninguno de los miembros del G-7 cumple sus objetivos climáticos de 2030. No es un detalle. Es un síntoma.
El G-7 representa el 38% de la economía global. Emite el 21% de los gases de efecto invernadero. Sus decisiones moldean los mercados energéticos, las cadenas de suministro de minerales críticos, las políticas climáticas del mundo. Pero también son los principales responsables históricos del calentamiento global. Han construido su prosperidad sobre el carbón, el petróleo y el gas. Y ahora, cuando el Sur global pide justicia climática, ofrecen plazos tardíos, promesas vagas y fondos insuficientes.
Toda civilización ha sido moldeada por su fuente de energía. El G-7 fue el arquitecto de la era fósil. Pero esa era está terminando. Estamos entrando en una nueva condición energética. Por primera vez en la historia, la energía puede ser abundante, limpia y distribuida. El sol no es un recurso escaso. Es un flujo constante, gratuito, que llega a todos los rincones del planeta. El G-7 puede liderar esta transición o puede quedar atrás, gestionando la agonía de un sistema que se extingue.
No estamos ante un simple cambio tecnológico. Se trata de una transformación en la forma de habitar el mundo. Y esa transformación exige que los que más han contaminado paguen la deuda histórica. No como caridad. Como reparación.
El G-7 habla de financiación climática. Pero los recursos prometidos no llegan. Los países pobres siguen esperando. Mientras tanto, las corporaciones fósiles siguen ganando 3.000 dólares por segundo, y los subsidios a los combustibles fósiles siguen superando los 7 billones de dólares anuales. El costo de electrificar a los 700 millones de personas que viven sin electricidad se estima en unos 200.000 millones de dólares. Es una cifra enorme. Pero es menos de lo que se gasta cada año en mantener vivo un sistema que nos lleva al desastre.
El Solarismo propone un pacto concreto. Un Fondo Global de Electrificación Solar, financiado con tres fuentes. Un impuesto a las transacciones financieras del 0.1% sobre los movimientos de capital en los mercados del G-7. Un impuesto del 50% a los beneficios récord de las corporaciones fósiles. Y un programa de canje de deuda por clima, condonando las deudas de los países pobres a cambio de planes de electrificación solar verificables. No es utopía. Es aritmética.
El G-7 también debe enfrentar la geopolítica de los minerales críticos. China controla el 70% del refinado de cobalto, el 60% del litio, el 80% de las tierras raras. La respuesta no puede ser abrir nuevas minas en territorios indígenas. La respuesta es el reciclaje masivo y la minería urbana. Extraer metales de la basura electrónica, no del subsuelo sagrado de comunidades vulnerables. El G-7 puede liderar la creación de un estándar global de reciclaje obligatorio. No es tecnología espacial. Es voluntad política.
La contradicción del G-7 es evidente. Por un lado, sus líderes hablan de emergencia climática. Por otro, siguen financiando nuevos proyectos de gas y petróleo. El Reino Unido, que fue pionero en la Revolución Industrial del carbón, ahora debate si perforar más en el Mar del Norte. Estados Unidos, bajo el liderazgo de Donald Trump, ha retrocedido en políticas ambientales. Japón mantiene su dependencia del carbón. Alemania, tras el cierre de sus centrales nucleares, ha tenido que reabrir minas de lignito. Europa sigue importando gas de Noruega y Estados Unidos, mientras la guerra en Ucrania y el conflicto en Oriente Próximo desestabilizan los mercados.
El G-7 no es un monolito. Pero su responsabilidad es colectiva. Los que más contaminaron deben más. No hay atajos.
El sol no entiende de fronteras. No entiende de aranceles. No entiende de reservas estratégicas. El sol brilla para todos. La pregunta no es si el G-7 puede liderar la transición. La pregunta es si quiere hacerlo. Porque si no lo hace, la historia lo recordará como el club de los que vieron arder el mundo y no hicieron lo suficiente.
La eliminación del carbón en la década de 2030 es un paso. Pero no es suficiente. Se necesitan plazos más ambiciosos. Se necesitan mecanismos de verificación. Se necesitan sanciones para los que incumplen. Y sobre todo, se necesita un cambio de mentalidad: dejar de ver la transición como un costo y empezar a verla como una oportunidad. La energía solar ya es la más barata de la historia. Los países que la adopten a fondo serán los líderes del siglo XXI. Los que se aferren a los fósiles quedarán atrás, como anacronismos de una era que ya terminó.
El G-7 tiene en sus manos la posibilidad de construir un nuevo orden energético. Descentralizado. Justo. Solar. O puede seguir siendo el club de los que gestionan la decadencia. El mundo no puede esperar. Los pobres no pueden esperar. El sol, afortunadamente, no tiene prisa. Pero nosotros, los humanos, sí. Porque el tiempo se agota. Y la deuda de la luz debe ser pagada. No con discursos. Con paneles. Con baterías. Con microrredes. Con cooperativas. Con justicia.
El sol no espera. Y el G-7, tampoco. Manos a la obra.
Lubio Lenin Cardozo
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