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domingo, 17 de mayo de 2026

Colombia y el despertar solar de América Latina.

 


Diálogo con la palabra que ya dicha con el presidente Gustavo Petro

Durante décadas, América Latina observó la energía solar como una promesa lejana. Sin embargo, Colombia comienza a demostrar que la transición energética puede convertirse en una política pública real, capaz de transformar territorios, democratizar la electricidad y reducir vulnerabilidades climáticas.

El país ya supera los 4.000 MW de capacidad fotovoltaica instalada, ha impulsado más de 24 mil techos solares mediante esquemas de autogeneración y desarrolla programas de electrificación rural para comunidades históricamente aisladas. Todo esto ocurre en un contexto particularmente importante: Colombia comprendió que depender excesivamente de la hidroelectricidad en tiempos de cambio climático representa un riesgo estructural.

Mientras fenómenos como El Niño amenazan los embalses, la energía solar aparece como complemento estratégico para estabilizar el sistema eléctrico nacional.

Pero quizás el aspecto más interesante del modelo colombiano no sea únicamente tecnológico, sino político y social. 

Las reformas regulatorias permitieron que hogares, pequeños comercios y comunidades energéticas participen activamente en la generación eléctrica, rompiendo parcialmente la vieja lógica centralizada del sistema energético latinoamericano.

Colombia, con cerca de 54 millones de habitantes y una economía institucional mucho más robusta que la venezolana, logró convertir la transición energética en una política de Estado. Mientras tanto, Venezuela —a pesar de poseer una enorme capacidad instalada teórica y uno de los mayores potenciales solares del continente— continúa enfrentando severas contingencias eléctricas derivadas de la dependencia hidroeléctrica, el deterioro operativo y la falta de mantenimiento estructural.

La comparación resulta inevitable.

Aunque Venezuela históricamente registró un consumo eléctrico per cápita superior al colombiano, esa aparente ventaja escondía profundas ineficiencias: subsidios extremos, pérdidas técnicas, sobreconsumo residencial y fragilidad institucional. Colombia, por el contrario, desarrolló un sistema más estable, flexible y preparado para integrar nuevas tecnologías energéticas.

En medio de esta transformación continental, conversamos con el presidente Gustavo Petro sobre el futuro energético de Colombia y el significado más profundo de esta transición.

Presidente Petro, Colombia ha avanzado con fuerza en programas para llevar energía eléctrica a comunidades remotas mediante soluciones solares descentralizadas.

Muchos especialistas consideran que este modelo representa uno de los cambios más importantes de la política energética colombiana reciente, porque evita depender exclusivamente de costosas líneas de transmisión y permite electrificar territorios históricamente abandonados.

Desde su visión,  ¿qué impacto humano, social y político ha tenido esta experiencia?

Gustavo Petro:

Colombia comprendió algo fundamental: la energía no puede seguir siendo un privilegio geográfico. Durante décadas hubo comunidades enteras condenadas a vivir en la oscuridad simplemente porque el modelo energético tradicional nunca consideró rentable llegar hasta ellas. La energía solar cambió esa lógica.

Hoy una comunidad indígena en La Guajira, una población campesina en el Pacífico o una escuela rural en la Amazonía pueden acceder a electricidad sin esperar durante décadas una gran línea de transmisión.

Eso transforma la educación, la salud, el acceso al agua, las comunicaciones y la economía local.

Pero además tiene una dimensión política muy profunda: democratiza el acceso al desarrollo. La energía deja de ser únicamente una mercancía administrada desde los grandes centros urbanos y comienza a convertirse en una herramienta de dignidad territorial.

Entrevistador: 

Recientemente usted anunció programas para incorporar energía solar en viviendas de interés social.

Esto parece representar una transformación profunda del concepto tradicional de vivienda popular: ya no solamente como espacio habitacional, sino también como unidad de generación energética.

Además, diversos analistas consideran que los techos solares pueden convertirse en una herramienta de democratización económica para millones de familias.

¿Qué significado tiene este programa para el futuro social de Colombia?

Gustavo Petro:

Representa una transformación cultural profunda.

Durante mucho tiempo las familias populares fueron concebidas únicamente como consumidoras pasivas de servicios públicos. Nosotros queremos que también puedan convertirse en productoras de energía.

Un techo solar no es solamente un panel. Es soberanía energética familiar. Es reducción de gastos. Es resiliencia frente a las crisis. Y también es participación ciudadana dentro de una nueva economía energética.

La transición ecológica no puede ser un lujo reservado para las élites urbanas. Tiene que llegar primero a quienes históricamente fueron excluidos.

Por eso creemos en una transición democrática, donde el beneficio tecnológico no quedeu concentrado en unas pocas corporaciones, sino distribuido socialmente.

Entrevistador: 

Colombia ha pasado en pocos años de una participación solar casi marginal a superar los 4.000 MW de capacidad fotovoltaica instalada, incluso logrando que la energía solar comience a superar al carbón en determinados momentos de generación.

Muchos observadores consideran que este avance no fue accidental, sino el resultado de una combinación entre necesidad climática, reformas regulatorias e incentivos fiscales.

¿Cómo interpreta usted este momento histórico para Colombia?

Gustavo Petro:

Es un punto de inflexión histórico.

Colombia entendió que el cambio climático dejó de ser un problema futuro. Ya está afectando nuestros embalses, nuestros ciclos agrícolas y nuestra estabilidad económica.

Durante décadas dependimos enormemente de la hidroelectricidad. Y aunque sigue siendo fundamental, hoy sabemos que necesitamos diversificar la matriz energética para proteger al país frente a sequías extremas.

La energía solar apareció entonces no solamente como una alternativa ecológica, sino como una necesidad estratégica nacional.

Por eso impulsamos incentivos tributarios, autogeneración, comunidades energéticas y mecanismos regulatorios más flexibles. El objetivo era acelerar la transición antes de que la crisis climática nos obligara a hacerlo de forma traumática.

Entrevistador: 

Desde Venezuela y otros países latinoamericanos se observa con atención el caso colombiano.

Especialmente porque Colombia parece haber entendido que la transición energética no depende únicamente de megaproyectos estatales, sino también de descentralización, autogeneración, participación comunitaria y reglas claras para atraer inversión.

¿Cree usted que el modelo colombiano podría servir como referencia regional para enfrentar futuras contingencias eléctricas?

Gustavo Petro:

Por supuesto.

Cada país tiene realidades distintas, pero existen principios universales. Ningún sistema eléctrico moderno puede depender exclusivamente de una sola fuente energética ni de estructuras excesivamente centralizadas. La descentralización energética aumenta la resiliencia nacional.

Cuando millones de hogares, comercios y comunidades producen parte de su propia electricidad, el sistema completo se vuelve más estable, flexible y democrático.

América Latina posee uno de los mayores potenciales solares del planeta. Sería absurdo seguir atrapados en modelos energéticos del siglo XX cuando tenemos frente a nosotros una oportunidad histórica para construir soberanía energética regional.

Colombia históricamente dependió de la hidroelectricidad. Sin embargo, hoy la energía solar parece estar funcionando como un “escudo climático” frente a las sequías provocadas por El Niño.

Entrevistador: 

Muchos expertos consideran que allí reside una de las grandes inteligencias técnicas del modelo colombiano: aprovechar la complementariedad natural entre sol y agua.

¿Cómo imagina usted el futuro de Colombia dentro de esa nueva arquitectura energética?

Gustavo Petro:

Imagino una Colombia menos dependiente de la extracción fósil y mucho más integrada con los ciclos naturales.

La complementariedad entre energía solar e hidroelectricidad es fundamental. Cuando bajan los embalses por las sequías, normalmente aumenta la radiación solar. Eso nos permite proteger el agua y estabilizar el sistema eléctrico.

Pero el verdadero cambio no es solamente técnico. Es civilizatorio

Estamos entrando en una época donde las sociedades tendrán que aprender a convivir con los límites ecológicos del planeta. Y eso implica reorganizar la economía, las ciudades y la infraestructura energética alrededor de fuentes renovables y distribuidas.

Entrevistador: 

Finalmente, presidente, en un momento donde el planeta enfrenta simultáneamente crisis climática, desigualdad energética y agotamiento del modelo fósil, América Latina parece encontrarse ante una decisión histórica.

¿Qué mensaje le enviaría usted al continente sobre el futuro de la energía y la transición ecológica?

Gustavo Petro:

América Latina tiene una oportunidad histórica.

Fuimos durante siglos territorios de extracción: primero oro, luego petróleo, carbón y materias primas. Pero ahora podemos convertirnos en protagonistas de una nueva civilización energética.

La transición no debe consistir únicamente en cambiar combustibles. Debe consistir en democratizar la energía, reducir desigualdades y construir sociedades más sostenibles.

El Sol puede convertirse en el gran articulador energético de América Latina.

Pero eso exige valentía política, cooperación regional y una nueva visión del desarrollo.

La verdadera riqueza del futuro no estará bajo tierra. Estará sobre nuestros techos, sobre nuestros territorios y sobre la capacidad de nuestros pueblos para construir juntos una nueva relación con la naturaleza.

La transición energética ya no es solamente un debate ambiental. Comienza a convertirse en una discusión sobre soberanía, democracia, estabilidad social y civilización.

Y quizás allí reside la importancia del caso colombiano: demostrar que el Sol no es únicamente una fuente de electricidad, sino también una nueva manera de imaginar el futuro.

Mientras buena parte del mundo continúa atrapada entre la crisis climática y la incertidumbre fósil, Colombia empieza a explorar una posibilidad distinta: una sociedad donde la energía deje de ser exclusivamente un mecanismo de dependencia centralizada y se convierta en instrumento de participación ciudadana, resiliencia territorial y democratización económica.

Tal vez América Latina aún esté a tiempo de comprender que la transición energética no es simplemente un cambio tecnológico.

Es, sobre todo, un cambio histórico de civilización.

Lubio Lenin Cardozo 🌞

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