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sábado, 5 de septiembre de 2015

METAECOLOGÍA. ESTAR EN LA POESÍA


        En el hemisferio del planeta Tierra nominado Occidente, ante el reto de la poesía el humano amoroso de la creatividad verbal  ha respondido con dos actitudes diferentes en el uso de su voz lírica. Asumo, cual irrefutable al respecto la definición de Platón en su diálogo Fedro donde por boca de Sócrates afirma (Diálogos. México, Porrúa, 1972. p. 636): “Pero todo quien intente aproximarse al santuario de la poesía, sin estar agitado por el delirio que viene de las Musas, o crea que el arte sólo basta para hacerle poeta, estará muy distante de la perfección; la poesía de los sabios se verá siempre eclipsada por los cantos que respiran un éxtasis divino”. Aunque el filósofo ateniense una de las dos actitudes privilegia señala sin embargo la existencia de la otra.


La disposición del ánimo poético correspondiente al hombre naturalmente sabio, noble, quien admirado ante la belleza del mundo de su entorno o del lejano –cielo, estrellas, mares, montañas, los días, las ciudades, así hasta el infinito- desea atraparla en la red de las palabras dispuestas en diáfana logicidad, más sin excluir el ludismo contextual, el ínsito juego del ingenio creativo en la literatura (la sutileza de urdir con fulgencia, con gallardía las formas estructurantes del poema lírico) cual un obsequio tanta a sí mismo cual a los otros. 

En efecto ¿cómo hacerlo? Sabio al fin, aprende la escritura de los versos mediante ese “arte” mencionado por Sócrates. Ayudarán el pathos de este complejo mester escogido los conocimientos. la inteligencia, la sensibilidad del cantor: levantarán sus estrofas una belleza anudada con esta actitud composicional, la pulchritudo nítida (rationalis). Oportuno para concluir este primer tramo del escrito la afirmación de Martin Heidegger: “La lógica como teoría del pensar correcto se convierte en meditación acerca de la esencia del lenguaje como nombramiento fundante de la verdad del ser [Seyn]” (Aportes a la filosofía. Acerca del evento. Buenos Aires, 2006. p. 151). Apoyase lo dicho supra en un poema arquetípico.


MOLINO

Hilandero de vida
en la rueca del viento.
Galán de las espigas
del maduro trigal.

Gira el molino, gira
como si fuera el corazón del cerro.

La aurora –al visitarle-
con brisa y aire
tejer un juego de blondas.
La aurora –al despedirse-
le deja entre los brazos la mañana.

Gira el molino, gira
como si fuera el corazón del cerro.

Molino –Cristo campesino
crucificado en rachas
aulladas por los zorros-
a tu amparo, tres ranchos se arrodillan
y te bendicen
con las palabras largas
y grises del fogón,

Hilandero de vida
en la rueca del viento.
Galán de las espigas
del maduro trigal.


Poema de Juan Antonio Patrizi  (Mérida, 1911- Caracas, 1950), tomado de su libro Riscos (Mérida, 2003. p. 23).

 Difiere ésta de la otra disposición del alma ante el reto de la poesía, la concerniente a aquellos cuyos cantos “respiran un éxtasis divino”, según Sócrates en el pasaje citado. Por la voz de estos heraldos de las Musas fluye un desbordado río de resonancias reminiscentes, de armonizadas palabras cautivantes para revelar a los otros los misterios de la Madre Gea –la tierra- uncido a los de Uranus –el cielo-: intemporal, aespacial, mántico, órfico, la anamnesis: “Cuando un hombre percibe las bellezas de este mundo y recuerda la belleza verdadera, su alma toma alas y desea volar”… revelación de Sócrates (Op. cit. p. 639). Su lenguaje nunca se sacrificará a un severo orden lógico expositivo de las frases sumisas a la berroqueña realidad inmediata, se elige más bien el melos oracular, el grito, lo profético, el alarido del vidente, del vate, de la pitonisa; brota su cántico con libérrima fuerza desde la arcanidad del soma del humanus, “delirio que viene de las Musas” dice Sócrates. Impone su única razón escritural la belleza consubstanciada con este otro rezar lírico, la pulchritud obscura (orphica).

            Aunque Sócrates en las líneas citadas a unos trovadores los ubicó en el horizonte de “la poesía de los sabios” a los otros, no los agrupó bajo un rótulo singularizado, más en la remota antigüedad griega a estos bardos se les apellidó “órficos”; aedos, rapsodas seguidores del mítico poeta Orfeo cuyos dulcísonos versos movían las rocas, danzaban los árboles, apaciguaban a las fieras.

“Revoloteaban sobre su cabeza
infinitos los pájaros,
los peces fuera del agua azul
al son de sus bellas odas saltaban”.

                                               Simónides de Keos (556 – 467 a. C.) ORFEO

            Hechizo con sus odas las divinidades del mundo subterráneo, el reino del atardecer del Dios Hades. Se ha tejido con el impulso y concepción de lo Kállos órfico, a lo largo de los siglos, una extensa elocución lírica la cual se ha derramado más allá de lo propiamente literario para irrigar el hoy olvidado humanismo órfico.

            Asiste esta segunda parte de la exposición el poema XI de Juan Beroes de su libro Prisión terrena (Caracas, Suma, 1946).


Grave tristeza mía
al fin aprisionada.

Prisionero en tu pecho
¡Oh, tierra desolada
mi corazón te canta!

¡Tierra del corazón, madre del sueño!

Brazos, al fin, abiertos
como la fresca boca
que a tu seno me lleva;
¡huesos que te devuelvo,
polvo que te reintegro!

Tierra fresca y obscura
¡pascua del corazón, madre del duelo!

Seca raíz de amor a mi arrancada
por mi dolor levante
y en ti, feliz, se asome,
divague con los lirios
se mueva en los trigales.

Tierra del corazón:
¡sábeme tan pequeño!

Raíz del mi morir de mi nacida
torne al seno del árbol castigado,
árbol solo y de muerte,
ciprés crucificado
en tus altas colinas, dura tierra!

Enséñame tus brazos,
brazos para dormir, ¡pequeña dicha!
dicha como el morir ¡breve y pequeña!
Grave tristeza mía,
tristeza que no vive, ¡ay! tierra airada
sin tu sordo rumor innumerable.
                                   ¡Oh, tierra clamorosa que denuncias
el florecido instante de los besos,
el paso de los hombres,
la sedienta colina en la que el sueño
derrama su inocente primavera!

¡Oh, silvestre corteza de los años
sin huellas de mi paso por tu arena!

¡Tierra del fallecer, madre del sueño!

¡Por mi joven dolor crucificado
este hueso de amor, al fin, te canta!

Pero ¿proviene de dónde ese singular lenguaje de los poetas órficos? ¿Ese “éxtasis divino” (Sócrates), esas resonancias reminiscentes con las cuales ellos dicen interpretar las señales de las múltiples manifestaciones de la Madre Gea?

“Porque soy dura roca que se parte en los mares
y ardorosa ventisca que golpea las ventanas”.
                                                                                  Juan Beroes, XII.


¿Ese desorden expresivo, alógico, identificado con el fluir de los misterios de la vida espiritual, de lo sacratus? Sencillamente del principio central del pensamiento órfico, el soma sema (     ): “El cuerpo es el sepulcro del alma”.

“Es la hora del alma entre sus muros,
¡quieta noche del sueño!”
                                                              Juan Beroes, III.

(…)
“¡Mírame, al fin , oh tierra:
sábeme vivo fruto
de tu  férrea prisión indiferente!
En tu polvo me asomo
y mi aliento disipas.
¡Y en ti doblo mi tallo pasajero,
pues, ciega, me desnudas,
           y entraña de ti misma, me consumes!”
                                                                Juan Beroes,  XIV.

Es, pues, el cuerpo para los órficos el sepulcro del alma. Significa cuerpo, lo corporal, el vocablo griego soma (Σώμα) cuyo paradigma el cuerpo del humanus lo representa, Sema (Σέμα) en la lengua de los helenos, en su sentido originario, traduce: “señal del cielo”, indicio del espíritu, portento, presagio, sepultura. Pues bien, las voces de los poetas órficos de lo más recóndito de ese “sepulcro del alma” salen, arrastran ellas en su salida hacia las odas contenidos presagiales de esencia divina, palabras hechas de íntimos misterios, pálpitos, presentimientos, signos reveladores del ser del espíritu.

(…)
“¡Que el hombre prisionero
levante su clamor enfurecido
sobre esta arcilla triste,
sobre esta sangre mía
sustento de animales
y pasto de criaturas!”
                                                           Juan Beroes, V.

Pertenecen a lo órfico cual verdades presenciales extasiantes,  lo obscuro, lo sombrío, lo tenebroso, lo nocturnal, las tinieblas, la noche, el sueño. Constituye el sueño, dentro de esta singular percepción de la lírica, el ser del vivir del humanus.

“Oh, sueños desnúdame en tus brazos multiformes
bajo esta abierta noche construida de mis ojos,
y elévame a tu llama, viva llama en silencio, ¡quemadora tristeza reclinada en los mundos!”
                                                           Juan Beroes, I.
(…)
“Y dormido pregunto por el árbol del sueño,
-árbol de la existencia por mitades alzado-
raíz que a todo me ata y obscura me despoja
de un cuerpo que era mío y ya habita en lo creado!”
                                                           Juan Beroes, XIX.

(Corresponden los apoyo en versos al  opúsculo de Juan Beroes, Prisión terrena. Caracas, Suma, 1946).


Por Lubio Cardozo, poeta ambientalista venezolano

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